Las veces que vuelvo a Madrid no consigo superar ese sentimiento de hormiga entre la multitud. Ese ir y venir, con demasiada frecuencia de prisa y sin apenas mirar o saludar al prójimo, me saca el pelo de la dehesa. Y es que propendemos, al menos a mí me pasa, a la exageración. He vivido casi siempre en ciudades que, sin ser pequeñas, se alejan del pueblecito más rural. Tal vez por lo que me sigue ocurriendo en Madrid, idealizo a la aldea. Siempre vuelvo a un ambiente rural, me alegra lo contrario, el saludo permanente y casi repetido del personal del lugar. Aquí en Linares, en que nos encontramos entre Pinto y Valdemoro, no falta alguna ocasión para lamentar la fría relación que se da en las grandes urbes. Más, por esos caminos del entorno, cuando apenas se cruza un tímido “hola” entre quienes en la soledad transitan, ensalzo la ruralidad antes vilipendiada ante la urbanidad. A todo ello le he dado muchas vueltas al leer un escrito titulado “El terruño no miente”. Eso es lo que trato de compartir hoy, los cambios que da la vida e incluso los grupos sociales que raramente que apenas coincidían.

Tomo literalmente el comienzo del citado texto. “La aspiración de transformar el mundo a veces pasa por una vuelta a los valores que creíamos pasdos. El terruño, al que se le atribuye la capacidad de alimentar la identidad individual y colectiva, una autenticidad que se oponea la globalización capitalista, vuelve a marcar tendencia. Tanto conservadores como revolucionarios lo ensalzan”. Una y otra parte no han dejado de renunciar de manera radical, cuando han podido, a las ventajas de uno u otro ambiente. Ni el ricacho del pueblo renunciaba a su escapada a “los madriles” ni el progre urbanita dejaba sus visitas a la sierra o la aldea perdida. Ahora, cuando la cierta insatisfacción de soledad entre el gentío, por las citadas fatigas de clase, o por el agobio ecológico que se ve más claro, la ideología al respecto está más revuelta. “La tierra no engaña” decía Pétain, aliado francés de Hitler, a la vez que paridarios de la revolución nacional o escritores líricos acababan ensalzando la xenofobia y el antisemistismo.

En el otro extremo, el pensamiento de izquierda considera la nueva “decadencia” en la ciudad, templo de la financiarización, desde la que se reduce la necesaria diversidad de la vida. Con este nuevo razonamiento antisistema, asumen un neorregionalismo que antes no tenían tan claro. Hay también importantes contradicciones en cuanto al concepto de identidad. La consideración intercultural como convivencia directa entre culturas diferentes flexibilizando las ataduras tradicionales del grupo, causan desorientación. De la misma manera surgen dudas de las propias estrategías para evitar roces racistas o xenófobos.

En la práctica no hay poca confusión y dudas entre quienes han optado por buscar la ciudad como ocasión de promoción social o superar el paro estacional, y quienes optan por volver al campo. La colonización, que de la cultura rural, promueven los medios a favor de los usos urbanos, confunde sobre valores a los que-por contra- quieren recuperar quienes buscan el campo.

De la misma manera, también menudean las dudas entre quienes echan en falta las comodidades que dejaron en la ciudad.

Tanto por cada cual o por el entorno familiar, se puede retomar parte de la soledad que antes les agobiaba.
El caso es con tanto trasiego en la interpretación ideológica de la realidad y del ambientes que no nos acaba de sasitsfacer, permanece un recurrente desencanto solitario. Cuesta bastante entender los propios valores, los del grupo y los que conllevan el desigual concepto que se tiene del progreso humano. Quizá convenga unir esa triada que rige la vida. Por un lado, la libertad de conocerse en su interior y los valores más determinantes. Por otro, la conformación de la propia autonomía para huir de esa soledad, también en compañía. Relacionar los aspectos anteriores con los elementos culturales y sociales para encontrar el deseable equilibrio que armoniza el conjunto de consideraciones. Tal vez esté ahí la habilidad para romper con ese círculo vicioso que nos lleva a repetir errores y aciertos sin discriminarlos de manera suficiente. Tal vez, el secreto pueda estar en los esfuerzos que podamos hacer para superar en parte nuestras limitaciones. Esto es, hacer que el círculo, al que nos abocamos a repetir, cambie. Y que cambie, al menos parcialmente para que no se repitan todos los errores. Si rompiéramos con ese círculo, dándonos la oportunidad de llegar a la espiral, quizá nos acercaríamos más a la síntesis de campo y ciudad y tantas otras divergencias más.