OPINIÓN | SELLOS Y SOBRES (Juan Parrilla)

Resulta evidente que hoy día, resulta minoritaria la carta escrita, con su sello correspondiente emitido por Correos, como se hacía a la antigua usanza. Las nuevas tecnologías resultan un gran paso, un grandísimo avance, el cambio considerable del sistema de comunicación.

Pero hay mensajes que todavía es necesario tenerlos en papel, por multitud de vicisitudes y circunstancias culturales e históricas. Véase la extinta biblioteca de Alejandría como ejemplo, al arder completamente.

Pero hoy, me deja fuera de juego, no ya eso, sino la cantidad de personas que en una reunión, en la terraza de un bar o cafetería, están todos enfras cados en sus móviles o tabletas, sin ninguna relación de diálogo con quienes están compartiendo ese refresco y correspondiente tapa.

Si un sello lo despegamos de su sobre, puede hacerse de dos formas:
1) Hacerlo a lo seco, con lo cual, sello y sobre es muy probable que se rompan o deterioren gravemente, dejando surcos como los arados.
2) Mojar ambos en agua; con ello se obtendrá más seguridad en su integridad, pero ambos ya no se conservarán igual, porque se quedarán arrugados por mucho que se les quiera hacer para recuperar su originalidad.

Por tanto ambos métodos resultan inapropiados. Más el primero que el segundo.

Con estas observaciones, he pretendido establecer una metáfora que pretendo llevar a las relaciones humanas en cualquier ámbito, bien en relaciones de amistad, bien en relaciones de pareja, con independencia de su sexo.

Atendiendo al primer caso, resulta ímprobo que este supuesto, dé un resultado satisfactorio, ya que las esquirlas y deterioros de esa pareja relacional fuertemente unidas, queden bien a la vista y al tacto. Porque son imperfecciones muy difíciles que quitar.

Lo más adecuado y la solución creo yo, es comprar nuevos el mismo sello (idéntico) al anterior y el mismo sobre si se quieren, porque creamos que merece la pena esa unidad para coleccionarla y que después en Correos te pongan el sello-tampón de tinta.

Esto me lleva a reflexionar sobre la vida en pareja, sobre la vida en matrimonio, en la que ambos cónyuges en el desarrollo del mismo a lo largo su vida, hayan tenido sus aciertos y desaciertos. Es normal en estas relaciones, porque haciendo un balance de vida, sobre todo si es largo, y si ambos se quieren y se respetan, es posible restaurar una relación duradera hasta el fin de nuestras existencias.

El gran problema de estos asuntos, de estas realidades, viene cuando una de las personas que conforman la pareja, viendo los fallos de la otra, o viendo ambos los fallos mutuos también, no se sientan a hablar sobre las heridas recibidas mutuamente, para ponerles solución y restaurar la convivencia que antes había existido. Está claro, dos no pueden si uno no quiere, y contra eso no se puede luchar por mucho que una de las partes quiera.

Cuando el amor desciende por debajo de la línea de cero, resulta imposible recuperar el termómetro hasta alcanzar una temperatura adecuada, máxime si no se actúa para ello. Decían estos grandes literatos y seres humanos a reconocer: Ghandi: “Si lo que vas a decir, no es más bello que el silencio: No lo digas” . Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”

En Mateo 18-21,35 Pedro pregunta a Jesús: Maestro, ¿hasta cuantas veces hemos de perdonar, hasta siete veces?. “No Pedro, no hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (es decir, siempre)

Porque es necesario regar las flores de nuestra alma y nuestra conciencia, para crecer espiritualmente. Hemos de llenar la botella que demasiadas veces está vacía o medio vacía. Y sobre todo, pensar, que el amanecer de hoy, suprime o debería suprimir, el anochecer de ayer. Hagamos de nuestras vidas un eterno amanecer.

 

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