Estuvo contándome de la mili, hasta que me dolió la cabeza. Nemesio me contó que sirvió en una base militar, cuyo nombre no voy a decir por aquello de la seguridad nacional, pero lo que me dijo es totalmente cierto, por mi vida. Llegó a la base un comandante médico llamado D. Manuel Federico. Era un militar con una fina y amplia cultura y decía Nemesio que ya entonces, el comandante, tenía una perilla y barba blancas tan bien arregladas que parecía un dandy. Era totalmente exquisito en sus maneras. Nemesio ya era cabo primero chusquero y el comandante lo hizo su ayudante porque sabía de eso de la mecanografía. Había allí un cabo de apellido Zambrano, que era más borrico que “talones”, y parece ser que la primera vez que vio al comandante D. Manuel Federico, quedó rendido a sus pies, no porque el cabo fuese mariquita sino porque además de estar todo el día más borracho que el dios Baco, estaba más “volao” que el alero de un “tejao”. Me dijo Nemesio: “El tal Zambrano, juraba por sus difuntos que había servido en las Huestes de Felipe II en otra vida y que el comandante era la reencarnación del Rey de las Españas. De tal forma quedó impactado, que cuando estaba de puertas en la comandancia médica o en el despacho, se dirigía al comandante llamándole Majestad, hasta el punto de que acabó en su locura, creyéndose de verdad que D. Manuel Federico, era el propio Rey Felipe. Se pegaba a él como si fuese su escolta personal, sin dejar que nadie se le acercara. Decía que era por la seguridad de su Rey. El comandante que era un erudito, se tomó bien lo de “Majestad” y se chuflaba del tal Zambrano como le venía en gana. Llegó a creerse tanto las historias que Su Majestad le contaba, que Zambrano le regaló una gola para que se la pusiera sobre el cuello, amén de un montón de medallas que su abuelo había conseguido por su valor en la guerra de Cuba. Todos nos descojonábamos de risa, pero delante de él, no hacíamos más que ensalzar las virtudes de Su Majestad D. Felipe. Le dijo un día al comandante que tenía que ponerse el sable, por si acaso, que era más seguro que la pistola, porque se podía encasquillar si le hacía falta. Todo era por seguridad del monarca. Al comandante le entró un día tal descomposición, que tuvieron que ingresarlo en el hospital militar durante una semana y Zambrano le rogó hacer guardia en la puerta de su habitación por si un “anti-monárquico”, hacía alguna locura y lo agredía. Su Majestad aceptó y cuando se restableció, fue a comprar una condecoración en un anticuario y ante el personal sanitario, se la impuso por su “entrega y fidelidad”. Después invitó a todo el mundo a la cerveza que fue capaz de tragar. Aquel día fue el más hermoso de la vida de Zambrano, hasta el punto de entrar en una profunda depresión, cuando D. M. Federico fue trasladado de puesto. A Zambrano, lo tuvieron que jubilar, porque decía ver al Rey a todas horas por el cuartel y le hablaba como si lo viese. Quedó tan “tocao” que decía que no merecía la pena vivir, porque no soportaba la ausencia de Su Majestad”.
OPINIÓN | DE LAS HUESTES DE FELIPE II -O LA LOCURA DE ZAMBRANO- (Juan Parrilla)










