LOS OTROS CRISTIANISMOS DE LOS QUE NO HABÍAS OÍDO HABLAR (VOL. VI) – El MONARQUÍANISMO

Hablamos hoy del monarquianismo, un conjunto de corrientes cristianas de los siglos II y III que defendían de forma muy estricta la unidad absoluta de Dios (la «monarquía» divina; del griego monarchía, «gobierno de uno solo») y que surgió como respuesta a las primeras formulaciones cristianas sobre la divinidad de Jesús, que algunos creyentes consideraban una amenaza para el monoteísmo heredado del judaísmo.
No fue una iglesia unificada, sino un movimiento con dos ramas principales.
1. Monarquianismo dinámico o adopcionista que sostenía que Jesús era un ser humano nacido de María, que
vivió una vida perfecta y obediente y que Dios lo «adoptó» como Hijo, normalmente en su bautismo o en su resurrección donde recibió el poder (dynamis) divino, pero que no era Dios por naturaleza.
Uno de sus principales representantes fue Teódoto de Bizancio (finales del siglo II) cuyas ideas influyeron en algunos movimientos cristianos posteriores, incluidos ciertos adopcionistas de los siglos VIII y IX en la península ibérica Y Pablo de Samosata, quien desarrolló una cristología semejante, que fue obispo de Antioquía aproximadamente entre 260 y 268 EC. y una de las figuras más controvertidas del cristianismo del siglo III.
Esta visión fue condenada porque negaba la preexistencia divina de Cristo.
2. Monarquianismo modalista o sabelianismo que defendía la existencia de un Dios y una única persona divina, donde Padre, Hijo y Espíritu Santo no son personas distintas, siendo diferentes manifestaciones o «modos» del único Dios.
Su representante más conocido fue Sabelio (siglo III) para quien Dios actúa como Padre en la creación, como Hijo en la encarnación y como Espíritu Santo en la Iglesia.
Los adversarios llamaron a esta doctrina patripasianismo («el Padre sufrió»), porque entendían que implicaba que el Padre había sido crucificado.
El monarquianismo nació por la influencia del estricto monoteísmo judío, el rechazo a cualquier idea que pareciera introducir dos dioses, la dificultad de explicar cómo Jesús podía ser Dios sin abandonar el monoteísmo y también por la ausencia, en los siglos II y comienzos del III, de una doctrina trinitaria plenamente desarrollada. En esa época coexistían muchas cristologías distintas.
Durante el siglo III se intensificó el debate entre los monarquianos y otros teólogos que defendían una distinción real entre Padre e Hijo, como Tertuliano y Orígenes. Finalmente el adopcionismo fue rechazado en diversos sínodos así como el modalismo, que también fue condenado. En el siglo IV, el Primer Concilio de Nicea (325) afirmó que el Hijo es engendrado, no creado, «de la misma sustancia» (homoousios) que el Padre, sentando las bases de la doctrina trinitaria, desarrollada después en el Primer Concilio de Constantinopla (381)
Desde la perspectiva de la historia del cristianismo, el monarquianismo muestra que en los siglos II y III no existía un consenso doctrinal sobre quién era Jesús. La definición trinitaria fue el resultado de un largo proceso de controversias y elaboración teológica, no una formulación plenamente establecida desde los primeros años del movimiento cristiano.
¿Cómo se relaciona el monarquismo con otras facciones cristianas?
Las relaciones entre el monarquianismo, el arrianismo y los cristianismos judeocristianos son muy interesantes porque muestran que, durante los tres primeros siglos, hubo diversas maneras de entender quién era Jesús. No se trataba simplemente de una oposición entre «ortodoxia» y «herejía», sino de un amplio abanico de interpretaciones, entre otras cosas porque no existía aún tal ortodoxia.
¿Quién fue Jesús?
