Una de las reflexiones más recurrentes, al iniciarse el mes de mayo, vienen relacionadas con el trabajo o el sueño del pleno empleo. Como tantas otras explicaciones, que hemos dejado de trasmitirnos de generación en generación, quedó en el olvido la de los mártires de Chicago. Así, ni memoria va quedando de lo que era la vida de la clase trabajadora hace casi siglo y medio. En aquel tiempo se aspiraba a dejar en ocho horas la interminable jornada diaria de trabajo. Perdidas referencias como esas, logran confundir al personal con la “falacia del emprendimiento” entre otras. Así titula Sebastián su último escrito en su continuada defensa de la persona que o muere en el trabajo o tratando de sobrevivir lejos de la violencia o miseria de la tierra que le vio nacer.
Siguiendo las tribulaciones del amigo, reúno en mi magín “pleno empleo”, emprendimiento, jornada laboral y -una nueva- turismo, en ese baile confuso, en que también se mueven las falacias. Empecemos por el señuelo del pleno empleo en un mundo capitalista, en que con el desarrollo tecnológico actual un tercio de la población puede producir lo esencial de las necesidades humanas. Cualquiera, que se pare a pensarlo, sabe que vivimos en un planeta acosado que no puede atender el sueño desquiciado de un continuo crecimiento jaleado por necesidades superfluas. Sabemos también ,aunque nos da pereza pensarlo, que el trabajo es un bien escaso que, como los bienes de sustento, habrá que repartir para la supervivencia de la humanidad. Si tenemos claro lo anterior ¿tiene sentido ese emprendimiento (e incluso el autoempleo) que trata de crear puestos de trabajo, sea el que sea, sin más consideraciones humanas? Alguien sigue pensando que con que se mueva el dinero, ésto se puede resolver ignorando que hoy se abren tres empresas y se cierran cuatro. Por mucho que se empeñe la lógica capitalista, la competencia mercantil acaba con frecuencia con el rescate público, como en el caso de los bancos. Así que menos corrupción, explotación y engaño. En su lugar, más información para la planificación para un futuro social y económico menos fallido.
Además del emprendimiento, en nuestra ciudad como en el resto de España, otra aparente solución cuasi mágica es el turismo. Y no digo que no, que el turismo como otras vías pueden ser alivio para crear empleo digno que tanto se necesita en nuestra ciudad. Sin embargo, conviene que no se nos figuren los dedos huéspedes , pues para desengaños ya llevamos unos cuantos. Está claro que el turismo o viaje de la gente de allá para aquí y al revés ha beneficiado la concordia mundial, la cultura y la economía de distintos países. Cuidemos de que las necesidades económicas no solapen los otros aspectos. Puede ocurrir, y de hecho está ocurriendo,que con la afluencia del gentío forastero el beneficio alcance casi en exclusiva al bolsillo de unos pocos. Parece que en Sevilla, con la bulla de semana santa se han subido los precios de hostelería (y algunos relacionados) en un diez por ciento. El balance de los últimos años se ha dejado sentir poco en las subidas y contrataciones oficiales de quienes atienden con su trabajo a tanto visitante. Estaría bien que no volvieran jornadas laborales del siglo XIX y que reaparecieran más contratos fijos a tiempo completo o temporal.
Puede ser que con la picaresca, sacando las cosas de quicio, acabemos entre todos con la turística gallina de los huevos de oro y con la propia cultura. Y es que, no sólo determinadas empresas al olor de la pela, olviden la concordia y otros valores para con las gentes que llegan y para con quienes las reciben. Hay autoridades que exhortan a la ciudadanía de la tierra para que ofrezcan buena imagen al visitante, sin reparar- llegado el caso- en remodelar o inventar nuevas tradiciones que intuyen puedan gustar. Por ese camino se puede caer en el papanatismo de sacrificar el propio criterio y el verdadero sentir local. Además del turismo, conviene mostrar a la ciudadanía en su conjunto para el disfrute compartido el patrimonio cultural, heredado o presente, monumental o de sabia convivencia. Logrado ese objetivo, superando el brillo de la propaganda de rutinas al uso, quizás consigamos amar con criterio el mejorable patrimonio actual que hemos de legar. Así tal vez, logremos quienes aquí vivimos, porque sea realidad, el prestigio de una comunidad social, culturalmente deseable para gozarla visitándola para quedarse. No será fácil, pero sí más útil.
Así, tal vez ahondando en el verdadero concepto de cultura, en cuanto convivencia crítica y creativa que auna pasado y futuro, podamos remontar cierto desánimo por ciertos errores. Eso se verá en tanto en que manifestemos nuestra disposición a compartir la vida en común, con el aire cosmopolita de otros tiempos, y la mirada que viene al caso: limpia, sincera y solidaria.










