OPINIÓN | EL SAPO Y LA ROSA. TRISTE HISTORIA DE UN DESAMOR

Había una vez una rosa roja muy bella. Se sentía de maravilla al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo se daba cuenta que la gente solo la veía de lejos. Percibió que al lado de ella, siempre había un sapo grande y oscuro y que era por eso que nadie se aproximaba a verla de cerca. Indignada ante lo descubierto, le ordenó al sapo que se fuera de su lado de inmediato. Y muy obediente, el sapo le dijo:
“Está bien si así lo quieres”
Pasados unos días, el sapo se sorprendió al ver la rosa totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos. Y el sapo le dijo entonces:
“Vaya que te ves mal. ¿Qué te pasó?”
La rosa contestó:
“Es que desde que te ordené que te marchases, las hormigas me han comido día a día y nunca pude volver a ser igual. Y el sapo contestó:
“Pues claro, cuando yo estaba aquí, me comía a esas hormigas y por eso eras la siempre la más bella del jardín”
Muchas veces despreciamos a los demás, por creer que valemos más que ellos, que somos mejores que ellos, o simplemente que no nos sirven para nada.
Dios no hace a nadie para que esté sobrando en este mundo; todos tenemos que aprender algo de los demás, o algo que enseñar y nadie debería despreciar o rechazar a ninguna persona. Puede que esa persona nos haga un bien del cual ni siquiera seamos conscientes.
Acaso hayamos perdido la capacidad de comunicación mutua, porque nos da pudor, miedo, a exteriorizar nuestros pensamientos, nuestros afectos y también hayamos perdido algo tan bello y tan humano como sonreír o tocarnos mutuamente. Seguramente la palabra, el cariño, ese tocar a otra persona, nos inhiba hasta el punto de pensar, que la otra persona se sienta molesta con el contacto nuestro, con la palabra nuestra, con el afecto nuestro.
Las personas sabias, generalmente, piensan en términos universales, decía un sabio y santo hombre hindú.

Otro cuento dice así:
Un hombre decidió dar dosis masivas de aceite de hígado de bacalao a su perro porque le habían dicho que era muy bueno para los perros. De modo que cada día metía al chucho entre sus rodillas, que se resistía a la ingesta de tal aceite. Un día el perro se soltó y el aceite cayó al suelo. Para asombro de su dueño, el perro volvió dócilmente a él en clara actitud de querer lamer la cuchara. Fue entonces que el hombre descubrió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino la forma de administrárselo.
Me siento una persona que siempre ha buscado la utopía, que no es sino la ilusión, el sueño, el ideal y el anhelo por construir un mundo más humano.

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