“El abuso a tres profesoras incendia la Universidad de Sevilla” reza una publicación digital que detalla el escándalo conocido con la sentencia del pasado diez de que apenas informan tele, radio y prensa. “No es un caso aislado” sigue el titular para relatar las consecuencias de la condena del catedrático y exdecano Santiago Romero. Aunque ha dimitido el decano de Pablo con la mitad de la junta que ejercía durante los hechos, parte importante del profesorado y alumnado consideran que no es suficiente. Alegan la pasividad de la Universidad en su conjunto señalada por el juez. Entienden que “la Facultad ha fallado como espacio académico del que saldrán futuros profesores porque ha permitido y silenciado una agresión sexual que no cabe en la pedagogía que defiende”. De acuerdo con la misma sentencia que indica los apoyos activos para encubrir el delito y parar la indagación administrativa de hace seis años, se pide una decisión efectiva que no alargue la  cierta impunidad. Hasta el citado día diez no hubo suspensión de empleo y la del sueldo apenas simbólica.

Hasta aquí el relato de los hechos del 19-01-17 y los precedentes del 10, inicio del episodio. Ese mismo día, en el mencionado medio aparecían hasta cinco casos más de vejación a la mujer: desde el empresario sevillano propasado con la líder andaluza de Podemos hasta una menor deficiente en Tarragona, pasando por la ofensas de magistrado gallego a la jueza del caso Pokémon. Desde que conocí lo de Sevilla no he dejado de pensar en sendas aportaciones de Falcón y de de la Cuadra. De la abogada feminista ya glosé aquí su inquietud por el escaso éxito de lo que se hace a lo largo del año para atajar la violencia contra la mujer. El periodista, cofundador de “El País”, ofrecía un atinado artículo mirando el día a día lejos de los minutos de silencio tras cada reedición del femenicidio o los actos de los días de”. A Bonifacio le he tomado el título para enfatizar lo del encubrimiento y la pérfida doble moral que alargan el machismo. Apartemos velos de aquí o de allá.

Está claro que hemos de empezar por la endogamia universitaria. Ese mal denunciado mil veces, sin embargo permanece procurando impunidad como la disfrutada por el Sr. Romero o manteniendo como rector de una universidad madrileña a un profesor presunto plagiador. La lástima es que hoy día, una parte de la universidad y de la “inteligencia en general” mantiene lazos estrechos con el poder establecido. Lo que de manera personal puede ser muy legítimo, si se traspasa cierta ética, puede resultar perjudicial para el necesario prestigio de universidad y política.

Hablando de política y de Andalucía, no han de olvidarse las relaciones que el Consejo de Gobierno de la Junta, donde se sientan dos ex-rectores, con la universidad a la vez que con los empeños por la Igualdad con su Consejería específica. Se supone que en el gabinete, que preside la Sra. Díaz, se siente comprometido y solidario con las afanes y medidas que en contra del maltrato a la mujer se promueven desde el mismo. Me surgen dudas al recordar que el Cosejero R. Arellano, quien era rector de la universidad hispalense durante el calvario de las tres profesoras, mirara para otro lado mientras se dictaban avanzados planes contra el machismo. Tampoco tengo claro que no asesorara a doña Susana cuando dictó su deseo-orden de que el Sr. Romero “se apartara y para siempre” de su cátedra. Tal cosa no ha sido así y ya veremos después. No parece que, como temíamos al principio, con declaraciones altisonantes y sin seria colegiación de valores, vayan adelante el respeto a la mujer o el prestigio de la universidad y la política. Desde ésta se rutinizan los actos y sentimientos siguiendo consignas partidarias. Recuerdo al Alcalde de Alcorcón, reconocido misógino, defendido como buen gestor por su jefa Cifuentes. No tiene nada de particular que dicho edil, como tantos otro, guarden los minutos de silencio para reirse después del disimulo.

Desde la política, la universidad, la justicia al ambiente diario, los avances, en contra del femenicidio y de otras vejaciones a la mujer, apenas se avanza. A la violencia aprendida por una tradición patriarcal se han añadido el desencuentro verdaderamente educativo y cierto desapego  y desvertebración social. Ello lleva a situaciones paradójicas como la elección de Trump en EEUU.

Hay un gran consenso sobre la creciente influencia de la cultura de la imagen en el comportamiento e ideología de personas y grupos sociales. Ese acuerdo desaparece entre algunas feministas. Mientras Ana de Miguel en “Neoliberalismo sexual” se muestra optimista por la huella social del mensaje feminista a través de los medios, otras como Yolanda Domínguez se lamentan: “¿De qué nos sirve castigar la violencia de género si la alimentamos continuamente con la publicidad?”. Por mi manía hacia la superficialidad que genera la imagen y las carencias para una educación crítica, comparto más  la última opinión. Entiendo necesario que cada cual sea capaz de reconocer y expresar sus propios valores, sentimientos e ideología. De otra manera seguiremos con el disimulo  y el encubrimiento. Desde éstos, quedaremos a un paso de todo abuso y  corrupción.

Como conclusión, vuelvo a retomar el título ampliándolo así: El machismo, porque se encubre (al igual que el racismo o el integrismo religioso) asesina e impide la simple convivencia humanista.