Oscuridad en East River…
La silueta expandía
su tristeza,
condensada en el nogal
transparente
de nitrógeno endurecido,
donde flotaba, entre acrobacias,
aquel cuerpo
lívido y diminuto de ángel,
huérfano
de alas quiméricas…
Entre cartones,
no halló quina salvífica,
capaz de bajar la fiebre,
que recorría el sinfín de cables estriados,
que eran sus capilares fibrosos…
y los del puente…
Yació inerme
al abrigo del viaducto,
sudando bilis y heroína,
junto al río crispado de luna y apacible
de los cuentos.
Observaba:
“Devorados por el vientre de vasija
de un nepente
filipino,
los ratones, del faetón de Cenicienta,
no acudirán a las doce…”
Ésta,
aguardará sentada,
al pie de la escalinata,
-con dos zapatos de anglesita diáfana,
trabados
en sus pies-;
mientras el príncipe de sus sueños
baila un vals vienés
con un apuesto fámulo de Manhattan…
Se eterniza la oscuridad bajo el puente…
La luna
se ha desleído en cinc,
al besar los tejados de Brooklyn…









