Congreso de los Diputados – Foto: Oriol Salvador (Licencia Creative Commons)

 

El mensaje completo sería “no cambien la constitución, cambiemos las personas”. Estos días la constitución ha servido de arma y escudo en la contienda política mostrando hasta qué punto se está deteriorando la convivencia en nuestro país.

Alexis de Tocqueville en su viaje por los EEUU para escribir “La Democracia en América” cuenta su extrañeza en un colegio electoral en Nueva Inglaterra al no ver votar a los negros. ¿No tienen derecho a votar?, ¿votan en otro sitio?. La respuesta que obtuvo fue: “Aquí los negros tienen el mismo derecho que los blancos. Están en el censo. Pero si se presentan a votar, corren el riesgo de perder la vida” .

No se trata de hacer leyes, las leyes resuelven poco, si no se ha resuelto antes su contenido en la sociedad. Es una de las razones que explican el fracaso de muchas revoluciones. Tocqueville va más lejos al decir que incluso “la revolución de la revoluciones”, la Revolución Francesa no fue realmente una revolución, sino un cambio de los elementos de poder, al pasar de la nobleza aristocrática a la aristocracia burguesa, pero no supuso un cambio real para la mayoría de la gente.

Si cambiamos la constitución para que refleje lo que somos hoy, en mi opinión vamos a salir perdiendo. Vamos a salir perdiendo primero por qué las cosas que hemos ido conquistando socialmente, ya están recogidas en la carta magna. La unidad de España, el idioma y la bandera no corren peligro. Si están en peligro el derecho a la vivienda, el derecho al trabajo y algunos más, pero eso ya está en la constitución. Podemos cambiar la constitución para que el ejército además de garantizar la integridad de España, garantice el beneficio empresarial o los privilegios de la Iglesia Católica, o institucionalizar la mentira y los fake news como elemento fundamental de comunicación de los grandes medios. Por su inutilidad podíamos eliminar el artículo 31 donde se habla de la progresividad fiscal. La última modificación de la constitución no supuso un gran avance. El artículo 135 supuso un importante giro. Los gobiernos ya sean del PSOE, PP o Podemos (recordad Syriza) ya no deben mirar a los ciudadanos al tomar sus decisiones sino a sus acreedores de la Troika. Mejor dejamos la constitución como está. El ambiente social de hoy y, perdóneme pero yo le echo la culpa la derecha, es de un estado de crispación donde la palabra constitución pierde su constitución, su esencia y se convierte en piedra arrojadiza.

La respuesta qué la ley Celaá muestra cómo ese lobby mundial neoliberal está consiguiendo que ideas absolutamente de centro en lo social, en lo político y en lo económico sean acusadas de “social-comunistas”. Ni la ley Celaá ni los Presupuestos Generales son nada “revolucionarios” ni suponen un punto de inflexión ni un cambio de paradigma sobre las situaciones anteriores. Contienen mejoras, seguro, pero podrían recibir más críticas desde el pensamiento de la izquierda que desde la derecha. Sin embargo, a falta de argumentos de peso para criticar su contenido, la reacción se centra en las formas y los foros y tribunas se llenan de crispación, insultos y llamadas incluso al golpismo duro o blando (lawfare).. si es que hay un golpismo blando. El problema actual de este país es la falta de diálogo y empatía; la política no es sino resolver los problemas entre los diferentes (los iguales no necesitan de la política).

El gran valor que tienen la ley Celaá y los presupuestos es haberse conseguido con el diálogo y el acuerdo entre un abanico plural. El más plural de los parlamentos habidos en democracia. No es un tema del número de votos sino de ese proceso de diálogo y acuerdo. Y es curiosamente ese valor, el que la derecha critica desaforadamente.

Recompongamos primero la convivencia entre la ciudadanía. ¡Qué lejos (y viejo) queda aquella unanimidad social de los aplausos a los sanitarios! Ahora, no sé si es que han cometido algún pecado. Quizás movilizarse pidiendo más recursos para ayudar a todos. Ahora lo que queda ya no es el aplauso social sino la foto de las elites inaugurando hospitales, calles o plazas.

No me toquen la constitución, vamos primero a recuperar ciudadanía. No toquemos las leyes y empecemos a recomponer los lazos de dialogo y solidaridad entre nosotros. Caminemos hacia un republicanismo pleno y no hago tanto una referencia (que también) a la forma del Estado como al estado de las formas.

 

José Valentín Ramírez