Por asociación de ideas, ante a la posibilidad de escisión de Cataluña, pienso en una península completa como, cuando hace mucho tiempo, había unidad con Portugal. Lamento una vez más que vayamos contra el signo de los tiempos: en lugar de quitar fronteras las aumentamos. Mi mente inquieta salta del presente al pasado repasando la curiosa relación con el país vecino. Queda en el olvido aquel tiempo. También parece ignorarse la casi siempre fluida relación entre las gentes fronterizas, cuando hoy apenas nos llegan noticias de lo que allí ocurre. Es por lo menos curioso que esto ocurra cuando ambos paises están en la Unión Europea, en la que juntos comparten avatares similares. Ante tan curiosa laguna informativa que parece distorsionar la realidad del presente y el pasado entre ambos países, me place reflexionar hoy.

De las noticias recientes sobre Portugal tal vez nos suene que la Presidenta de Andalucía ha devuelto visita al socialista Antonio Costa, presidente del gobierno luso. Los medios nos han mostrado principalmente las mejoras de la economía andaluza, para mayor gloria de doña Susana. Sin embargo , ni en esa ocasión ni en ninguna otra, han prestado interés por lo que viene ocurriendo en el vecino país. Indagando doy con el detallado informe de las periodistas francesas G. Lenoir y Mª L. Darcy. Mientras aquí el PSOE estaba en trance de desaparecer por las disputas internas entre “el no es no” o dejar que gobierne a Rajoy, al otro lado de la frontera gobernaban los socialistas con apoyo del resto de la izquierda.Parece que allí los nubarrones no eran tan negros como aquí. Costa recibió el país con la amenaza de la “troika” y con ayuda exterior de 78.000 de euros. Dos años después, con el gobierno de izquierdas, los indicadores son envidiados en Europa. De la recesión se ha pasado al 2,8% anual. El indice de desempleo, que en 2.013 era de 16,2%, el pasado julio ha sido 9,1%, lo que significa ponerse debajo de la media europea(9,3%). También el déficit de un 4,4% en 2.015 ha pasado al 2%. Las mejoras son tan concluyentes que las autoridades de Bruselas las ha tenido que reconocer sin ambages.

El pacto con las formaciones de izquierda (Bloque de Izquierda, Partido Comunistas y Los Verdes) no fue fácil, pues algunos socios europeos mostaban sus dudas. Pero no sólo en el exterior, también la derecha saliente calificaba el proyecto como “jerigonza” o algo que no sirve. La habilidad de Costa,ya demostrada como alcalde de Lisboa, se ha hecho notar frente a las exigencias externas y domeñando las anteriores medidas austericidas. La salida de la situación se ha hecho de la manera más democrática: el parlamento ha tenido un protagonismo mayor a la hora de configurar las principales leyes y en su seguimiento. Se puede comparar con lo ocurrido en nuestro Congreso, donde la reprobación de parte del gobierno por acutaciones demostradamente indignas o se desmontaron o no tuvieron las consecuencias normales en un parlamento. Probablemente, en el constraste entre una y otra realidad, está la causa censora a esta realidad tan cercana.

Pero no son sólo los acontecimientos recientes los que nos conviene tener en cuenta. La historia ofrece capítulos que nos pueden ilustrar sobre cómo se fue configurando la realidad de lo que hoy es-y ojalá siga siendo-lel mapa peninsular. En la edad media, tras el ocaso del esplendor social y cultural de Al Andalus (expandido por casi toda la península), ésta entró en una dinámica de pequeños reinos enfrentados entre sí. Por razones religiosas o de simple poder o conveniencia, se fueron haciendo más grandes y menos numerosos. En el siglo XV se alcanza, con el pacto de Isabel y Fernando el mpa actual de “las Españas” en la península, que otra cosa eran las posesiones en Europa y América. Será el nieto de los reyes católicos, el emperador Carlos, quien por su matrimonio añadiría Portugal, logrando la unidad peninsular. En el reinado de Felipe II acaba la unión. Desde entonces ambos países ha vivido separados por cuestiones políticas, aunque no hayan faltado voces a uno y otro lado, y en la misma frontera pidiendo la unidad. Ésta, por enfrentamientos en guerras-con freuencia de religión, no fue posible. España con frecuencia se enfrentaba con Inglaterra, que ofrecía alianza a Portugal. Este país afrontó así las tentaciones anexionistas de España.

El fin de tal separación, que apenas se nota hoy en algunos municipios frontrizos, ha tenido también sus partidarios. Ha habido intelectuales como Saramago, quien demostró su afinidad ibérica viviendo en España. Reseñable fue en el siglo XIX la de Pi y Margall, precisamente catalán no separatista como Borrell. Ambos, partidarios de no aumentar fronteras, han tratado de introducir racionalidad en ambientes con excesiva e incitada emotividad. Tal vez sirvan esos ejemplos, para apelar al encuentro solidario y prudente de toda la ciudadanía al estilo de Antonio Costa. Sin duda nos iría mejor que atizando cualquier nacionalismo huero y/o agresivo, o condicionando los lógicos cambios de gobierno cuando las urnas lo sugieren.