“Quienes negaron la libertad para defender sus privilegios no pueden reclamarla ahora para intentar recuperarlos”.

Diez mascarones miran, por encima del hombro, el camino real; diez mascarones miran, como grotescos bucráneos, la Plaza del Bermejal. Se cuenta, que el diez, primer número compuesto, representando la totalidad de universo: solamente hay diez dígitos, diez dedos, diez nombres divinos, Sephiroth cabalístico que mantiene el equilibro entre la unidad y la nada. Otros dicen que los caricaturescos bucráneos, desde época griega, han representado lo misterioso, la entrada a lo desconocido, el origen de los cambios marcados por faunos, sabios y náyades. Otros dicen que nos hablan de los diez elementos alquímicos del arte de la metalúrgica. Hasta los más íntimos cristianos los representan como la cabeza cortada en bandeja de plata de aquel que anunció al verdadero Rey libertador.

¿Todo esto cabe en esta casa llamada de Pajares? Verás, mi intrigado lector, como el crecimiento y la historia de la misma, nos dará la razón.

Cuando se construyó esta casa, con cierto sabor rústico, en siglo XVIII por advenedizo burgués apellidado Pajares, enriquecido por las transacciones mineras, se pensó en una decoración de marcado tono clásico, cuyo eje central era un patio, al estilo castellano, hoy desaparecido. De está época, solamente conservamos una escalera, tantas veces subida y bajada por personas de todo tipo, de dos tramos y balaustrada de madera, que continúa hasta el primer piso a modo de gran balconada, con doble arcada apoyada en una columna dórica. Su exterior está construido por aparejos de labor de buen cantero con piedra arenisca de un suave rojo carmesí, con los puntitos brillantes, que, a modo de motitas valiosas, le da la cuarcita.

¡Qué bonitos son sus dos balcones! El que mira a los lejos recatado, adintelado, dovelado y enmarcado por pilastras toscanas como eje de este lado; de doble arco de medio punto rebajado, que descansa sobre columna central. El que observa el tránsito de carruajes, tartanas y galeras, que ruidosa mente suben y bajan por la llamada Corredera Real, más modesto es, ya no mira horizontes, sino a la gente que va a pie. Con un vano de medio punto, flanqueado por pilastras, con un frontón partido y jarrones en sus ángulos, donde se asoma tranquila, entre brasero de encina y toquilla de lana, la que espera, mientras borda, los años que vendrán que a este lugar en toda España lo conocerán.

Corría el siglo XIX, ya es centenaria la bella casa, mi ahora comprometido lector, cuando ocurrió un hecho que pudo cambiar el rumbo del ya cansado país. Años sesenta, años de cambios en las razones.
Mil ochocientos sesenta y ocho, la estufa, ahora de carbón, está apagada, el ánimo calienta los corazones y hace sudar los cuerpos. Liberales, burgueses advenedizos, trabajadores ilustrados, masones, Krausistas… todos aspiran a una nueva libertad. Se crea una Junta de Defensa. La Gloriosa, madre de un sexenio convulso y esperanzado, está a punto de nacer. La bandera con olor liberal aparece, por primera vez, en el balcón que mira al diáfano cielo. ¿Linares será la que cambie el régimen español?

Este hecho fue real, pero lo que te voy a narrar correrá de boca en boca, aunque nunca sabremos si fue o no verdad.

Cuentan los que cuentan que mientras se conspiraba y se actuaba, la astuta, promiscua, alegre y liberal reina Isabel II, aquella que con orgullo de mujer había sido capaz de burlar la Ley Sálica. Y, que, en años anteriores, no dudo ni un solo momento, en pedir el amparo y la ayuda, en las enésimas revueltas y fratricidas Guerras Carlistas, de los dinamiteros de Linares. ¡Sí, esta reina venía a Linares!

Quería ver esa ciudad andaluza donde se proyectaban trenes, entre luz de gas, cantes, coplas, alegría y minas. Sobre todo, sus minas. ¿Qué tenían estas milenarias y horadadas tierras, para que banqueros, consulados, industriales, olieran su riqueza y se aproximaran, dando voces o en silencio, en noches y días sin tiempo?

La villa se engalana, las minas se acicalan. Se trabaja duro, hora a hora, minuto a minuto. En el pozo del gran padre putativo, en el pozo de un minero José, insignia de riqueza y orgullo de la empresa, que del Estado venía, la reina, ya cansada y olvidada de sus orígenes, tiene que bajar al vientre de su estirpe. Pero, para que no sufra el sin sabor del balanceo del caldero, se excava una bajada con escalones y barandilla. Sí, todo está preparado. Dentro de la mina, cuando baje, está la solución. Pero ella, no bajó. Y los efímeros sueños de tantas gentes, como siempre, y a la luz del silencio, el carburo, la corredera, el movimiento del nuevo blasón en el horizonte y la tristeza, desaparecieron.

Bonita intriga, que tal vez te pueda resultar una falacia; tal vez puedas pensar que es una historia sin sentido; tal vez creas que es una vieja leyenda, narrada de generación en generación, para elevar el orgullo de un pueblo que nace osado y valiente; tal vez, te parezca un sueño de quien quiere ser, y, aún joven, no lo puede conseguir; tal vez, pueda ser una pasión, orgullo de una ciudad. Que, si no ocurrió, conspirador lector, el hecho que te he narrado mereció su historia y su evocación y que hizo que esta casa, no de barberos, bares y restaurantes pasara a las historias, no solo de este nuestro pueblo, sino de toda una nación, con sus mascarones enigmáticos, que, mirando al cielo y al suelo, aún levantan pasión.