Hoy he vuelto al centro de mayores donde suelo, para visitar al familiar a quien ayudo para que sus últimos días transcurran con el mínimo calor humano que siempre apreció. Todo el lugar en conjunto me ha parecido con un deterioro bastante mayor al esperable en las veinte y cuatro horas transcurridas desde ayer. Algo había en el ambiente que me avisaba de que el monótono ritmo de envejecimiento se podía palpar por momentos.

A la entrada, las dos personas, encargadas ese domingo de recepción, trataban de atender a una familia con agrado sobre un problema de días anteriores. Tras tomar nota del asunto para que se pudiera solucionar el lunes y facilitar la oportuna reclamación, por si la entendían pertinente, la cuestión no avanzaba y restaba fluidez al servicio.

Cuando se me franqueó la entrada, en la subida de escalera y- más- al acceder a la sala donde mi familiar pasaba el tiempo sin más ilusión con quienes comparte planta, percibí esa fatua bajada. Tras los besos de saludo, nos desplazamos a su habitación con su frecuente somnolencia que escasamente rompe el sonido monocorde de la afeitadora. Es menor la muestra de agrado con que recibe ahora el oloroso masaje. Salimos y se sumerge de nuevo en su modorra.

En la abierta habitación de enfrente, deseo un buen día a Juan Antonio. Él, mirando la silla de ruedas motorizada apartada en un rincón, apenas responde con un lacónico saludo. Intuyo que que su mal y su ánimo también están de bajada. Hoy no se veía con arrestos para sonreír, como en los días anteriores, al decir mi nombre insinuando su agradecimiento por esa breve y solidaria amistad para aliviar su preocupante reclusión.

Siguiendo por el pasillo nos cruzamos a Cristóbal, quien hoy parece estrenar silla de ruedas, en sustitución del andador que trabajosamente venía empujando para desplazarse. Lamentando el deterioro que el cambio implica, trato de hacer un comentario supuestamente irónico sobre su cambio de “vehículo”. Con su habitual afabilidad de gesto me responde. Cuando el hijo me ve después me comenta el buen ánimo del padre para la difícil superación una caída reciente. La verdad es que no le faltan a Cristóbal argumentos para aspirar a ello. Entre quienes lo observamos, comentamos su pundonor arrastrando de manera renqueante el andador, cuyos apoyos traseros ha ido desgastando, hasta hacerlos chillar, en las última semanas.

La estampa más lacrimógena y preocupante la enuentro junto al ascensor. Allí, Carmen, con su progresiva ceguera, llora de manera más ostensible aun. Junto a su silla de ruedas veo otra que lamentablemente ocupa José, su marido.Tras un comentario insulso por mi parte, me alejo de allí pensando en el desamparo de esta pareja. Hasta el momento esta pareja habían hecho frente a sus desventuras y limitaciones con el cariño y necesidad que las mismas le han exigido. Apenas había reparado en que ni en los descalzos piés ni en otra parte del cuerpo de José había señal alguna que explicara el movedizo asiento. Así que al poco rato, una familia de trato frecuente con el matrimonio, explicó que todo se debía a rozaduras por el calzado. Tras lamentar la descordinación, entre la familia en quien el matrimonio depositan su confianza y aquellas personas del centro, que evitara tal situación nos alegramos de que el caso, de momento fuera menos peocupante.

Mientras casi todo ocurría, mi familiar inmerso en su frecuente somnolencia apenas se enteró de todo ello. Por esta modorra y por el calor el día habíamos renunciado al conveniente y deseable paseo cuando las circunstancias lo permiten. Así tras proveerme del habitual zumo de frutas, busqué la zona más fresca de aquellas intalaciones para velar su sueño y reflexionar sobre todo ello. La zona era tan oportuna que, en las inmediaciones dormía con sonoros ronquidos otro residente más joven y de vida anterior menos sufrida. Cuando conseguí despertar y hacer que mi familiar bebiera con cierta satisfacción aquel vaso, acababa la hora de visita. Lo subí a su planta y me despedí de él.

Al salir, para volver a casa, no podía dejar de darle vueltas al mundo que dejaba atrás por unas horas o… por unos años. No podía olvidarme de la vida de mi familiar, entre vigilias breves y somnolencias largas, o de las sucesivas tristezas y deteriores de Juan Antonio, Cristóbal, Carmen y tantos otras personas de aquel centro. En ese momento me entristeció recordar la petición de mi amigo Juan: “Que ésto no se convierta en un triste moridero”. Tengo claro esa amenaza para mi propia vida, para la de otros familiares, la de trabajadores del centro o la de la ciudadanía en general que cierra los ojos ante el deterioro de servicios que, como éste, más pronto que tarde todos necesitaremos.