Escribía hace un tiempo Sofía Yoldi:
“No esperes que los demás comprendan tu viaje, si nunca han tenido que recorrer tu camino. Sabes mi nombre, no mi historia. Sé que te dará igual lo que diga, ya que me juzgarás igualmente aunque no pida tu opinión. Porque tú no sabes cuales son mis ángeles, ni cuales mis demonios”. Vivimos en un mundo de apariencias, no en un mundo de verdades, y mucha gente cree en las mentiras cuando no encuentra verdades en las que creer. Hoy, decir la verdad, puede convertirse en un obstáculo para desarrollar nuestra vida personal, que pretendemos sea auténtica. Muchos vamos con doble capa; una exterior para no ser decapitados por el juicio de la gente que nos rodea y otra la auténtica, que es la que muestra tu personalidad, tu auténtico “yo” que apenas enseñamos, por miedo a lo que se pueda pensar de nosotros. Y esta opinión de quienes nos rodean, nos importa demasiado, pues de ello va a depender nuestra manera de sentirnos a gusto y aceptado ante los ojos ajenos.
En su Antología Poética escribía Federico García Lorca:
“Me miré en tus ojos pensando en tu alma: Adelfa blanca. Me miré en tus ojos pensando en tu boca: Adelfa roja. Me miré en tus ojos: Pero ya estabas muerta. Adelfa negra”.
Y la triste realidad para muchísimas personas es así, porque en una relación de amistad, de compañerismo, de amor, se da esto en muchísimos casos. Una persona sigue queriendo a la otra, pero esa otra, te deja olvidado en la cuneta de una carretera, sin mediar dialogo alguno, porque no quiere analizar una convivencia, con sus virtudes y sus fallos. Si se diese un análisis sincero y constructivo, reconociendo mutuamente virtudes y defectos, la situación se arreglaría. Al menos eso pienso. Pero cuando la otra persona se cierra en banda, acaso resulte imposible, por mucho que lo intente una de las dos partes. Las verdades, tarde o temprano, salen a la luz, pero mientras tanto, una de las partes, ha de afrontar la travesía de un larguísimo desierto en absoluta soledad, hasta llegar a algún oasis. Duro camino, dura realidad, donde se mastica la soledad más cruel y absoluta, porque es una soledad no buscada, sino impuesta por aquella persona a quien quieres de verdad. No se está por la Verdad, sino por esa mentira tan hiriente, que destroza el alma y que llega a esa realidad descrita por Lorca citada anteriormente: “Me miré en tus ojos, pero ya estabas muerta: Adelfa negra”.
Muchas personas viven para aparentar, porque les importan más los juicios de valor de la gente, que sus propios sentimientos. Y eso es vivir en un puro y falso teatro. Nadie es poseedor único de la verdad en una relación humana, porque en esa relación, para que crezca el Amor, es necesaria la autenticidad y no las opiniones de quienes pudiesen estar viviendo unas puras apariencias. Los juicios de valor son aquellos realizados sin conocer realmente a la persona. Los juicios de hecho vienen determinados por una percepción exacta de la actitud de esa persona. Hay por tanto una diferencia entre ambos abismal. Los de valor son una deformación o falsificación de la realidad de alguien y los de hecho, son fácilmente contrastables, con los que podemos acceder a la realidad.
Una vez vi esta frase que me impactó y me ayudó a superar ciertas cosas:
“No te preocupes por personas que Dios apartó de tu vida. EL escuchó conversaciones que tú no escuchaste y vio cosas que tú no viste. Por eso las quitó de tu lado”.










