Hace unas semanas un amable lector comentando uno de mis escritos, sacó a colación un fallo en el que, pese a mi intención, puedo haber caído. Tal fallo o exceso lo podemos llamar el de “todólogo”. Es una especie de personas que pululan por las muchas tertulias que en el mundo son hablando de cualquier cosa que se mueva. Algunos son periodistas aunque hayan escrito muy pocas noticias al margen de lo que con el mismo cristal opinan cada día. Es así como también se va conformando la opinión publicada, que no la pública, con argumentos previamente fijados. En las citadas tertulias, además de opinadores todólogos a sueldo, hay personas que suplen con prudencia y ausencias sus lógicas y previsibles lagunas.

Como quiera que el citado mal no queda sólo en la radio o televisión, veámoslo desde una perspectiva más amplia, sin excluir a quien firma estas palabras. Nadie estamos exentos de algún arranque de soberbia que nos lleve a pontificar con más afectación que conocimiento de cierta cuestión. No nos iría mal, de vez en cuando un buen revolcón para que, a la manera socrática, recordáramos que no sabemos nada. Por lo que a mí respecta, trato de aprender cada día algo más con curiosidad y lecturas. En el camino, trato de ayudarme distinguiendo lo que es información o saber, con frecuencia de cosecha ajena, de lo que-sujeto a duda- es mi opinión. Ésta no siempre la mantengo, como verdad tan provisional, como digo pretender. Rebajadas las ínfulas propias, creo que siempre viene bien entrar en lo que nos afecta al común de los mortales.

Recuerdo que siempre se ha dicho que es más pertinente una pregunta para enterarse de lo que se ignora que meterse en camisa de once varas con lo que no se tiene claro. Claro que el exceso de prudencia puede encasillarnos en refranes como “boca cerrada sin moscas”, o de “no hablar por temor a errar”. Eso nos llevaría a que sólo hablaran las personas más lenguareces o aquellas que dominan los medios de la “opinión publicada”. Ésta que con frecuencia secuestra lo que el pueblo llano piensa y a veces no expresa. Conviene que desde la familia, la escuela y la sociedad en general se fomente la libertad de expresión. De esa manera no nos la limitarán ni la propia timidez, ni el miedo que puedan infundirnos con actitudes o leyes mordaza o similares. Tanto en uno u otro caso podemos encontrar remedios que aconseja el propio sentido común y que los sabios han practicado.

Decía Machado que siempre iba hablando consigo mismo que es como preparase para hablar con Dios. Así podemos ensayar y contrastar el propio pensamiento y las preguntas que en el mismo puedan surgir. Esa justa prudencia nos llevará también a documentarnos con atenta escucha o lectura sobre lo que se va a tratar. Cerrar las entendederas nos puede adentrar en errores evitables. De la misma manera se puede, y- hasta se debe- discrepar de la opinión ajena de manera respetuosa y razonada. Otra vez el mismo poeta nos ofrece la solución: “Ni tu verdad ni la mía, vayamos juntos a buscarla. En ese sentido sería bueno considerar, incluso nuestros conocimientos más seguros, como saberes provisionales.

Esta reflexión me invita a recordar algunos tertulianos o todólogos, en cuyos errores puedo- aunque trato de no-caer. Soy bien consciente de que al tratar asuntos muy variopintos se me pueda aplicar aquello de que “quien mucho abarca, poco aprieta” o “aprendiz de todo, maestro de nada”. Valgan en mi favor, por tal expansión tres explicaciones. La primera es seguir lo que mi admirado Ad-Contrariun propone o echa en falta en Linares: ayudar a que la cultura local mire hacia fuera y salga de un adocenado discurso. Por ello, con desigual acierto, trato de tocar varios palos. La segunda es que cuando no sé algo, me documento en buenas fuentes y las cito. En es sentido, acepto más que se me acuse de plagiar que de ofrecer datos tomados al buen tuntún. Está también la razón de alternar asuntos, aunque no siempre consiga la deseable variedad semana tras semana.

Tengo batantes defectos, en este empeño de “juntaletras” y en otros, que trato de superar. Ya se sabe que no son lo mismo las intenciones que los resultados. Aun así, puede ocurrir que entre mís frecuentes errores mecanográficos, cuelen también informaciones y opiniones menos fudamentadas de lo que pretendía. En cuanto a lo de pecar de todólogo o participante en según qué tertulias o debates, soy más restrictivo. Temo que la improvisación me haga aparecer, si no esclavo de mis palabras, sí dueño de grandes silencios.

En cuanto a las críticas sobre mis escritos, como en toda ocasión, las seguiré agradeciendo. Claro que
serán más agradables con una argumentada discrepancia y precedida de una suficiente lectura.