La vuelvo a ver casi con la misma frecuencia de hace un par de años. Una mujer joven empujaba su silla de ruedas a la vez que las hijas de unos tres y cinco años trataban de alegrar cada lado. Ese primer día me costó reconocerla. Había dejado el andador, en el que con coraje colgaba engañando los dolores crecientes de rodillas y caderas. Sólo al cruzarnos pude distinguir su cabeza, ahora más erguida, y su característico peinado de permanente. En la proximidad, reapareció el brillo de su inteligente mirada que reeditó la complicidad de tantos encuentros agradables. A mis besos, siguieron sus agradecidas palabras. Con su precisión sobria comentó su declive, el de mi familiar y me presentó su alegre compañía. La amable joven, al percibir el entusiamo de Soledad por el encuentro, llevó las niñas al columpio. Disimulando una lágrima, mostró el contento que esta sobrina y las niñas había sido para ella en su retorno.

Sin perderalas de vista, comentó lo que había sido del grupo de personas que fomaban un entrañable grupo de tertulia tras el mismo ventanal. Recordamos las gran memoria de Andrés para relacionar parentescos y amistades, así como sus buenos oficios para aplacar alguna salida de tono de quien tenía un mal día. El caramelillo del siempre sonriente Antonio Molina o la anécdota algo exagerada de Ángel el sevillano, y la conformidad siempre agradable de Quiteria. Cambió algo sus semblante al referir la desaparición de su hermano y, con él, el grueso de las visitas familiares en las que venía ejerciendo su sabio y discreto matriarcado colectivo. Tras un expresivo silencio, siguió contando el deterioro que la acabó recluyendo en la silla de ruedas y en su tercera planta, que apenas abandonaba, ya con ayuda ajena, para bajar al comedor colectivo. Calla otra vez y su mirada recorre el mencionado rincón y las sillas, desiertas ya, de las personas de la extinguida tertulia. Nuestras miradas vagan hacia el aledaño patio florido interior. Llegamos al acuerdo mudo de acercarnos hacia él, cuando sopesa prescindir por unos minutos del alegre juego de las niñas.

Traspasada la cristalera, empujo su silla entre las macetas que abren sus flores de abril. Allí Soledad, sin perderse la evolución del infantil columpio, mira el velador en que muchas mañanas establecía su costura. Los dos miramos el lugar que nos devuelve alguna conversación recordada. Me mira y, señalando sus ahora más nudosas y lentas manos, refiere los estragos de la artrosis que apenas le permiten sencillos remiendos. Claro que ya lejos de este patio y sin lo que todo aquello significaba de ambiente y compañía, comenta en un tono que quiere ocultar la nostalgia. Para vencer el momentáneo desánimo, reaparece su temple equilibrado refiriendo lo que sigue haciendo en su planta. Indago en esa luz para ver cómo es ese retiro. Explica que allí mantiene sus ratos de costura ajena sugiriendo más con la palabras lo que sus anquilosadas manos ya no pueden. Es un rincón soleado de la galería el que ahora sustituye a este patio para los, entonces más frecuentes, encuentros de costura. A regañadientes explica el tropiezo que tuvo con una persona a cuenta de la ayuda para bajar al patio en silla. Para superar el berrinche de quienes aceptaban con agrado dicho traslado-añade tras el propio-, que ella misma medió para el nuevo lugar de costura. Sendos gestos confirman en nuestros rostros el desaliento que este deterioro , por humano, más preocupante.

El regreso de la joven familia aparta la tribulación que nos unía. Animado por un comentario de la joven madre y el agrado de las niñas, propongo visitar una sala cercana. En ella dominan los cuadros de pintura y labores bordadas en las paredes. Me quedo atrás oyendo ensalzarle a Soledad su habilidad con el punto de cruz que contagiaba en la familia y vecindario. A eso siguieron los entrañables comentarios con sus hijas sobre la meritoria labor, también en ésto, de la tita Soledad. La conversación sigue por los familiares derroteros. Hoy me rebelo ante la paradoja, a la vez dicreta y cruel, que envuelve a la persona, a la vida y al mismo nombre de Soledad. Llamándose así, ha discurrido la venerable trayectoria de esta dignísima anciana, que sin haber sido ni madre ni abuela, ha mirado siempre a los ojos con bondadosa inteligencia. Frente a esa atención limpia, templada en el desacuerdo o contenida en la alegría, se alza la imagen frecuentísima de quienes en cercanía se ignoran atendiendo la frivolidad que llega por el móvil. Mi mente vaga juguetona para plantearme con sarcasmo dónde está el calor humano que alienta esa “nueva compañía”. Vuelven a contraponerse escenas sucesivas en que el temple atento de Soledad, y de quienes como ella tratan de acercarse mirando a los ojos, elimina tanta “embestida irreflexiva”. Si desaparece, como tal, el humanismo que encarna Soledad, el desánimo personal y colectivo se irá extinguiendo. Para recuparar la propia tranquilidad de conciencia primero, y con ella la serenidad de diálogo imprescindible para restablecer la armonía con cuanto nos rodean. Entonces, tal vez como el poeta, podamos decirnos: a mis soledades voy, de mis soledades vengo.