Hay cierta edad en toda persona en que, como a Jorge Manrique en “Coplas a la muerte de su padre”  reflexiona sobre la vida en general y la propia en particular. De aquel extenso poema quizá recordemos al menos. “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar al mar/ que es el morir;/ allí van los señoríos/ … /derechos a se acabar/…/ allegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ e los ricos./... “. Además del balance de méritos, dolor y legado de todo funeral, resalta el reto común de cómo llegar a “ese mar” con serena sabiduría. Difícil tarea esta a la que, imponderables aparte, cada cual trata de afrontar con la personal dignidad. Apartadas las peculiaridades del duelo del poeta por la pérdida del propio padre, quizá convenga reflexionar, aunque no se lleve en nuestros días, sobre el inevitable reto.

            Puede ocurrir hoy que, por los cambios y costumbres, no todo el mundo tenga claro cuando le llega el momento de la reflexión de Manrique. La esperanza de vida se alarga en una madurez, teñida de aspectos juveniles, hasta acabar confundiéndola con la vejez, en edades cada vez más tardías. Así que entre los avances de la medicina para retrasar los achaques de los años y los cuidados de la propia imagen, cueste más aquello de: “Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando/ como se pasa la vida / como se viene la muerte,/ tan callando;/... “. Claro está que cada tiempo trae sus alegrías y sus quebrantos. En el tiempo que nos ha tocado, a quienes frisamos los setenta, se nos entremezcla esa ilusión de madurez alargada con el drama del incierto futuro,”o río”, de quienes nos suceden.

            Según las circunstancias de cada persona y/o familia, los problemas (como la muerte) se presentan muchas veces sin avisar. Habrá ocasiones en que se podrá atenuar la polémica sobre cómo cada generación afronta los problemas que afectan a varias. Con frecuencia, y más en tiempos de crisis como la actual, tales situaciones trascienden los esfuerzos solidarios de la propia familia.  En tales circunstancias, además de las lógicas discrepancias en cualquier colectividad, podemos sentir que la alargada madurez se complica. Vuelve a sonarnos el poema de Manrique: “…cuan presto se va el plazer,/ cómo, después de acordado/ da dolor;/ como, a nuestro parecer/ cualquier tiempo pasado,/ fue mejor/…De alguna manera, esa vejez contenida aparece con las dificultades, que la merma de vigor no nos permite afrontar como solíamos. Aquí conviene retomar aquello de “../avive el seso y despierte/ contemplando/…” no sólo como  se pasa nuestra vida,  sino la mejor manera de acabarla con digna satisfacción propia y ajena.

            Se dice, y así  también lo creo yo, que la mejor obra de cada persona, aun con su cúmulo de  errores, es la propia vida. Entiendo que la mencionada satisfacción íntima deviene de la conciencia tranquila con que el río de su vida llega al mar. Ejercer, como diría Machado,  las simples, aunque insuperables  virtudes de ser “persona” y pueda escribir : …/ Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito./ A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/ el traje que me cubre la mansión que habito,/ el pan que me alimenta y el lecho donde yago./ Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté a punto de partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/casi desnudo, como los hijos de la mar”. 

            En cuanto a la satisfacción ajena,  cabría intentar además la ayuda a las necesidades y la palabra de la humanidad  en general y  próxima en particular. Tarea ambiciosa, limitada por los fallos recurrentes y las menguas de la edad. Aunque siempre se ha deseado un futuro mejor para quienes nos siguen, en nuestro caso la cosa se complica. Resulta difícil soportar sin algún remordimiento el que la actual situación de pensionista sea una especie a extinguir. Duele también  que vaya mermando cierto bienestar. Éstas y otras circunstancias las vemos a la luz de nuestra propia experiencia y con cierta nostalgia desearíamos reacciones similares a las de aquel tiempo. Cada generación tiene su propio acervo cultural, siempre mejoarble si se integran novedad y experiencia. Corresponde, creo yo, que en esta vuelta del camino, miremos el futuro con la prudencia que dan los años y la humildad de quien acepta que su tiempo se acaba. Administrar con sabiduría palabra y silencio  propios, para valorar criterios ajenos, relativizando los de cada cual, puede ser un camino acertado aunque difícil. Más si ello se acompaña con la ayuda inteligente y  posible para la pervivencia digna de mayores y jóvenes. Así, quizá, podamos insinuar al conjunto que todo el conocimiento se ha ido construyendo con verdades provisionales. Esa puede ser en esencia  la difícil armonía a perseguir para la vejez.