OPINIÓN | CUANDO EDUCAR A LOS HIJOS ES UNA BENDICIÓN

En lo ético, en lo estético, en lo moral y en lo espiritual, tanto mi mujer Áurea como yo, no tenemos palabras para agradecer a la vida lo que nos ha deparado con nuestros cuatro hijos. Como cualquier pareja, hemos aprendido para con nuestros hijos de nuestros propios errores, muchos errores, pero también hemos tenido suerte con ellos, porque han sabido captar en cada momento lo que salía de los corazones de sus padres. Siento la necesidad de expresarme en voz alta y compartir con los demás las inmensas alegrías que nuestros hijos nos proporcionan. Por favor, no me vayan a tildar de pedante, pero cuando se es feliz, se tiene necesidad de proclamarlo a los cuatro vientos y más si la felicidad viene a causa de los hijos y de los nietos/as. Hemos procurado siempre presentarle una escala de valores humanos, que quizá no estén en boga, no estén de moda hoy, y que posiblemente les harán sufrir en esta vida si son consecuentes con lo que piensan. Pero es que la felicidad humana está precisamente en esto, en ser consecuente con lo que se piensa, en anteponer nuestra honestidad y nuestra conciencia a todo, aunque a veces vayas nadando contra corriente, pero siempre con tu corazón y tu conciencia. En un mundo descarnado como éste, que nuestra prole, tenga una afinada capacidad de discernimiento es una suerte, porque sobre lo ético y lo estético suele privar lo zafio, el egoísmo y la chabacanería. Ellos saben la dureza de la experiencia de sus padres de ir a pecho descubierto por la vida, en mostrarse como son, ante tanto falso escaparate, tanto vouyerismo, donde todos queremos saber de las intimidades de los demás, pero poniendo un recio muro ante nosotros, para que no se sepan nuestras debilidades, nuestras bajezas. Hemos tenido la suerte de tener unos hijos así. Muchas veces nos decimos mi esposa y yo, que algo habremos puesto y sinceramente, con nuestras debilidades y oscuridades, llegamos a la conclusión de que sí, eso por supuesto, siempre con el corazón y con la ayuda de Dios, al que damos gracias por estas bondades que recibimos de nuestros hijos. Llegará el día que estemos solos como pareja. Bueno, casi a diario ya lo estamos, por nuestra edad y la suya, por sus propias vidas ante la ausencia de su presencia, pero con el convencimiento de haber levantado esos pilares casi indestructibles con todas nuestras equivocaciones y errores, que nos ayudarán en los momentos de soledad. Aunque estamos seguros que nunca estaremos solos.

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