Cuando pasan estos primeros días de noviembre, cada año me llama más la atención los modos de considerar a los difuntos y la vida en general. Son bastantes las contradiciones entre las tradiciones de siempre y las que se van aceptando, así como las distintas ante los propios funerales. Desde el respeto que merece cada persona o familia en éste y otros asuntos, me propongo comentar los cambios que observo en nuestro entorno. Reflexionar sobre la muerte, y quizá más en estas fechas, me hace recordar a mi abuela. Ella decía que es lo más justo de la condición humana, ya que ésta llega por igual a ricos y pobres. Mi abuelo, su marido, asentía para seguir replicando. Aunque la persona finada no se levante más, las diferencias sociales tratan de llevarse más allá de la muerte. Como decíamos, tanto en el funeral como en el recuerdo posterior de nuestros muertos, lo esencial permanece pero las tradiciones cambian acogiendo la colonización foránea o la inercia racional.

Desde la noche de los tiempos siempre se han matenido los ritos de paso. Éstos muy apegados a la vida de la especie era la bienvenida al recien nacido, el reconocimiento al uso de la razón, el emparejamiento y la muerte. En todos han cambiado las tradiciones, aunque hoy nos centramos en el último. El respeto a la persona mayor viva o desaperecida se mantenía más allá de su desaparición física. Tras la cremonia de enterramiento o cremación, según las culturas, se mantenía el recuerdo en la rica tradición oral que ahora va menguando. Cuando el duelo tenía lugar en la propia casa, allí transcurría la velación en la que los llegados retejían el patrimonio oral de esa tribu que se negaba a desaparecer. Tras la glosa de las virtudes y hechos en que la persona finada había dejado huella, se pasaba pasaba revista a otros acontecimientos que la concurrencia entendían importantes. Entre ellos no faltaban las anédotas jocosas y hasta chistes que, con alguna copilla de aguardiente, combatían el sueño o fatiga de la madrugada. Aquello, para bien o para mal, en gran medida ha cambiado. Hoy, en el aséptico tanatorio, el prójimo que, cada vez se ve más de tarde en tarde, se acerca a la familia y ofrece sus breves y previsibles condolencias con voz apagada. Por las prisas, a veces menos reales, bastantes se marchan sin apenas un saludo al resto de corros que alargan algo más su visita. Además a veces, los tanatorios se cierran a las horas más intempestivas. Ésto se aumentaba con la desaparición del luto, que, como una injusta rémora más, afectaba en mayor medida también a la mujer. Por todo ello el tejido afectivo y el recuerdo de la persona fallecida se diluye en el tráfago diario. Como compensación parece que ese devaluado recuerdo se concentra más en estos días con más flores compradas y adorno de tumbas. Costumbre ahora más amenazada por las crecientes cremaciones.

También las tradiciones de estas fechas ajenas a los cementerios han sido afectadas. Aunque se mantienen en la respostería lo buñuelos, huesos de santo o las gachas, otros muchos aspectos van siendo sustituidos por la colonización extranjera como el halloween. Sin negar las cualidades que dicha escenificación para tener presente la muerte como realidad humana, quizá convenga mantener aspectos locales. Tal vez sea nostalgia de viejo lo que me hacer recordar aquellas funciones renovadas del “Tenorio”, el caliente cucurucho de castañas recien asadas, o las bromas en el barrio con las gachas. Son bastantes cambios en nuestras vidas impuestos y/o aceptados por la necesidad más o menos explicable, por cierta racionalidad e higiene o por la simpleza de admitir modas o colonizaciones foráneas o comerciales sin mayor criterio.

A modo de conclusión, convendría hacer algunas distinciones críticas. La aceptación del recuerdo a nuestros mayores, y en especial a sus aportaciones más significativas y entrañables, es algo de consenso general. En el paso de la casa al tanatorio es algo que viene impuesto por los cambios en el urbanismo y por consiguiente en las costumbres. La mayor continuidad de los cementerios, y sus visitas en estos días, es una realidad que acabará siendo residual. La cremación que viene aumentando por las argüidas razones higiénicas y otras así lo preven. En cuanto a las muestras externas, en buena parte discutibles, se pueden considerar varios elementos. Por un lado, que hay aspectos, como el consenso ya señalado, que se han mantenido en el tiempo más allá de aspectos menos trascendentes. Hay tradiciones que, como el luto con tintes machistas, debieran desaparecer. Otras, propias o ajenas, se deberían modificar acorde con los tiempos y la idiosincracia de lo propio del lugar y sin sometimiento acrítico a la mercantilización huera que se impone desde la moda. Al buen criterio humanista será la mejor manera de honrar el recuerdo entrañable y encauzar el duelo por nuestros difuntos en nuestras vidas para que no desaparezcan del todo.