La corrupción es una de las preocupaciones más importantes en nuestro país. Lo dicen las encuestas que de vez en cuando se publican. En ocasiones aparece menos señalada y es que aparece incluida en el apartado de los políticos. Y no es que las encuestas nacionales estén equivocadas del todo -que algo hay- , pues España en las internacionales aparece en el puesto 42 del mundo y en la cola de los países europeos. Como quiera que la corrupción, con ser tan preocupante aquí, es algo común y que rebasa las fronteras, conviene verla más en conjunto. Desde la descarada compra de votos, hasta la eliminación de los denunciantes de la misma, pasando por las acusaciones centradas en minucias para dejar en la sombra las verdaderas causas, la cosa no está clara. Así vemos a Lula acusado sin pruebas en Brasil, o a Rusia e India, donde el poder se deshace de los opositores molestos. La corrupción la podemos definir como “la desviación de la conducta de personas, colectivos y sistemas emanada de la justa dignidad veraz y solidaridad común, por otra regida por el interés de parte”. Al entrar en juego tantos componentes, no es fácil percibir las actitudes corruptas. Veamos despacio.

Está claro que en un conflicto entre dos personas encontramos la ambición, el poder y la dignidad o ética de las partes. En general acaba dominando el más poderoso y quizá el que tenga menos escrúpulos. Cuando el asunto se complica, con más sujetos y organización social, entran en juego bastantes componentes más como: normas, autoridad, denuncia veracidad, mediación o justicia y algunas más. Según los valores morales y los contrapesos de que se dote una sociedad, la corrupción será, como la democracia, de mayor profundización social y equidad económica. No es casualidad que los índices de mayor democracia y menor corrupción vayan emparejados. Ello no quita para que los propios índices no estén mediatizados por la veracidad de encuestador y encuestados. No ha de olvidarse que el índice de corrupción se deduce del cómo lo ve la propia población encuestada y la posibilidad de ya entenderla como algo natural. Aparte de los índices señalados, convendría añadir algunos más relacionados con los aspectos que hemos visto que complican la convivencia, al hacerse más compleja una sociedad.

Una bastante clara puede ser la disyuntiva entre lo legal y lo legítimo, lo justo, o lo de sentido común. Aquí podemos ver que la ley o norma se ha elaborado o con torpeza o con malicia para generar beneficio a una parte, con frecuencia el poderoso o su cómplice. De ahí las puertas giratorias y tantas otras “mamandurrias” como se procura el poderoso para sí o para sus cómplices. Claro que después tendría que venir la mediación o justicia que tratara de enmendar la conducta torcida. Pleitos tengas y los ganes es un refrán que pone en cuestión en nuestro país tal justicia. Hay más: la justicia es un cachondeo que dijo aquel, o que hay justicia para ricos o para pobres. Demasiados ejemplos como el desfile de jueces por Nules por dificultades en el proceso de Carlos Fabra, presidente de la Diputación de Castellón. No es menor la importancia de la denuncia que se pueda hacer cuando se encuentra alguien con un ”Fabra”. Los medios de comunicación y el buen periodismo son un buen cauce, sobre todo si no los matan a mansalva como vino ocurriendo en Honduras. En sociedades como la francesa entre 1981 y 1990 entre tres diarios de mayor tirada aparecieron 2.630 artículos sobre corrupción. Diez años después la cifra era cuatro veces mayor. Claro que eso no ocurre en todos los países y de la misma forma. En España en que desgraciadamente los medios de mayor difusión dependen de un oligopolio que emiten la versión que más beneficia a los propietarios de dichos medios. Para parecer que informan, publican los grandes escándalos, pero no se extienden en la letra pequeña y menos en el seguimiento para decir como acaban o el dinero que no han devuelto. Hablando del poder económico, no hay que olvidar el chantaje de las grandes empresas la deslocalización o cierre de empresas. Chantajes que llegan al parlamento, a veces de forma legal como en EEUU para eludir impuestos o lograr ventajas.

Por estas situaciones corruptoras, la democracia se resiente y se percibe que ni el gobierno ni el parlamento cumplen su misión de representar al pueblo. Ante esta escena los gobiernos han encontrado la función de sermonear al mundo en lugar de cambiarlo. Entre esas empresas transnacionales, que superan a los gobiernos, y organismos como FMI y el Banco Mundial, imponen la gobernanza de la que se apoderan técnicos, que miran al libre comercio o mundo capitalista. Ya podemos entender a quién beneficia la corrupción y el entramado que lo justifica, así como los valores que quedaron por el camino.