OPINIÓN | EN LA BÚSQUEDA DE LA PAZ INTERIOR (Juan Parrilla)

Difícilmente, si no tengo paz interior, podré aceptar y relacionarme conscientemente en primer lugar, conmigo mismo, para así poder estar y comprender a los demás, que son o deberían ser el sentido de mi existir. Hoy, con mis muchísimos fallos como ser humano, pero también con algunos pocos aciertos, he de reconocer que desde pequeño, tanto mis padres, como los educadores-profesores, que tuve en mi infancia y juventud, como los Jesuitas en SAFA LINARES, modelaron mi personalidad e identidad hasta hoy. Y doy inmensas gracias a Dios por ello. Luego, los demás hoy, podrán aceptarme y/o quererme, o llegar hasta rechazarme u odiarme. En su conciencia, que es donde para mí habita Dios, estará la decisión que tomen. Pero por desgracia, la conciencia también puede drogarse de forma intencionada, para así no sentir culpabilidad con nuestros actos para con los demás. Pues sigamos en la compleja búsqueda de la PAZ.

Y en este caso, no sólo es la ausencia de las armas. Nos dice Mahatma Gandhi:

“Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena”. Y en este contexto, quiero hablar de mis padres, porque mis padres nunca dejaron su moralidad a unlado.

Mi padre, minero; mi madre, ama de casa (como se suele decir). Él, aprendió por sí solo, a leer y escribir. Estuvo preso y condenado a muerte por el franquismo, con falsas y gravísimas acusaciones, hasta que gracias a un cura con influencia, a petición y ruegos de mi santa madre, consiguió su liberación. Entonces, ser socialista, era equivalente a terrorista.

Mis padres, estoy seguro de que gozan de la presencia de Dios, por su honestidad y entrega a los demás.

Mi madre, en el tema de leer y escribir, ni pudo ni supo hacerlo, porque en aquella época de los “Sesenta del pasado siglo”, España, estaba estructurada y gobernada por la dictadura de Franco, “Caudillo de España por la Gracia de Dios” como podía leerse en el grabado de aquellas monedas. Y las mujeres, de las clases sociales bajas y pobres, sólo tenían la opción, de ejercer aquello de dedicarse a “sus labores” donde la autoridad del marido sobre la esposa, era incuestionable. No se podía hablar comiendo, ni entre la propia familia, por orden del régimen y la iglesia. Esto había calado en todos los hogares. ¡Comiendo no se habla! Se nos impuso a la sociedad. Bien sabían los mandamases, que esto, podía ser un peligro para ellos, al compartir entre la familia, pensamientos y experiencias vividas en aquella injusta sociedad.

A pesar de la pobreza que sufríamos, recuerdo ser muy feliz. Sobre todo, recuerdo mi edad de 7 años, en que comencé a ser monaguillo ayudando en misa a D. Secundino, que por entonces era un cura comprometidísimo, que vivía los valores evangélicos con autenticidad, no de cara a la galería.

Era este, un sacerdote del estilo de monseñor Romero, del sacerdote vasco Ignacio Ellacuría y otros siete curas más, que junto con la empleada doméstica que tenían y la hija de ella, fueron masacrados por los paramilitares, en la Universidad Central Americana que dirigían. Monseñor Romero, murió de un certero tiro, desde la calle mientras decía misa con las puertas abiertas a dicha calle. Siempre lo hacía así. También salieron por “patas” de Venezuela, muchos sacerdotes españoles en tiempo de la dictadura del canalla Hugo vida Chávez, porque si no lo hubiesen hecho, hoy estarían muertos. La búsqueda de la PAZ, es una ardua y complicada tarea. Peligrosísima, porque supone nadar contra corriente . Groucho Marx dijo: “Parad el mundo que me bajo” Pero para este humilde escribidor, este pensamiento de Groucho, es un absoluto desatino, porque a este planeta, hemos venido a luchar y dar autenticidad, con todo el riesgo que ello conlleva, porque si no, no podríamos llamarnos seres humanos. Solamente pongo como ejemplo y supremo modelo, a Jesús, el Cristo. Las apariencias, muchas veces engañan. Hay personas muy valoradas socialmente, pero que viven con un corazón “artificial”.

De sus contradicciones personales, nadie podemos hablar ni criticar, porque acaso y sin ser conscientes de ello, muchas gentes viven esa doble moralidad: la que realmente tenemos y la que ofrecemos al exterior.

Es la necesidad imperiosa, de sentirnos reconocidos por los demás, por quienes nos rodean de puertas de casa para afuera. Lo que ocurra de puertas para adentro, no nos importa en absoluto, porque nos sentimos cansados, superiores; y llegado un punto, a rechazar las relaciones familiares. Si este, es el anti ejemplo que uno de la pareja, en su matrimonio, da a su compañero, entonces apaga y vámonos. Sobre todo, si es el abominable comportamiento que durante muchísimos años, ha tenido in crescendo, uno para con otro. “El odio, solamente termina con amor, porque el perdón es la actitud del valiente, no del cobarde”, dijo Gandhi. Pero…..

“No te preocupes por personas que Dios alejó de ti. Porque ÉL, escuchó cosas que tú no escuchaste, y vio cosas que tú no viste. Por eso las apartó de tu lado”

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