OPINIÓN | El anochecer de la vida (Juan Parrilla)

El abandono consciente de una persona hacia otra, quizá frene a quien abandona, su evolución como ser humano, que es o debería ser el sentido de nuestro existir.

Decía Mahatma Gandhi:

-Creer en algo y no vivir para ello, es deshonesto.

-El perdón, es la virtud del valiente. El rechazo, solamente termina con el amor hacia el otro.

-Los pensamientos llevan a palabras, las palabras a actos; éstos, a hábitos y los hábitos al destino.

Analizando esas cinco cuestiones últimas, desde “el pensamiento al destino” es verdaderamente difícil que una depresión, a la que se añade incomprensión de los demás, no lleve a quien la sufre, a un dolor invisible, que otras personas no entenderán o no querrán entender. Porque su Ego, les impedirá una accesibilidad a su Conciencia, que es la que analiza todos nuestros pensamientos y por ende, nuestros comportamientos para con los demás, de manera consciente.

Porque nuestra Conciencia, podemos adormecerla, sedarla, cuando no queremos saber los problemas del otro, ya que le rechazamos. Pero por encima del Ego y la Conciencia, está nuestra Supraconciencia, tal como expresa en todas sus formidables entrevistas, libros y alocuciones, el Dr. D. Manuel Sans Segarra, otrora Cirujano Jefe, del Hospital General Vall d´Hebrón de Barcelona.

Esta Supraconciencia, es un concepto que se refiere a algo que existe más allá de la mente y el cuerpo físico, que es Holístico y que algún día, seguirá unida a nosotros en otra dimensión, pues siempre nos acompañó y estuvo presente, aunque no fuésemos conscientes de ello.

El Ego, nos proporciona momentos puntuales de placer, que pasan rápido, pero esa sensación placentera, si nos entregamos continuamente a ella, no nos dejará avanzar, olvidando cuál es nuestro objetivo en la vida.

Y al final de ella, ocurrirá lo que nos dice San Pablo: ¿Cuánto Amaste? Porque primero, sentimos indiferencia por algo o alguien, que posteriormente, se torna en rechazo.

Hoy, que escribo este artículo, me he quedado de piedra, al conocer a un niño de 7 años, cuya situación física es indescriptible. Se me hundió el alma. Y después, nuestro egoísmo nos lleva a pensar, que con tantos sufrimientos físicos y anímicos que tenemos, somos los más desgraciados. En demasiadas ocasiones, no vemos o no queremos ver lo que nos rodea, viviendo con esa indiferencia antes citada, que nos deshumaniza. Al escribir esto, me viene a la memoria algo del jesuita hindú Antony de Mello, que puede referenciar nuestro interior y lo que existe dentro de él:

Un niño negro, veía cómo un vendedor, soltaba globos que se elevaban hasta perderse en el cielo. Primero soltó uno rojo, después uno azul, uno amarillo, otro blanco. Pero un globo negro, lo seguía manteniendo en su mano con el cordel. El niño le preguntó que si soltaba el negro, también ascendería. Y el vendedor de globos, sonrió al niño, soltó el cordel que retenía el globo y se elevó igualmente, diciendo mientras al chaval: No es el color lo que le hace subir, sino lo que hay dentro” Era gas hidrógeno, de un peso inferior al aire. En un sentido figurado, es lo que a muchas personas nos hace falta: Algo en nuestro interior, que nos eleve como seres humanos. La única clase de dignidad, es la que no sufre menoscabo con la falta de respeto de los demás. Porque por mucho que escupas a las cataratas del Niágara, no lograrás reducir su grandeza”.

En demasiadas ocasiones, juzgamos a los demás sin querer conocer su interior, ni las duras situaciones, que le han llevado a ciertos comportamientos no deseados de forma consciente.

Y es que en este mundo, estamos demasiados jueces para tan pocos reos.

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