¿Brecha? Esa palabra-comodín se ha hecho tan popular, que además de seguir sirviendo para expresar un gran roto en una cabeza o muralla, se usa para descosidos varios. Perdonen la arbitrariedad semántica. Para mí la primera acepción es la terrible rotura de la frente de un amigo de la infancia. Quizá, exagerando tal recuerdo, se me ha ocurrido tildar de descalabro general a tantas y tan grandes separaciones o dispersiones como personal o socialmente venimos sufriendo. Con la palabreja se designa la separaciòn grande y creciente entre ricos y pobres, consecuencia del aumento del capital a costa de las del trabajo. Podríamos seguir descubriendo más “brechas” entre mentalidades y otros indicadores que perciben o describen en la presente crisis-estafa. No conviene una enumeración completa del “brecherío”, para centrarnos en las que vienen causando principales daños. Veamos.

“Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” cantaban hace más de un siglo en una zarzuela, cuando ni se sospechaba el poder del móvil que apenas deja de su mano el gentío. Desde muy antiguo, las generaciones discrepaban sobre las bondades de los propios usos. Distinguir entre los beneficios del cambio y la conveniente permanencia de lo esencial llega a ser reto “eterno” en cada momento. Pese a ello, tal vez sea urgente considerarlo con mayor detalle y perspectiva en este presente. Aquella “barbaridad de adelantos” de entonces hoy nos parece de risa. Y es que la tecnología (ciencia añadida a la técnica) ha generdo artefactos, como el citado smarphone, que han cambiado la vida personal , cultural,… -y especialmente- familiar de modo más relevante.

Creo que es en el ámbito familiar, aunque también varíe “por barrios”, donde la brecha intergeneracional se percibe con mayor claridad. Para reparar en el análisis, propongo el escenario de tres generaciones: el de quienes nacieron en torno al cincuenta, el surgido entrados los setenta y el del nuevo milenio. En los tres escenarios han ido cambiando los valores o cultura transmitidos, la economía y los usos y costumbres de comunicación y vida. Esto es, lo que despachamos con el término de mentalidad más o menos colectiva. Al inicio del primer escenario, apenas la radio relegaba la charla familiar durante las comidas. En el siguiente se fue generalizando la tele que empezaba a sutituir la experiencia directa las maneras de contar o inventar la realidad del conjunto de cadenas, que en lo esencial acaban siendo iguales. Con el nuevo siglo la era digital, los ordenadores y los“srmaphone” han venido haciendo sombra a las varias teles por hogar. Así la familia se informa, se entretiene o aburre más, sobrevive como puede, en general más separada. Y es que a la vez, el trabajo, la ciudad dominada por el coche, y la vida extrafamiliar han cambiando a cada componente. Lo expresa ese argentinismo de “mis viejos” para marcar la distinta manera de pensar que se ha creado de tan poco “platicar en conjunto” porque hablar escuchando se lleva cada vez menos. Así desgraciadamente se pierde la memoria colectiva porque no se pone en común los valores de cada generación. Se desprecia la experiencia a la vez que se renuncia a integrar lo nuevo . Y así, abducido por las engañosas apariencias, el conjunto impulsado por juventud y niñez repiten viejos errores que por obvios la gente adulta no cuidó. La brecha generacional se presenta de manera dramática entre pensionistas a extinguir que ayudan y sufren como pueden el desánimo fatal de su descendencia. Entre la solidaridad, más el miedo y el silencio, apenas se abre camino el diálogo para razonar cómo se ha llegado a ésto.

De la misma manera apenas se habló mientras se iba agigantando la brecha salarial. Son casi historia aquello de los “mileuristas” que en su momento era casi un insulto y ahora sería un sueño para quienes se quedan muy por debajo. Se había ido perdiendo la conciencia de clase y los sindicatos afiliación y coraje para denunciar que las deslocalizaciones de empresas nos venía acercando a la globalización esclavista del precariado.

Embaucada por la pulsión de la imagen que incita a minusvalorar a la mujer como persona, la brecha entre sexos, más bien se agranda. Tanto en lo salarial como el escaso y cegato recnocimiento de lo femenino y en la arradicación de las violencias, se mantiene capital como problema humano. Otro tanto habría que decir de las discriminaciones que por nacionalismos xenófobos y racistas,como por integrismos religiosos propician tanta segregación y drama humanos. En el fondo, todas brechas nacidas del poderío económico que ciega el diálogo también en familia.