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La reclamación de Nemesio

Desde que le ocurrió a su Dolores lo de las puñeterísimas lentejas, que fueron despedidas hasta el techo por ese robot de cocina, dejándolo todo a modo de unas de las creaciones de Barceló en la bóveda de la sala de plenos de la ONU, ya la vida en la cocina de Nemesio no fue igual. A Dolores, le salían las comidas como en mi casa las jodidas croquetas: “Toito reventao y requemao”.

En esta situación, Nemesio fue a reclamar a Jaén, (me pidió que lo llevara), a la tienda donde compró el robot, contándole toda la historia. Ya la señorita del interior del aparato (que no ha desaparecido porque debe tener un contrato indefinido, cosa rara hoy) sólo al hablar lo hace en alemán y claro, Dolores no la entiende, porque el español, parece que dicha señorita ya no lo habla.

Le dijeron en la tienda, que los otros idiomas se habían borrado de la memoria del aparato, porque la placa del circuito integrado, se había quemado parcialmente y que para recuperar el idioma de Cervantes, había que cambiar la placa entera, que le costaba 200 euros.

Nemesio, cabreadísimo, decía que el “artefacto” estaba en garantía y que su Dolores lo había manipulado correctamente, salvo (fue sincero), el olvido del paño de cocina, en la salida de los gases de la susodicha máquina infernal.

Y como me hizo ir con él, me puso por testigo de que su “santa” lo había hecho bien. Yo defendí el tema lo mejor que pude, pero no conseguimos nada. Nemesio, llegó al clímax de la indignación y empezó a largar :
“Esto me pasa por venir a una tienda capitalista de mierda, con un dueño y unos dependientes fascistas, que lo único que quieren es dinero, dinero, dinero…. de los pobres jubilaos” Lo decía con los ojos inyectados en sangre, mientras con manos temblorosas, encendía un “Caldo de gallina” babeante allí mismo.

El dueño le dijo ya con cajas destempladas, que ¡a fumar a la calle! y Nemesio le soltó: “¡Y una mieeeerda! ¡He encendío el cigarro, por no saltarme el mostrador y estrangularos a tós, que sois un hatajo de gusanos capitalistas asquerosos!”.
Era la espuma de la Niña del Exorcista la que echaba por su misma boca.

Y claro, ya se lió. El dueño le dijo: ¡Oiga usted, si no se va ahora mismo con su robot, ya que no quiere arreglarlo, llamo a la policía!

“¡Ay que miedo! ¡No, a quien va a llamar es al carpintero, so facha mamón” (le espeta el viejo al dueño).
¿Un Carpintero para qué, so mal hablado? (le dijo el jefe).

“¡Que pa qué, que pa qué!. Pa que le sierre los cuernos, que los tiene usté mu largos!”
Si no me meto por medio, los de la tienda se comen al abuelete. Lo cogí del brazo y le dije que nos íbamos y que un amigo, posiblemente se la arreglara sin cobrarle nada. Me costó convencerlo, pero nos fuimos.

Al salir como despedida, retorciéndose como una serpiente les dice:
“ ¡Que a Vds. los jodan bien, so cabrones. Ojalá se lo gasten toito en medicinas pa la diarrea!”

Yo ni miré para atrás de la vergüenza que sentí. Lo que me acojona es el momento en que le diga mi amigo que no tiene ni pajolera idea de electrónica, porque me mata.

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