El ciudadano corriente, convertido casualmente en analista social, observa con estupor como, de unos meses a esta parte, nos estamos dado un mundo cada vez peor.

El analista observa con inquietud el aumento vertiginoso de tasa COVID en nuestra querida ciudad, tras las fiestas de Semana Santa. Y no quiere creer que pueda deberse a la irresponsabilidad o, en el peor de las casos, a la mala fe, ciudadana. No puede ser, piensa, que sea por el mal uso, o la falta de uso, de la mascarilla en un porcentaje muy elevado de vecinos, ni por la aglomeración indiscriminada, sin guardar distancias de seguridad, en lugares públicos como puerta de sucursales bancarias, supermercados grandes, terrazas y bares, parques públicos o lugares de culto, ni por falta de vigilancia y sanciones por parte de las autoridades competentes en estos lugares, o por vigilar las fuerzas de seguridad en sitios donde de antemano la gente hace bien las cosas y no donde se sabe que no, o por falta de sanciones a aquellos locales, de la índole que sea, que no cumplen la normativa anti COVID.

Recuerda el observador circunstancial con estupor como un vecino de la localidad, propietario de un local de hostelería, fue agredido recientemente por querer hacer que algunos de sus clientes cumpliesen las normas de no fumar en terrazas, mientras que ha visto como en las terrazas de algunos locales conocidos de la ciudad, se permite a algunos clientes que lo hagan sin que policía o propietarios muestren interés en que no sea así. Qué falta de solidaridad, considera el analista quién, además no quiere creer responsable de esta situación a la movilidad, legal o ilegal, que nuestra comunidad autónoma ha visto incrementada en estas fechas (extranjeros de vacaciones, personas con permisos falsificados o no del todo legales, falta de controles en días claves en carreteras, etc.)

El observador casual, tras esta somera reflexión, cae en la cuenta de que estas realidades, tratadas con cierta ironía, ocultan problemas de fondo que deberían ser básicos para el ciudadano de a pie pero que, en nuestra concienciada y próspera ciudad, no parecen importar demasiado. Y el analista no habla de la falta de libertades individuales que se está viviendo, tema que tratará en otra ocasión, sino del aumento desproporcionado de precios de bienes de consumo, muchos de ellos básicos: Todo empezó con el papel higiénico hace más de una año, después se le sumó el precio excesivo de geles hidro alcohólicos y productos de limpieza. Más tarde fue el turno de las mascarillas y su negocio, problema que persiste, al acentuarse la necesidad de tipos cada vez más sofisticados y, por ende, más caros (quirúrgica, FFP2, FFP3…) Y el analista llega al meollo de la cuestión actual, ante el aumento, por necesidad principalmente laboral, de hacerse los ciudadanos pruebas PCR, de antígenos, etc., de manera privada, (para trabajar dentro o fuera de la ciudad o de nuestras fronteras) En cuestión de una semana, el observador accidental ha visto como las compañías responsables han incrementado de manera presuntamente cainita los precios de estos productos en hasta un 20% y un 30%. Las personas que precisan hacérselas se siente indefensas porque parece ser que ninguna administración controla este tipo de tarifas o presuntos abusos. Pero, el analista circunstancial lleva tiempo observando otros presuntos abusos de esta índole en otros sectores como el de la cesta de la compra, el de las energías, o el de las tarifas por servicios bancarios. Como ejemplo y vivido en su propia experiencia, el observador circunstancial piensa que la cesta de la compra ha incrementado su precio, en un supermercado normal de nuestra ciudad, desde que comenzó hace más de un año el problema COVID, en más de un 20%, mientras que el paro lo ha hecho en proporciones casi similares y los sueldos en absoluto. En cuanto a tarifas energéticas es obvio que el aprovechamiento del ciudadano se hace con presunta alevosía: A más tiempo en casa más consumo, a más consumo más caras las tarifas. El tema de las tarifas bancarias, como el ciudadano bien sabe, es endémico desde que bajó el precio del dinero.

No obstante, al observador circunstancial le parece que estas desproporcionadas cifras no parecen importarle demasiado al ciudadano corriente de Linares pues no advierte denuncias similares más allá del típico corrillo callejero, no apareciendo en redes sociales ni en comentarios periodísticos, por lo que ha decidido no insistir más sobre el tema. Buena suerte a todos los que se van a ver perjudicados por la subida tan desproporcionada de COVID en nuestra ciudad (A día 9 de abril, Linares registra 666.1 cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días, frente a los 106.4 de Jaén capital; algo estaremos haciendo mal, piensa el comentarista casual) y para los que lo han propiciado o permitido, pues eso.