Así nos cuenta Esopo en esta fábula:
“Un cuervo que había robado un trozo de queso, se lo llevó a la copa de un árbol y viéndolo una raposa, deseando quitárselo, comenzó a adularlo con falsas alabanzas de esta manera: Seguramente, hermosa ave, no hay en todos los volátiles quien sea semejante a ti, así en la brillantez de tus plumas como en tu disposición y belleza. Si es tan sonora tu voz como eres hermosa, no hay entre las aves quien te lleve ventaja. El cuervo desvanecido por aquella vana alabanza, queriendo mostrar a la raposa lo armonioso de su voz, comenzó a cantar y abriendo el pico se le cayó el queso, que la raposa pescó al instante, dejándolo burlado”.

Esta fábula viene a decirnos, que no se deben oír ni creer las engañosas adulaciones, porque la vana alabanza trae fatales consecuencias. Muchas veces quien lisonjea quiere engañar. Hace un tiempo hablaba con alguien sobre la inmutabilidad de nuestro “yo” y esta persona me lo comparaba con un ciprés o un joven álamo que el viento fuerza a un lado y al otro de manera que también mueve el tronco, aunque en menor grado.

La adulación ha sido un mal constante del género humano, en virtud de pretendidos logros por parte del que la realiza, pero ésta, daña más a quien la recibe (cuando la hace veraz dándola por cierta) que a quien la ejerce, ya que éste último, posiblemente ya no le quepa en su interior más miseria. En un mundo como éste, hecho de falsedad, el “yo” de cada uno de nosotros ha de estar en un estado de alerta permanente para que aquello que tanto trabajo nos ha costado construir en torno a nuestra personalidad, no se vea alterado por falsas expectativas que otros despiertan en nuestro interior acerca de “nuestras excelencias”.

Pero también, sacar ante los demás ese yo, exteriorizar nuestras emociones, pensamientos, sentimientos, empieza a ser bastante complicado, porque vivimos en un entorno hermético en lo que a relaciones personales se refiere, y se ha de estar muy seguro de sí mismo para que opiniones irrespetuosas o dañinas sobre nuestra manera de ser o sentir, no calen en nosotros.
Muchas veces en cualquier situación de nuestra vida, en el trabajo, con los amigos e incluso con la familia, nos cuidamos mucho de manifestar lo que pensamos, porque no queremos caer mal ante quienes tenemos delante, aunque en el fondo sí quisiésemos decir lo que sentimos interiormente. Vivimos con un miedo permanente a no seguir estando bien vistos por quienes nos rodean, porque tememos ser rechazados a nivel personal o social. Ante esto me pregunto: ¿son acaso los demás los que marcan la pauta de mis aseveraciones, de mis decisiones con tal o cuál tema, o es mi conciencia y mi honestidad personal las que deben erigirse en juez de lo que yo mismo opine?

Creo que vivimos invadidos de temores que alteran nuestra personalidad, llegando a veces incluso a anularla, llegando a ser ese árbol que no sólo mueve sus ramas y tronco sino que el viento, la opinión de los demás en ocasiones, pueden llegar a mover nuestras raíces.

Una persona, en un aceptable estado de equilibrio emocional, no puede ni debe amedrentarse por lo que los demás puedan pensar de ella. Puede decirse y debe decirse lo que pensamos, porque con ello claramente nos sentimos mejor, aunque deberíamos ser comedidos en nuestras palabras, porque se puede decir algo de dos formas: hiriendo o de manera constructiva. Si optamos por lo segundo tendremos asegurado el desarrollo de nuestra personalidad, y de paso haremos ver a los demás nuestra opinión. Puede que sea la falta de comunicación por temor al fracaso o al ridículo, lo que en ocasiones nos aísle del mundo.

Pienso sinceramente que ninguno queremos fracasar o errar, pero el miedo a ello no debe impedirnos la crítica siempre que ésta sea mesurada.

Resulta curioso y a veces grotesco que una sociedad que avanza vertiginosamente en tecnologías de comunicación, haya llegado a ello para no tener nada que decirse. Pensemos un poco en esta fábula del cuervo y la raposa, dejemos nuestros miedos y ganas de agradar y decidámonos a ser nosotros mismos, a ser personas sin complejos ante nadie.

No espero que los demás comprendan mi viaje, si nunca han tenido que recorrer mi camino.