Una de las palabras cuya definción más me ha inquietado ha sido la de la cultura. En el ambiente en que me crié, se identificaba más como instrucción o “estudia y serás una persona de provecho”. Aquello se ha desmoronado y cada día está menos claro el progreso personal o social que espera al final. Superar las “cuatro reglas” entonces te permitía con ayudas cierto avance social en la cultura, economía y demás. En aquel tiempo, la escuela ya dejaba fuera habilidades, experiencias y saberes que acumulaba la gente del pueblo. Un paso más allá, salió a mi encuentro el concepto de alta cultura que suponía el refinamiento de las artes y de las ciencias para la persona. En los últimos siglos se ha ido ampliando hasta llegar a como la define Taylor :”un todo complejo que incluye, el conocimiento, creencias , arte moral, leyes y costumbres , así como cualquier habilidad o hábito adquirido por el hombre como miembro de la sociedad”. Está claro que ésta es más incluyente de lo popular y menos clasista. Sin embargo, por ser de tan amplio espectro, siempre hemos de decantarnos por un aspecto sin miedo a tocar los aledaños, aunque algo escapa siempre

Viene a cuento este escarceo definitorio, al adentrarme en la parte de la cultura que facilita los cambios en la convivencia, tanto en nuestra población o en el mundo. Buscando esa versión de la política, he dado con un interesante escrito del sociólogo Razmig Keucheyan. Trata este autor de responder a la pregunta ¿Bastan las ideas para cambiar el mundo? Para entrar, menciona la “batalla cultural” perdida en Francia por François Hollande tras las elecciones presidenciales de 2.012. Los medios habían ensalzado la inmejorable situación del socialismo francés para implantar una política de izquierdas: disponía de la presidencia de la República , del gobierno, mayoría en la Asamblea y en el Senado, así como el gobierno de veintiuna de las veintidos regiones. Pese a esa envidiable mayoría, soplaron vientos contrarios a tal dominio. Se habla de la “batalla cultural” que fue desprestigiando a los sucesivos gobiernos de Hollande.

Keucheyan relaciona este inesperable fracaso con determinados hechos y postulados mundiales coetáneos. Uno de ellos fue la llamada “trampa del 99%”. La denuncia de la posesión de mayoría de riquezas por el 1% de la población a costa de la probreza de la gran mayoría, llevó a una gran movilización popular. Era previsible que, ante la crisis económica propiciada por corrupción financiera, ya en 2.011, surgieron reacciones como el movimiento Occupy en Wall Street y otros como el 15M en España. Sin embargo tal realidad no basta para explicar el total fracaso de un gobierno de izquierdas que podría haber atajado alguno de aquellos males. Keucheyan encontró explicación en lo previsto por Gramsci a principio del s.XX: “si los gobiernos no aplican su programa, no es porque carezcan de valentía y ambición, sino porque el ´fondo político´ se opone a ello”. De esa manera, el italiano había hablado de “hegemonía social” como sinónimo a ese “fondo político” tras la certera “visión del mundo” que faltó en la gran mayoría que había votado a Hollande. Por debajo de aquella elección había una nueva realidad ante la que aquella izquierda convencional, huérfana del análisis de ese trasfondo, no supo reconducir. Siguiendo a Gramsci, nuestro autor profundiza en la realidad y de los datos, sólo parcialmente emergentes en la sociedad, que propiciaron tales cambios. Citaba Keucheyan los precedentes que siguen.

Al final de la “guerra fría” la derecha aprovechó el desprestigio de los regímenes comunistas para implantar el neoliberalismo. Dicho pseudoliberalismo, o “capitalismo popular” según Thacher, se planteaba acabar con lo “público” que había mantenido el estado del bienestar en Europa. Con el desprestigio primero y su privatización posterior de los servicios públicos, aumentaron las riquezas privadas a costa del bienestar común de la ciudadanía. So pretexto de la mayor libertad, entró la nueva “cultura” de: la lógica del mercado, el crecimiento ilimitado, el lucro y la competencia como únicos móviles del supuesto progreso social. Esa “cultura” acabó en el “crak” de la financiarización que llevó al propio Sarkozi a pedir la“refundación del capitalismo” que hubo que salvarlo con dinero público. Hollande en lugar de tomar nota de tal crisis, aplicó las misma recetas, de la mano del ministro Macrón, saldadas con la lógica derrota. Y es que Hollande no percibir el “fondo político”. Pues aunque hubiera analizado bien la situación, en poco tiempo no se pudo desmontar la “cultura anterior”, cuyos frutos se habían denostado en las urnas. Pese a la reacción de Occupy, primavera árabe o 15M, no era fácil improvisar una cultura de reacción en la vida social. A la derrota de Hollande, siguió el falso turnismo de un Macron que ha aplicado las misma receta con mayor dureza.

Muy distinto ha sido el éxito hábil de China con su discurso de “energía positiva” insuflada en su abundante población, para proyectarse de manera atractiva. Primero, habían reconocido que desde hace tiempo el poderío de la convicción de la ciudadana es más decisivo que el militar. Por ello ha tenido que ir pasando el tiempo, para que el discurso neoliberal mostrara sus miserias con los servicios sociales privatizados y con el endeudamiento en gastos militares y enriquecimiento empresarial.

Hoy, incluso frente al exitoso discurso capitalista chino, va apareciendo una nueva cultura, que habla más de “precariado” de pensiones de miseria, movimientos sociales, de reconstrucción sindical,..En Gran Bretaña, donde empezara Thatcher, la reacción en torno a Jeremy Corbin con la reactivación sindical y el trabajo social de Unite se va construyendo una nueva hegemonía en torno a un renovado laborismo. Una experiencia parecida estuvo a punto de prosperar entre los “demócratas” de EEUU y se mantiene latente con Sanders. Con menor visibilidad, también en Francia en torno al movimiento de Melenchón y las Alianzas Ciudadanas se va generando una nueva mayoría con la convicción social que faltó en el caso de Hollande. Por uno y otro lugar, tanto de resultas del agotamiento de la cultura neoliberal, como por las novedosas alternativas surgidas frente a la publicidad capitalista se va creando un nuevo discurso. Discurso que intenta demostrar que la cultura de la convicción ciudadana superará, con perseverancia compartida, a la del control deshumanizante.