Iban Farruquito y él, la calle Cervantes arriba. El abuelo llevaba una bolsa y ambos se dirigían al “Marce” a hincarse un mollati y cosa rarísima: invitaba el viejete, para celebrar algo. Me extrañó verlos juntos, porque se llevan como el perro y el gato. Dijeron que venían de compras. Nemesio, que a su edad está salidísimo, venía con una cara de satisfacción como pocas veces lo he visto y llevaba una mancha de carmín rojo en la mejilla. Cuando lo ví le dije: qué pasa Nemesio… ¿un beso de alguna fan?. “Eso quisiera yo, pero es de mi Dolores, que ya sólo me besa así; con morros y lengua na, me tié amargao, porque ice que ya es la amistá lo que hemos de curtivá”. Pero a la tristeza le sucedió de inmediato una sonrisa más que enigmática, diciéndome: “Mira maestro Pajilla, me comprao unos gayumbos con el asesoramiento de tu amigo el Farruquito, que él entiende de eso. Resurta que mi Dolores, está hecha un témpano de yelo, y con los carzoncillos que me compra no la descandilo, porque me los trae tipo pololos de cuello alto, de esos que te llegan a la sobaquera, y claro, así no le escito su sesualidá. Me he puesto en manos de mi asesó de imagen, (señalando a Farru), que me ha recomendao estos gayumbos, asegurándome que cuando me vea mi parienta, se va a poner como las planchas”.

Así que en plena calle, abrió la bolsa y me enseñó algo que quedará en mi memoria hasta mis últimos dias. “Mira lo que me comprao”. Sacó dos gayumbitos, tipo boxer, con huevera y se los colocó sobrepuestos, uno amarillo con un dibujo en rojo de Piolín, y otro naranja con un grabado del Pato Lucas. Le señalaba cachondamente los calzoncillos, diciéndole que si toda esa coreografía necesitaba para que su Dolores se fijara en él. ¡Pero Nemesio, le dije: la sexualidad no está en “eso de ahí abajo”, está en la cabeza y en la imaginación!. Pasaba al tiempo una abuelilla más que setentona que se había hecho la remolona cerca de nosotros, quedándose con todo el cante y además, con la visión de los gayumbos. A nuestra altura soltó la buena señora: ¡tios guarros, asquerosos! Sentí una enorme vergüenza. Nemesio hizo ademán de irse para ella diciéndole: “¡señora váyase a la m…!.” Farru le tapó la boca y por eso la cosa no llegó a más, porque se hubiera liado bien gorda. La señora seguía diciendo mirando hacia atrás: ¡pervertídos! Y Nemesio, que se tiraba para ella y blasfemando como nunca lo había oido, le soltó: “¡tia petarda, frígida de mierda!”. Le dimos la vuelta y nos lo llevamos calle abajo, con una cara iracunda total. Le dijimos que no le hiciera caso; mientras a lo lejos seguíamos oyendo: ¡marranos, asquerosos!. Para calmarlo, le di un caramelo diciéndole que estaba de ‘muerte’, (yo que sabía iba a ser el broche a aquella situación). El papel del caramelo era blanco y en letras verdes ponía: “Tanatorio de Linares, teléfono …”.

Es cierto, lo juro, esos caramelos de los que cogí un día un puñado, me los llevé al instituto y cuando alguien tosía o lo veía resfriado la daba uno de ellos, que después de leer el envoltorio me los tiraban mis compañeros a la cara. Nada más verlo me graznó: ¡Dáselo a tus difuntos, so mamón!”. Al final no nos invitó a ni cerveza ni nada. La copichuela para que se calmara, la pagó muá, como siempre.

Y entre copa y copa, le dije: ¡Ay Nemesio si el camarada Lenin levantara la cabeza… Si no lo sujeta Farruquito, me la lía bien gorda.

Otro día les contaré la historia de Nemesio con los “Nabos misteriosos transgénicos”
Y es que este abuelo mamón no tiene solución.