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El tiro de gracia

Con el frigorífico roto decidí mantener con vida al animal. La bala le había atravesado la pantorrilla de la pata trasera izquierda; una herida limpia, certera, la mínima para conducirle al suelo. Corté a mitad de muslo, lo que imaginé que sería capaz de comer en dos, tres días. Luego suturé concienzudamente el tajo para frenar la hemorragia, le metí en la boca tres o cuatro analgésicos, fileteé la carne y puse parte sobre las ascuas.

Al cabo de algunas horas, el bicho ya trataba de incorporarse. Le dije que se estuviera quieto, mientras le acariciaba el lomo y masticaba parte de su cuerpo. Me hizo caso; alzó diez o quince centímetros la cabeza, para chocar su hocico contra mi mano, emitió un leve gemido y devolvió la cabeza a su sitio, junto a mis pies.

A los dos o tres días, el bicho se movía sin atisbo de queja. La raja no supuraba. Caminaba despacio, torpe, igual que un bebé o un recién resucitado. Me atreví a abrirle la puerta. Salió a la explanada. Durante un buen rato, comió mansamente matas que encontró en los alrededores. Se alejó cien o ciento cincuenta metros, hasta dónde se levanta la primera hilera de pinos, el inicio del bosque. Regresó solo, hasta dentro, y se echó junto a mis pies.

Esa noche me quedé con hambre. Agarré el cuchillo y le corté el resto del muslo. Apenas opuso resistencia. Lo más que hizo fue levantar nuevamente la cabeza y golpear el suelo con ella, en varias ocasiones. Luego, cuando volví a coserlo y le dije que se quedase tranquilo, mientras troceaba la carne, el animal se arrastró un par de metros, hasta situarse a la vera del fuego, junto a mis pies.

Tanta mansedumbre me indujo a pensar que el bicho no debía saber que yo era su francotirador. E incluso que advertía en mis intervenciones con el cuchillo un modo de procurarle cuidados. Parecía agradecido, haciendo tropezar cada tanto su hocico con alguna de mis manos; y confiado, permaneciendo ahí, junto a mis pies, pese a haber contado con la oportunidad de huir, adentrándose en el frondoso bosque. No le quise dar más vueltas. De alguna manera, él salía beneficiado, al no percibir el cautiverio; y yo también, librándome de su bramido continuo, y del deber de atarlo, y del esfuerzo por corregir su pujanza en redimir cada una de mis incisiones en su cuerpo.

Comenzó a nevar y la avería del frigorífico se colocó en un segundo plano. Por eso, cuando a la mañana siguiente tuve al bicho ahí, a cien o ciento cincuenta metros, delante de la primera hilera de pinos, con la cabeza gacha, comiendo mansamente, le encañoné con la intención de terminar con su vida.

Pero algo pasó. Algo que logró adentrarse en mi conciencia o en mi subconsciente y que me llevó a desviar el punto de mira. Dejé de apuntar a su cabeza, incliné tres o cuatro centímetros el cañón del arma, me moví una chispa hacia la izquierda y apreté el gatillo convencido de que el proyectil atravesaría limpiamente su pantorrilla trasera derecha.

Así fue. La dirección de la bala consumó mi objetivo. El bicho cayó al suelo. Emitió un gran alarido. Se volteó para mirarme. Y ahí me tenía, a cien o ciento cincuenta metros, con el arma ya en descanso, pegada a mi pierna. Luego de unos segundos, en los que puede que el animal escrutara en mis ojos el hallazgo de mi inocencia, vino reptando a mis pies.

Con su pata derecha trasera actué del mismo modo que con la izquierda: primero hasta la mitad del muslo, y pasados dos, tres días, la otra mitad. Las delanteras, debido a la poca carne que contienen, las tuve que extirpar bien arriba; y apenas me valieron para paliar el apetito de un día, cada una. Cuando acabé con la segunda de esas dos y me regresó el hambre, decidí que tras tantos días a mi lado, a mis pies, haciendo chocar su hocico contra mis manos, el animal merecía el indulto. Entonces me asomé a la puerta, con el rifle en ristre, todavía tranquilo, sin ansia, muy lejos del desmayo; y aguardé a que otro bicho se pusiera a tiro.

Dos horas tardó. Y ahí estaba: plácido, distraído, pastando a cien o ciento cincuenta metros, frente a la primera hilera de pinos, esbelto, bien formado, casi un “medalla de oro”. Entonces me incorporé, apunté a su cabeza y, sin pensarlo, apreté el gatillo.
Ni siquiera le dio tiempo a emitir el más mínimo bramido. Eso lo hizo el otro, el mutilado, junto a mis pies, mientras reptaba despavorido, tratando de alejarse… Quizás alcanzó el bosque frondoso. Quizás… No puedo estar seguro. Porque pasó algo; algo que consiguió adentrarse en mi conciencia o en mi subconsciente, abrirme bien los ojos, mostrarme mi monstruosidad. Luego, separé todo cuanto me fue posible los dientes, me introduje los dos cañones de la escopeta en la boca y me di un tiro de gracia.

Andrés Ortiz Tafur (Linares, 1972) es músico y colaborador en páginas de opinión de prensa escrita. Ha publicado dos libros de relatos: Caminos que conducen a esto (El desván de la memoria, 2013); y Yo soy la locura (Huerga & Fierro, 2015), con el que obtuvo el XXIV Premio Anual de Escritores Noveles. Algunos de sus cuentos aparecen en diferentes antologías, como El alma ardiendo (Entrelibros, 2012), Generación Subway (Playa de Ákaba, 2014) y Nocturnario (Editorial Nazarí, 2016). El próximo mes de octubre publica Tipos duros, su tercera colección de relatos, con la editorial sevillana La Isla de Siltolá

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