Cuando disentimos de alguien, hemos de pensar que puede haber partes de verdad que podemos hacer nuestras, en lugar de rechazarlo. Si no, cada uno nos iremos por nuestro lado sin llegar a un entendimiento. No existe error que no contenga una parte de verdad. Negar esto es una forma ridícula de fundamentalismo. El hombre utiliza correctamente la “razón” propia de su especie enriqueciéndose, cuando incorpora a su verdad las verdades de otros. Pero esto por desgracia no es practicado en general por la gente y sobre todo por muchos medios de comunicación. El absolutismo cultural que ejercen buena parte de ellos, sólo refleja la visión de sus dueños, constituidos en “grupos” (aséptica palabra), que es impuesta a la sociedad, quedando gran parte de ésta como por encantamiento, sin capacidad de análisis y sin la posibilidad de discernir. Así la sociedad, impregnada de estos antivalores, llega a exponernos como modelos a tantos magnates de la comunicación que han hecho de los medios su “ghetto” particular, sacralizándolos al estilo Sinaí, donde Moisés recibió la Tablas de la Ley. En una sociedad democrática tradicional, los poderes constitucionales clásicos, esto es, el ejecutivo, legislativo y judicial, coexisten con lo que se ha dado en llamar poderes fácticos de siempre, consiguiendo un cierto equilibrio, donde el liberalismo o el socialismo, están a verlas venir entre la relación de estos poderes, el primero explicito, se ve; el segundo implícito, no se ve. Cuando este equilibrio se rompe, se produce la dictadura clásica. Pero hoy, esa sociedad tradicional, ha dejado paso una sociedad democrática mediática, mucho más agresiva. Los lenguajes de los medios: prensa, radio, TV, algunas cadenas de librerías, ejercen un trabajo basado más en la sensorialidad y las emociones que en un campo donde predomine el proceso reflexivo. Mandan la imagen y el sonido unidos secuencialmente, con imágenes fragmentadas, inconexas, a destellos, consiguiendo desarrollar la intuición en detrimento de la reflexión, todo ello en aras de una supuesta modernidad o post-modernidad. Basta leer los periódicos de tirada nacional, para llegar a la conclusión que la política es pura economía, que procede de la presión audiovisual, dando lugar a una situación a veces de dudoso contenido moral y ético: la sustitución de los poderes constitucionales ( Estado de Derecho) por una auténtica dictadura de mercado (Estado de Hecho); todo ello con la prensa como punta de lanza, defendiendo las posturas de sus grupos editoriales. Porque la prensa no es más que la punta de un iceberg que bajo el agua teje los más insospechados intereses económicos, a todos los niveles, amén de los apoyos tácitos a los partidos de implantación nacional, para que cuando estén en el gobierno, les dejen seguir tejiendo la tela de araña del control mediático. Hoy la democracia parlamentaria, ha dejado de ser tal, para convertirse en una democracia controlada por los medios de comunicación, en los que cada cuál arrima el ascua a su sardina. La prensa escrita y después la TV, son los instrumentos mediáticos que inciden de mayor manera en las opiniones del ciudadano medio, máxime cuando se utilizan para ello los avances tecnológicos que con fondo ideológico- economicista, sustituyen la razón-reflexión por puros lenguajes icónicos, esto es, el lenguaje de la imagen. Así generalmente, una imagen en este campo mediático, tiende antes a crear una necesidad de consumo, que una reflexión pausada sobre el producto que se nos ofrece. La gran aporía (contradicción) de la prensa, queda reflejada por Noam Chomsky (uno de los intelectuales de mayor prestigio de la sociedad norteamericana), cuando dice: “…en todo discurso mediático, se mezclan elementos positivos y negativos en virtud del mismo carácter de tales medios, por su vinculación a lo económico, lo político, lo religioso; lo cual convierte su lectura en una funambulesca aventura cotidiana en función de cómo sople el viento cada día”. Si no, veamos los pactos mediáticos, ejercidos por los pro-hombres dueños de estos “grupos”. La capacidad capitalista de los diarios de gran tirada, aumenta porque pertenecen a grupos mediáticos que lo controlan casi todo, porque la independencia ha dejado de existir para desembocar en algo mucho más oscuro: la dependencia del dinero. La ciudadanía ha de ir siendo madura y cauta, para que no se nos metan tantos goles por la escuadra por gentes que sólo buscan su paraíso económico y de poder. Hemos de aprender a discernir.