Al fin pude ver la película de Fernando Trueba estrenada el último trimestre del año pasado con cierta polémica. Por diversas circunstancias, pude disfrutar de la obra casi en la última semana de su exhición en una sala poco concurrida. Por fin pude formarme mi propia opinión, teniendo en cuenta lo que he poco que he aprendido a lo largo de mi larga afición al cine. Pasadas unas semanas, retomo, con el sosiego que supongo de rigor al emitirse una valoración crítica, la película y los pronunciamientos que la acompañaban. Esto es, lo que vi en la pantalla con la historia que contaba, así como los contextos culturales de los distintos tiempos de la trama y el de quienes asistimos al estreno. Ni los variados y más o menos ponderados pareceres de la crítica, ni los exabruptos habían mermado, pese al retraso, mi decisión de verla. Tengo muy claro la brillante filmografía del director o el prestigioso elenco que la encarnaba a los pincipales personajes. Ya digo que sobre cine tengo más afición que conocimiento. Algunas lecturas sobre señalados directores de este país o del extranjero, la curiosidad leyendo los créditos, y alguna tertulia con mi prójimo, me permiten un mínimo criterio. Me apasiona más en cuanto medio para contar el pasado y el presente.

En ese sentido resulta interesante lo ocurrido dentro y fuera de esta película, tanto en el ámbito estrictamente cinematogáfico o cultural y más allá del mismo. No es noticia, si no todo lo contrario, que hay tertulianos muy bien pagados y con audiencia que un día si y otro también defienden el españoleo tradicional beato y taurino.En ese sentido elevaron al rango de noticia la declaraciones del torero Rivera Paquirri descalificando a Fernando Trueba por no devolver las subvenciones públicas recibidas para la película que nos ocupa. Reprochaba así el matador que el cineasta no compartiera su fervor españolista y cañí. No tengo muy claro si el prudente diestro mide con el mismo rasero el patriotismo ajeno con el suyo, como cuando toreó con su bebé en un brazo. Y es que abunda el españolismo casposo que desprecia el patriotismo austero de la entrega discreta de inteligencia y esfuerzo para expresarse y crear cultura y luz. Volvamos a esta historia de cine.

La reina de España es un relato de cine dentro del cine. Aunque parte de la crítica ha tratado de restarle mérito, al tildarla de continuación de su obra La niña de mis ojos, yo creo que la semejanza no pasa de tratar del cine y tener al franquismo como referente político. Está claro que cuenta la vida de profesionales del cine contratados para filmar una película sobre Isabel de Castilla en España y con apoyo del régimen. En el rodaje aparece la distinta peripecia de como cada uno o una sobrevivió a la guerra: con la cárcel, el exilio exterior o interior. Es verdad que hay un cine joven que viene haciendo un buen cine con reconocimiento exterior, pese al escaso apoyo a la industria cultural en nuestro país. Sin embargo, y tal vez por ello, viene bien que se ponga el foco en la vida de unos profesionales que, pese a una importante trayectoria, en gran parte sufren la crisis como buena parte del personal.

En cuanto que película histórica, el relato nos hace viajar a dos momentos del pasado. Uno durante la dictadura franquista bien acabada ya la II Guerra Mundial. Entonces el régimen pretende presentar una cara más abierta hacia el exterior aceptando las imposiciones de la coproducción. Entre otras la participación de una famosa actriz republicana exiliada, Penélope Cruz. Pese a esas concesiones, la narración permite recuparar parte del escamoteado pasado franquista con presidios, miedos y sufrimiento. Además del relato que afecta a quienes intervienen en el rodaje, surge también con fuerza, aunque con pocas escenas, la polémica sobre la propia reina católica a cargo de la citada actriz republicana. Dicha polémica, que está implícita el el título de la cinta, parece que no ha dejado de trascender en las declaraciones antes citadas sobre las que había hacho antes Trueba. E Creo importante la visión que sobre Isabel la Católica se da en la película. Recordemos que hace unos años se dedicó una costosa serie televisiva bastante favorecedora de la misma reina y de la monarquía. Podemos entender aquí muy pertinente la conveniencia de remarcar aquí la tenebrosa inquisición y el integrismo religioso de aquella época. Por otro lado, no deja de ser importante, colaborar para una visión histórica más compensada ante todos los excesos religiosos.Entiendo que la cultura actual mantiene una actitud muy complaciente con los poderes. Por eso creo que debemos ensalzar la valentía de Trueba como intelectual comprometido con su obra y con su tiempo. De la misma manera lamentaré que Rivera y sus voceros no aplaudan el civismo que tal entraña.