Contaba el fallecido sacerdote jesuita y filósofo hindú, Tony de Mello, en un libro que se refleja en el título de éste artículo:
“El Maestro de Meditación, era requerido por uno de sus discípulos continuamente, para que le enseñase qué era la Verdad. Un día el discípulo le insistió al Maestro: ¿Por qué me ocultas continuamente la verdad? Y el Maestro respondió: No te estoy ocultando nada.
Diciéndole esto, lo invitó a dar un paseo por el campo. Pasaron bajo un frondoso árbol y comenzó a cantar un pájaro…
El Maestro preguntó al discípulo: ¿Has escuchado el canto de ese pájaro?
El discípulo dijo: Sí.
Bien, respondió el Maestro; entonces habrás comprobado que no te ocultado nada. Sí, dijo el discípulo”.

Esto me dio para reflexionar, y que es lo que a continuación reflejo:
Si vas por el campo y oyes el trino de un pájaro, el discurrir del agua en un arroyo, ves un árbol etc., y sólo queda en tu interior el sonido del pájaro, del agua, o la imagen de ese árbol, entonces no has visto nada.

Pero si tras esto, abres tu corazón, verás más allá de las personas y las cosas; podrás ver un auténtico milagro de la vida, porque habrás visto con el corazón y tendrás el privilegio de haber descubierto el inmenso misterio de la Contemplación y de la Vida.

Vamos por el mundo seguros de nosotros mismos, regocijándonos en nuestra autosuficiencia, sin darnos cuenta de nuestras limitaciones, sin saber de las necesidades de los demás, olvidándonos de nuestro corazón, y del de los demás; aquel que nos da vida y nos alimenta en lo material y en lo espiritual.

Nuestra sangre, es nuestra vida y la del otro, como lo es el agua, que discurre alegremente por un río, para encontrarse y fundirse en un eterno abrazo con el mar y ser toda una. Es necesario que “escuchemos” el canto de ese pájaro, que interioricemos, para comprender el inmenso misterio de la existencia, que es el ser y el compartir, porque sin ello seríamos un árbol seco, sin savia, sin vida.

En un mundo tan tremendamente egoísta como el que nos ha tocado vivir, oír y sobre todo escuchar “el canto del pájaro” es abrir el alma a la llamada de la generosidad con los demás; es ponerse en marcha para compartir las experiencias de vida, es abrir los ojos del corazón para contemplar todo aquello que nos rodea, porque sin contemplación jamás podremos entender el gran misterio del ser humano: el Amor.

Y para contemplar, es necesario olvidarnos de nuestra propia existencia e imbuirnos en lo místico de ella, prescindiendo en momentos del efímero envoltorio que nos apresa y limita a veces nuestra consciencia, para adquirir una conciencia universal, que nos lleve mucho más allá del universo conocido, haciéndonos sentir la música de las esferas celestes, obra del Creador. Nunca sabremos donde comienza y acaba nuestra dualidad material-espiritual, pero a buen seguro, que en el generoso acto de compartir y dar algo, también compartamos con el otro, los valores de nuestro espíritu, de nuestra alma.

Dice el gran “Gabo” García Márquez: “Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo y esperaría a que saliese el sol… si Dios me obsequiara con un trozo de alma, me tiraría de bruces al sol, para dejar descubierto no sólo mi cuerpo, sino mi alma”

Llegados a tal punto en que hemos adquirido tal grado de Conciencia de la Vida…

¿Quién no se ha quedado mudo de admiración al “escuchar” el canto de un pájaro?