Si te llaman Canalejas, en honor de aquel político, ministro de Fomento e Industria, cuando la Regente miraba a Linares, como luz entre atolones. Si te llaman Canalejas, como Presidente regeneracionista, demócrata y progresista, cuando mirabas a Linares, como futuro industrial e ilustrado, capaz de cambiar los destinos de un Estado. Si te llaman Canalejas, cuando torpemente fuiste asesinado, mientras mirabas una librería, por aquellos que pensaban, que con tu muerte, el libre pensamiento pronto se terminaría.
Entonces… ¿Por qué te llaman “del agua”?

Cuenta, por el saber popular, que en cualquier conversación por la Corredera o Pontón, si la gente preguntaba:
– ¿Dónde vas con tanta prisa?
– Voy a comprar a la plaza, pero me bajo deprisa y con el cesto vacío por la calle “El Agua”.

El Concejo de la Villa, en siglo XVII, ordenó, aprovechando un viejo venero, que de las moreras y riachuelo venía, construir una gran fuente. Alivio del sediento, remanso del cansado. Pero era tal el agua que llevaba, que rebosaba por el costado de sus costillas y que bajando, bajando quería buscar de nuevo su riachuelo Moredillas.

Qué ironía de la vida, donde tú estabas, ahora se llama Zara, con vestidos postmodernos que hasta en Manhattan están, cuando las enlutadas viejas con rumbo o sin rumbo caminaban solo se olía a moras frescas y a pequeñitos naranjos como flores de azahar.

Canalejas o Del Agua, siempre has sido un referente comercial, calle gremial, de animales y sus tratantes, con tus tres veterinarios para sanar, no solo la triquinosis o las disenterías, sino, también la enfermedad de la locura del plomo, entre tanto y tanto por las minas deambular.

Calle de aperos y de galeras mineras de chirriante pasar. De herreros, con fragua ardiente, fundidores alquimistas y guarnicioneros, que aún con “Las Maletas” se ha sabido heredar.

Entre charcos o saltándolos bajemos la calle que asfaltada ahora se halla, con poquitos adoquines y vía de tranvía, que recuerdan años y años de sufrida valía. No olvidemos las farolas, que ya no son de gas, sino de pérgolas como olas que nos recuerdan, entre agua, que lejitos se ve el mar.

¿Qué se ve sobre el dintel de ese bloque acristalado que le dicen de Aguilar?, ¿es un ángel sin cabeza, o una alada dama sin mirar? No… es una réplica, muy bien hecha, de “La Niké de Samotracia”, escultura de esos griegos, que, ahora en tierra de granito está.

Frente a esta, desde siempre, desde ahora, con más de cien años de existencia la papelería de Don Antonio Orta, a Paco le ha tocado ya. Quién no ha comprado cuadernillos de puntitos caligráficos, de cuentas interminables, de verde y amarillo presentar. “Rubio” tenía por nombre para niños morenos, que con zapatos gorila los charquitos sabían cruzar. Libros y más libros para el cole. Libros y más libros para la cuesta de ese instituto que las espaldas no hacían sudar. Novelas de Veinte mil Leguas Submarinas, novelas de pistolas de Estefanía. Huele a madera y a suave cola. Guillotina no de cabezas libertarias, sino, alemana ¡qué orgullo! Para el papel poder cuadrar. Y sobre todo en el recuerdo, mapas mudos de otros mundos, que no nos atrevíamos a soñar.

Cine Córdoba 1973

Dándole la mano por abajo se asentaban las casas más humildes, donde dormían y mal vivían muchas familias mineras, treinta y cinco cuentan ya, en un “Corralón de los Córdobas” que tapa la dignidad. Con los años, construyese un magnífico y suntuoso edificio de azules, verdes y blancos azulejos con figuras que recuerdan épocas de inmortales dioses, encuadras en hornacinas de ladrillo rojo que aún podemos admirar. En su patio, enorme patio, entre enea, chinches y zotal vemos, a la luz de las estrellas, películas de grandes mitos, mientras polos de hielo enfrían, en noches tórridas y sin horas, nuestro joven paladar.

¿No te acuerdas de Simago?, ¿no te acuerdas de su puerta? Donde cantaba, con haraposos y floridos vestidos, aquel que le llamaban Polonio; aquel que se alimentaba de los despojos de la vida; aquel que jamás se metió con nadie. Aquel que murió aguantando, los improperios de la gente, los odios en secreto no olvidados y aflorados cuando vemos al impotente.

Puerta de Simago 1984

Con juguetes entre las manos, dejas la calle La Virgen, zapatera, zapatera para niños de tienda, ya adelantadas al oriente, pero con ojos limpios que miran el mar, alpargatera, fundidora, de mesones y decenas de bares, con patatas madrileñas, mejillones y bombas solares. Dejas entre trajes, vestidos, mantas y toallas pagados a plazos, El Serrallo, de especies, botijos, alcancías y berenjenas con hinojos. Badulaque de todo lo vendible, que con cuatro perrillas podemos comprar.

Juanito “el de los caramelos”, que delicia tu tienda da: Pipas de girasol, pipas de calabaza, chicles y golosinas que no se deshacen en la boca cuando éramos niños y los dientes sanos están. Ahora eres un supermercado de lo dulce y lo salado, de trajes para lo que llaman Halloween, de disfraces para los carnavales, de pelotas globos, dulces y “más caramelos”, para la noche soñada por los niños,

Lele, banderillero, tabernero de recortes y cuartillos de vino para quien no tiene, en tu taberna supiste embriagar. Pinetes para sentarse y observar los eriazos y el arroyo del mosquito mientras, con vinillo de, no sé dónde, paladeas refuerzo de encebollada sangre, manitas y morro de cochino a quien supiste matar. Ahora El Córdoba lo llaman, con Gadafis y marisco fresco, en edificio de noble planta, que, para los que ya no miran a los eriazos y solo recuerdan el nombre de tu agua cuando sudan sin pensar.

Casa de los Córdobas 1962