La palabra hoy, en un mundo en que nos movemos por impulsos de imagen y mediatizados por ésta, es el valor más grande que puede tener un ser humano. Pero para ello, la palabra ha de ser reconducida hasta y desde el corazón, hasta la conciencia y desde la conciencia, para allí ser procesada razonable y emotivamente y ser devuelta a los demás, ya purificada. Además, es la palabra de tanto valor que puede realizar con la tranquilidad de un eremita la más bella oración que pueda salir de la boca de una mujer, de un hombre, en una luminosa mañana, en un cálido atardecer. Pero tan poco hemos avanzado en lo personal, que la palabra que muchas veces damos, hemos de fijarla, materializarla como grabada a fuego en un papel, por si acaso. Recuerdo cuando mi padre me decía cómo se hacían los tratos antaño; una vez llegado a un acuerdo, las dos personas se daban la mano en señal de plena fiabilidad del uno en el otro. “Lo ha dicho un hombre”. A lo que el otro respondía: “lo ha dicho otro hombre” (entiéndase la particularización). Cuán lejos estamos de aquel tiempo en que los avances de la sociedad en todos los sentidos fuesen los que fuesen, aquellas gentes daban a la palabra el valor de juramento que otorgaba a los tratantes plena fiabilidad.

No se que haría si me obligasen a golpe de Ley a no utilizar este lenguaje que muchas veces traducido en palabra también escrita, es quizá lo más grande que tiene el ser humano y para muchos, uno de los grandes motivos de existir.
Jamás podrá salir del corazón de un ser humano algo más bello que la palabra. Una palabra de aliento, de apoyo, de amor y por qué no de desamor, cuando estamos hechos trizas por dentro, para decir que nos duele el alma. Pero el uso de la palabra puede convertirse o pasar de algo bello, sublime, a algo horrendo, desesperanzador, hiriente. Entonces ya no existe la palabra que sale de nuestro corazón, porque lo que sale es el odio, hemos quedado ciegos por la ira que roe nuestras entrañas, convirtiéndolas en inmundicia humana. Haciendo una similitud entre palabra y lenguaje, me atrevería a decir, que el lenguaje es la palabra que nace en el corazón emotivo del hombre, de la mujer, para comunicarse afectivamente con los demás. No entiendo a aquellos que hacen de la palabra, del lenguaje, un elemento diferenciador, separatista, exclusivista. Viene a mi memoria aquello que así rezaba: “De las lenguas del mundo, el Inglés es para la ciencia, el Francés para el amor y el Español para hablar con el hermano, la hermana. Sin llegar a tanto, sobre todo en esto último, si que he llegado a hablar conmigo mismo en mi lengua, el Español, y me he sentido muy a gusto. Por ello, no entiendo, que sintiéndome español por los cuatro costados, si viviese en Cataluña, se me prohibiese hablar en Español, como viene ocurriendo en los últimos tiempos. O si me fuese a presentar a unas oposiciones allá, sin el catalán no habría tu tía. En fin, ellos verán, pero a buen seguro ese no es el camino, porque el ser humano tiene una proyección universal, y estas prohibiciones en Cataluña, conculcan los derechos humanos más elementales.

Siendo andaluz, me siento por encima de todo español, con la tristeza de que no exista un lenguaje universal que nos haga en el mismo idioma sentir lo mismo. Y siendo y sintiéndome andaluz, tengo el orgullo de pensar y decir, que desde nuestra cultura de brazos abiertos a los ventanales del mundo, hemos dado nuestro amor y nuestra palabra al resto de España, al mundo entero, porque somos seres que compartimos con todos nuestros sentimientos, nuestros pesares y nuestro amor, y nos sentimos felices de ello. Aunque claramente, de los lenguajes universales, es el amor el más fuerte de todos y necesitamos imperiosamente también expresarlo con la palabra.