Para los Judeocristianos (como los ebionitas), Jesús fue un hombre elegido por Dios, no es preexistente ni es Dios. Para el
Monarquianismo adopcionista , fue un hombre adoptado como Hijo, ni preexistente ni Dios. Para el
Arrianismo Jesús fue El Hijo, la primera criatura, Dios en un sentido subordinado y preexistente.
En concreto, para el Monarquianismo modalista Jesús es el mismo Dios manifestado como Padre, Hijo y Espíritu, divino y preexistente, mientras que en la Doctrina nicena El Hijo es plenamente Dios, distinto del Padre pero de la misma naturaleza , divino y preexistente.
Para los grupos judeocristianos, como los Ebionitas, con una visión muy cercana al judaísmo, Jesús era el Mesías prometido, un hombre excepcional, elegido por Dios. Pero no era un ser divino ni existía antes de su nacimiento. Para ellos, el monoteísmo judío impedía considerar a Jesús como Dios.
En cuanto al monarquianismo adopcionista, Jesús podría verse como una evolución de algunas ideas judeocristianas, Jesús nace como cualquier ser humano, Dios lo adopta como Hijo y recibe autoridad divina por su fidelidad.
La diferencia principal es que estos pensadores desarrollaron esta idea dentro de comunidades cada vez más abiertas al mundo grecorromano.
Con Arrio aparece una solución diferente: Jesús existía antes de la creación, de hecho fue creado directamente por Dios y participó en la creación del universo. Era superior a todas las criaturas, pero no era eterno ni igual al Padre.
Hubo un tiempo en que el Hijo no existía.
El modalismo tomó el camino contrario del arrianismo, Jesús sí es Dios, pero el Padre y el Hijo no son personas distintas, si no distintas manifestaciones del único Dios. Era un intento de proteger el monoteísmo sin rebajar la divinidad de Cristo.
En el desarrollo histórico, durante los siglos II y III coexistieron muchas cristologías, entre ellas comunidades con una cristología muy «baja» (Jesús humano), otras con una cristología intermedia y otras que afirmaban una elevada divinidad de Cristo. En el siglo IV, la controversia arriana llevó a convocar los mencionados Primer Concilio de Nicea y Primer Concilio de Constantinopla.
¿Qué dicen los académicos?
Bart D. Ehrman subraya la gran diversidad doctrinal de los siglos I-III.
Larry W. Hurtado estudió cómo surgió muy pronto una intensa veneración a Jesús, aunque con interpretaciones diversas.
James D. G. Dunn defendió que la cristología evolucionó progresivamente desde las primeras comunidades hasta las formulaciones posteriores.
Antonio Piñero insiste en que el cristianismo de los dos o tres primeros siglos fue extraordinariamente plural y que la ortodoxia nicena fue el resultado de un proceso histórico.
Y en el tema que nos atañe, muchos académicos coinciden en que el monarquianismo no fue un fenómeno marginal, sino una de las principales respuestas al gran interrogante que atravesó el cristianismo primitivo: ¿cómo podía Jesús ser el Mesías y, al mismo tiempo, mantenerse la fe en un único Dios?
Como vienen siendo habitual en estos cristianismos perdidos o derrotados, no hay fuentes directas, lo que sabemos de ellos es por escritos de sus adversarios, como Hipólito de Roma en su obra Refutación de todas las herejías, Tertuliano en Adversus Praxean, Eusebio de Cesárea en su Historia Eclesiástica o Epifanio de Salamina en Panarion. Aún así, los académicos actuales son optimistas a la hora de afirmar que hasta cierto punto es posible reconstruir el pensamiento de estas facciones cristianas al comparar citas de las distintas fuentes.
BIBLIOGRAFÍA
-Bart D. Ehrman, The Orthodox Corruption of Scripture.
J. N. D. Kelly, Early Christian Doctrines.
-Rowan Williams, Arius: Heresy and Tradition.
Lewis Ayres, Nicaea and Its Legacy.
Antonio Piñero, Los libros del Nuevo Testamento.

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