Cuando plantamos una semilla, lo hacemos con la intención y la ilusión de que fructifique, con el cálido y amoroso abrazo que le dará la madre tierra, formando un todo que posteriormente comenzará a gestar, convirtiéndose en el ser vivo tan deseado que traerá al mundo, para vivir y gozar de una futura vida en plenitud. Pero por desgracia, hay semillas que no germinan, aunque la tierra las haya tenido en su seno, abrazándolas igualmente que a todas. Aunque si esa tierra no abraza conscientemente el posible y futuro fruto, es porque le falta o escasea el cariño de la Vida, en este caso el agua. Esa semilla plantada con esperanza, es a veces abandonada por falta de un cuidado del jardinero. En el fondo todos somos semilla y al mismo tiempo tierra. La semilla es la progenie y esa tierra la progenitora. Cuando se ve la obligación como progenitor y la responsabilidad tan enorme que se tiene, de traer un ser a la vida, dice el Dr. Sans Segarra, que la madre es la que tiene que educar y el padre el responsable de formar. Para mí al menos, nada más verdadero en los devenires del mundo. En una cuestión como en otra, estas cosas son por supuesto absolutamente complementarias ya que en ambos casos, hay que querer y saber escuchar a los hijos. Y por supuesto entre cónyuges, practicando sin cesar el diálogo, haciendo de ello un modo de convivencia. Pero antes, necesariamente, madre y padre han de estar en absoluta sintonía respecto a ello, para que los hijos tengan un referente común y único, en la familia. Porque el diálogo es el alma de toda relación. Desgraciadamente, los obstáculos al diálogo son muchos. Habríamos dado un gran paso, si ante todo, habláramos menos y escuchásemos más, sin que existan juicios preconcebidos. Por tanto, es indispensable la voluntad de esa escucha, con gran empatía y voluntad, abrir el corazón a quienes tienes frente a ti, hacer una unidad afectiva, amorosa y para ello, es necesaria la presencia mutua. Cuenta A. de Mello en su libro “La oración de la rana” que un importante personaje, fue a la Casa Blanca a entrevistarse con el presidente Theodore Rooselvelt, sobre un tema concreto, a demanda del propio presidente. Tras dos horas de reunión, el visitante salió aturdido. ¿Qué le ha dicho usted al presidente? Le preguntó un periodista. “Solo le he dicho mi nombre”. Respondió exhausto. El presidente, no le dio oportunidad de hablar nada, ya que esas dos horas, el habitante de la Casa Blanca, las pasó imbuido en su palabrería. Creo adecuada la célebre frase de la Madre Teresa de Calcuta: ”Si lo que vas a decir no es mejor que el silencio, no lo digas” . Nunca comprenderán a los demás, quienes no se han escuchado a sí mismos, ni podrán ver la realidad de los demás, quienes no se han explorado a ellos mismos.. Platón, Sócrates, Aristóteles, Parménides, Epicteto, Marco Aurelio, Séneca, por citar sólo algunos de los sabios de la Antigüedad, ya lo apuntaban en sus pensamientos y obras filosóficas.
OPINIÓN | Semillas de Esperanza (Juan Parrilla)








