El pasado 7 de marzo, los muros de piedra de El Pósito se convirtieron en el cofre que resguardó una de las veladas más conmovedoras de la actual Cuaresma. Bajo la dirección del compositor Enrique Moya, la banda sinfónica transformó el auditorio en un espacio de recogimiento, donde la música dejó de ser puro sonido para transformarse en un vehículo de espiritualidad y memoria colectiva. El programa, diseñado con una estructura narrativa creciente, guio a los asistentes por un viaje emocional que recorrió desde la intimidad del rezo hasta el dramatismo del calvario.
La primera parte del concierto fue un delicado preámbulo de solemnidad. La apertura con Pater Meus, de Lucía Vera, envolvió la sala en un tono contemplativo que preparó el espíritu para las composiciones de A. Martos, No te olvido y El Santo Entierro, piezas cargadas de ese lirismo procesional que tanto arraigo tiene en nuestra tierra. Especial protagonismo cobraron las partituras del propio Enrique Moya; sus obras El encuentro y Soledad demostraron una sensibilidad exquisita, equilibrando la fuerza dramática con pasajes de una belleza evocadora que conectaron de inmediato con el imaginario devocional del público presente.
Sin embargo, el cénit de la noche llegó en la segunda mitad del programa con la interpretación de La Pasión de Jesús para Narrador y Banda Sinfónica. Esta obra, estrenada por Moya en 2023, cobró una nueva dimensión gracias a la voz de Valentín Perales, quien con una solvencia cargada de matices fue hilvanando el relato evangélico. Desde la luminosidad de la entrada en Jerusalén hasta el sobrecogedor silencio musical de la Crucifixión, la banda respondió con una solidez admirable, alcanzando el clímax en una Resurrección sonora abierta a la esperanza. El acto, que contó con la estrecha colaboración de la Cofradía del Santo Entierro, no fue solo un concierto, sino una experiencia artística que reafirmó el poder de la música para narrar los misterios más universales de nuestra cultura.








