Los , también llamados la «Nueva Profecía», fueron uno de los movimientos más controvertidos del cristianismo del siglo II.
El movimiento surgió hacia los años 156–172 E. C. en Frigia (Asia Menor), de la mano de Montano, después, se unieron dos profetisas, Priscila (o Prisca) y Maximila, cuyas revelaciones tenían tanta autoridad como las de Montano. Sus principales creencias se basaban en considerar que el Espíritu Santo seguía revelando nuevos mensajes a través de los profetas, que había comenzado una nueva etapa de la historia de la salvación, la era del Espíritu, así, esperaban el regreso de Cristo de forma inminente. Pensaban que la Nueva Jerusalén descendería cerca de Pepuza, una pequeña localidad de Frigia.
Los montanistas exigían una disciplina muy rigurosa a sus miembros como ayunos frecuentes, castidad muy valorada, desaconsejando por ejemplo volver a casarse tras enviudar. Eran tan estrictos que en algunos casos rechazaban conceder el perdón eclesiástico a pecados especialmente graves. Animaban a aceptar el martirio antes que renegar de la fe.
Esta facción cristiana fue rechazada no tanto por su doctrina sobre Cristo, sino porque sus fieles afirmaban recibir nuevas revelaciones con autoridad, sus profecías extáticas preocupaban a muchos obispos, desafiando la autoridad creciente de la jerarquía episcopal. Con el tiempo, la Iglesia mayoritaria concluyó que la revelación pública había quedado cerrada con los apóstoles y consideró herético el movimiento.
El famoso teólogo africano Tertuliano, terminó adhiriéndose al montanismo hacia el año 207 porque admiraba su rigor moral y creía que el cristianismo oficial se estaba volviendo demasiado permisivo.
La mayor parte de lo que sabemos sobre los MONTANISTAS procede de autores que combatieron el movimiento, como Eusebio de Cesárea y Epifanio de Salamina y por algunos escritos de Tertuliano pertenecientes a su etapa montanista.
¿Cómo y por qué se hizo Tertuliano montanista? La conversión de Tertuliano al montanismo no fue un acontecimiento repentino, sino un proceso gradual que probablemente tuvo lugar entre los años 206 y 212. Los historiadores creen que confluyeron varios factores, su carácter rigorista ya que desde sus primeras obras, Tertuliano defendía una disciplina moral muy estricta: ayunos, castidad, rechazo de las segundas nupcias y una actitud firme ante el martirio. Su decepción con la Iglesia de Cartago ya que consideraba que algunos obispos eran demasiado indulgentes al readmitir a cristianos que habían cometido pecados graves, como el adulterio. O la atracción por la Nueva Profecía que el montanismo sostenía sobre el Espíritu Santo que seguía hablando a la Iglesia mediante profetas. Tertuliano vio en ello una continuación legítima del cristianismo apostólico, no una ruptura. No se conserva ningún relato en el que Tertuliano diga: «Hoy me hice montanista», pero se deduce porque sus escritos cambian claramente de tono, así se aprecia en obras como «De Monogamia», «De Jejunio», «De Pudicitia», o «De Virginibus Velandis»,donde defiende doctrinas características del montanismo y cita las revelaciones de la Nueva Profecía como autoridad. Se discute hoy si rompió con la Iglesia oficial, ya que tradicionalmente se pensó que abandonó por completo la Iglesia católica y fundó un grupo propio, los «tertulianistas». Sin embargo, muchos especialistas actuales creen que la separación fue más compleja y gradual y durante un tiempo pudo seguir considerándose miembro de la Iglesia mientras defendía las ideas montanistas. Especialistas como Geoffrey D. Dunn, Christine Trevett y William Tabbernee sostienen que Tertuliano no fue atraído principalmente por doctrinas extrañas, sino por el rigor moral y por la convicción de que el Espíritu Santo seguía guiando activamente a la Iglesia. Quizá,el propio Tertuliano no pensara que estaba abandonando el verdadero cristianismo; si no que creyera que el montanismo representaba su forma más auténtica y exigente. Esta es la interpretación que predomina hoy en la investigación histórica.
Desde una perspectiva histórica, el montanismo no fue inicialmente una «herejía doctrinal», sino un movimiento de renovación carismática y profética que chocó con el proceso de institucionalización de la Iglesia durante el siglo II. Entre los estudiosos no confesionales que han trabajado este tema destacan la historiadora Christine Trevett con su obra «Montanism: Gender, Authority and the New Prophecy», así como el historiador y teólogo australiano Williams Tabbernee que combina fuentes epigráficas, literarias y arqueológicas en su estudio. Este autor ha revisado la visión tradicional del Montanismo como herejía concluyendo que muchas interpretaciones antiguas dependían de fuentes hostiles, lo que obviaron la verdadera complejidad del movimiento. Entre otros logros, este autor dirigió el equipo arqueológico que descubrió Peppouza.Al respecto, cuenta con una extensa bibliografía.
¿Entonces, qué sabemos de MONTANO? Parece ser que nació en Frigia, en Asia Menor (actual Turquía) y que vivió durante el siglo II, que comenzó a predicar aproximadamente entre los años 156 y 172 (la fecha exacta es discutida). Era cristiano cuando inició su actividad profética, aunque algunas fuentes tardías afirman que había sido sacerdote pagano antes de convertirse. La mayoría de los historiadores considera este dato incierto, pues procede de escritores hostiles. Montano afirmaba hablar inspirado directamente por el Espíritu Santo, sus discursos se pronunciaban en estado de éxtasis y eran considerados revelaciones divinas. Muy pronto se unieron a él dos profetisas, Priscila (Prisca) y Maximila. Los tres se convirtieron en las principales figuras de la llamada Nueva Profecía anunciando la cercanía del fin del mundo, la necesidad de una vida muy austera, la continuidad de la revelación mediante el Espíritu Santo y,como dijimos, que la Nueva Jerusalén descendería en la región de Pepuza, en Frigia.
La reacción de la Iglesia no se hizo esperar y muchos obispos de Asia Menor rechazaron sus profecías y organizaron sínodos para examinarlas, así, a finales del siglo II, el movimiento fue considerado herético por gran parte de la Iglesia, aunque continuó existiendo hasta varios siglos después. No se conoce con certeza la fecha ni las circunstancias de la muerte del dirigente, algunos autores antiguos difundieron relatos según los cuales se habría suicidado o habría muerto de forma violenta, pero los historiadores actuales consideran esas noticias poco fiables y probablemente parte de la polémica contra el movimiento.
BIBLIOGRAFÍA
Christine Trevett Montanism: Gender, Authority and the New Prophecy. Cambridge University Press, 1996.
William Tabbernee Fake Prophecy and Polluted Sacraments: Ecclesiastical and Imperial Reactions to Montanism. Brill, 2007.
William Tabbernee Prophets and Gravestones: An Imaginative History of Montanists and Other Early Christians. Hendrickson, 2009. Bart Ehrman Lost Christianities. Oxford University Press, 2003.







