No hubo nubes que osaran desafiar la soberanía del Jueves Santo en Linares. La tarde se presentó esplendorosa, con una temperatura primaveral que invitaba a la multitud a agolparse en los aledaños de la Basílica de Santa María La Mayor para presenciar el milagro anual de la fe. Bajo un sol que bañaba de oro la piedra basílica, la Real Hermandad y Cofradía Trinitaria de Nuestro Padre Jesús del Rescate y María Santísima de los Dolores se dispuso a escribir una nueva página de su historia centenaria.
A las cinco menos cuarto de la tarde, el ambiente se cargó de una mística especial. Este año, sin embargo, el rito se revistió de una melancolía serena: la ceremonia de liberación del preso no pudo celebrarse ante la negativa del Ministerio a otorgar el indulto. Pero si bien no hubo cadenas rotas en lo civil, la presencia del Señor del Rescate en el dintel de Santa María rompió, como cada año, las ataduras espirituales de un pueblo que se reconoce en su mirada cautiva. Bajo el mandato de su Hermano Mayor, D. Juan José Laguna Gil, los 1.105 hermanos de la corporación iniciaron una estación de penitencia de una plasticidad y unción conmovedoras.
Majestad Trinitaria en el Canasto
Apareció el Señor del Rescate, la portentosa talla de Gabino Amaya (1948), que este año estrenaba unos primorosos repujados plateados en su canasto, aportando una luminosidad nueva a su caminar. Sus 30 costaleros, en una conjunción perfecta, llevaron al Cautivo con ese andar solemne y pausado que estremece el corazón de Linares. La Agrupación Musical «Nuestro Padre Jesús del Rescate», su inseparable banda de cabecera, abrió camino con la marcialidad y el sello propio que la caracteriza, mientras que la Agrupación Musical «María Santísima de los Dolores» desgranó tras el paso marchas que sonaron a gloria bendita bajo el sol de la tarde.

Fue un transcurrir épico, donde el tercio de Trompeteros —pioneros en la inclusión de la mujer en nuestras filas cofrades— recordó con sus toques la historia viva de una hermandad que es, por derecho propio, custodia de la identidad linarense.
Dolores de Plata y Oro bajo el Palio de la Ciudad
Tras el cautiverio del Hijo, la elegancia de la Madre. María Santísima de los Dolores, la magistral obra de Luis Álvarez Duarte (1982), procesionó con un esplendor difícil de igualar. La Señora estrenaba para la ocasión una saya bordada en hilo de oro sobre terciopelo blanco, una pieza de una finura exquisita que realzaba su palidez divina. El palio, enriquecido con dos nuevas filas de candelería labrada en plata y escoltado por un cuerpo de acólitos que lucía nuevas dalmáticas, parecía flotar sobre sus 30 costaleros.

La Sociedad Filarmónica «María Inmaculada» de Linares puso el contrapunto melódico, hilvanando un repertorio clásico y solemne que envolvió a la Dolorosa en un aura de majestad. El paso por la Cuesta de Santa María, ya en la recogida a las 22:27 bajo la luz de la luna, fue el cierre perfecto para una jornada donde, a pesar de la ausencia de indulto ministerial, Linares se sintió más rescatada que nunca por la devoción a sus titulares












































































































