OPINIÓN | QUIEN ESTÉ LIBRE DE CULPA… QUE ARROJE LA PRIMERA PIEDRA (Juan Parrilla)

En toda sociedad, hay modelos de conducta que, explícita o implícitamente, marcan el comportamiento de las personas. Son modelos que determinan en gran parte nuestra manera de pensar, amar, actuar y vivir. Somos muy dados a la condena fácil, creyéndonos puros y viendo en los demás muchas veces errores que acaso no tienen, porque proyectamos en ellos nuestros propios defectos, nuestras propias limitaciones al adormecer acaso intencionadamente nuestra conciencia, llegando a un estadio de falsedad, provocado por nuestra egolatría, que nos anula como seres humanos.

Pensemos en la ordenación jurídica de nuestra sociedad. La convivencia social, está regulada por una estructura legal que depende de una determinada concepción del ser humano. Por eso, aunque la ley sea justa, su aplicación puede ser injusta, si no se atiende a cada ser humano, en su situación personal única e irrepetible, porque muchos somos muy dados a la fácil condena.

Incluso en nuestra pluralidad, es necesario llegar a un consenso que haga posible la convivencia. Por eso se ha ido forjando un ideal de ciudadano, portador de unos derechos y sujeto de unas obligaciones. Y es este ideal jurídico, es el que se va imponiendo con suerte de forma gradual.

Pero esta ordenación legal, necesaria sin duda para la convivencia social, no puede llegar a comprender de manera adecuada la vida concreta de cada persona, en toda su complejidad su fragilidad. La ley tratará de medir con justicia a cada persona, pero difícilmente puede tratarla en cada situación, como un ser concreto, que vive y padece su propia existencia. Es imperativo tratar a cada uno/a de una manera justa.

Qué cómodo es juzgar a las personas desde criterios que creemos seguros. Qué fácil y qué injusto, condenar a tantas personas marginadas, incapacitadas para vivir de forma integrada en nuestra sociedad, conforme a la realidad: Hijos sin verdadero hogar, jóvenes delincuentes, vagabundos analfabetos, drogadictos sin remedio, ladrones sin posibilidad de trabajo, prostitutas sin amor alguno…

Frente a tantos rechazos fáciles, no podemos condenar fríamente a los demás, sino comprenderlos desde nuestra propia conducta y conciencia personal, e ir a las causas, al origen de esas situaciones Antes de arrojar piedras contra nadie, hemos de saber juzgar nuestros propios errores, que marcan nuestras limitaciones y egocentrismo.

Quizá descubramos entonces, que lo que muchas personas necesitan, no es la condena exclusiva, apriorística, sino alguien que las ayude y les ofrezca alguna posibilidad, y eso es la “empatía” palabra utilizada muy frecuentemente, que supone entrar en el interior de otra persona, hacerse con ella una sola alma y desde ese conocimiento tan profundo, comenzar la auténtica ayuda a ese ser humano que anda sin saber qué hacer y sin ningún apoyo para seguir creciendo humanamente.

Resulta vergonzoso y desconcertante, que los hombres que condenaban y pretendían lapidar a esa mujer, eran la escoria de la sociedad: hombres supuestamente buenos, que visitaban los burdeles casi a diario, gentes del Sanedrín, como los escribas, fariseos, sacerdotes del templo, gentes sin moralidad alguna, que públicamente vendían una falsa imagen de como en realidad pensaban y actuaban en privado.
Lo que la mujer adúltera necesitaba, no eran piedras, sino una mano amiga, que le ayudara a levantarse, diciendo: Mujer, ¿Quién te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más. Jesús la entendió… y lo hizo.

Sobre el autor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio esta protegido por reCAPTCHA y laPolítica de privacidady losTérminos del servicio de Googlese aplican.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Scroll al inicio
Linares28 - El diario digital de Linares
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.