Las ideologías y las religiones impuestas como un dogma, o sistema de creencias o de pensamiento, lejos de hacer evolucionar al mundo entero, nos sumergen cada vez más, en el oscuro mundo del no pensar, no hacer; del sentarnos sobre nuestras riquezas y/o miserias sin lograr ver más allá de ello.

Las ideologías dominantes pretenden convencernos a través de los medios de comunicación social de que ya otros piensan por nosotros. De alguna manera nos han convertido en menores de edad, sin capacidad para pensar, castrando, cauterizando el pensamiento y en general, nos han vuelto incapaces para gestionar nuestra libertad, para proyectarnos a este mundo por nosotros mismos y por eso se necesita constantemente ir de la mano de alguien. Todo ha sido diseñado para que así sea y ocurra, e inculcarnos la idea de que estamos mejor sin complicarnos la vida, porque para eso están los que así lo han decidido. Y lo hemos creído, dejando de ser nosotros mismos para venerar a nuestros líderes, que son los que siempre saben lo que necesitamos. Por eso, incomprensiblemente hemos permitido por dejación, que graben a fuego en nuestra mente la palabra líder, ídolo, haciéndonos volver al pan y circo. En estos años se han escrito muchos libros sobre los “amos del mundo”, los poderes ocultos que gobiernan todo, sobre el poder tremendo de las redes sociales dando una falsa idea de que somos libres. Esto desgraciadamente existe, aunque no podamos delimitar las fronteras de su poder.

Pero el despotismo ilustrado, parece tener vigencia. No cabe duda de que la sociedad del bienestar es un gran logro social. Sobran los paternalismos de estado y económicos que todo lo ofrecen sin esfuerzo con tal de que tengamos los ojos cerrados. Recuerdo el famoso texto de El Quijote (Segunda parte, capítulo 58):
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas, de los beneficios y mercedes recebidas, son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”

Al mundo le urge una revolución global, pero no en los términos clásicos de ideologías, sistemas políticos, religiones, todo ello impuesto por los que se consideran élites, sino una “Revolución de nuestras Conciencias” que nos hagan ser personas auténticas.

Humanidad, una palabra infravalorada cada día más, así como las palabras Amor, Respeto, Solidaridad, Compartir, Fe en el mundo y en la vida, Esperanza. No, estos valores no están de moda.

Para mí, fe y ateísmo conviven en esta sociedad en un absoluto plano de igualdad, porque la fe es una cosa estrictamente íntima, personal y el creyente no está ni mucho menos en un plano de superioridad respecto al no creyente, así como al contrario.

Para aquellos que se dicen creyentes cristianos, porque nuestra sociedad occidental vive sólo un cristianismo sociológico, de cara a la galería, del que se obtiene la ración suficiente de moralina, me viene a la memoria una reflexión de J.A. Estrada: “Ser seguidor de Jesús es ser ateo de muchas imágenes de Jesús que existen en la sociedad y en la misma Iglesia”.

También escribió hace casi cien años Pierre Teilhard de Chardin: “No se puede ser cristiano sin ser desesperadamente humano”. Tal vez durante muchas épocas, la teología católica insistió en exceso en resaltar la divinidad de Jesús y no su humanidad. Era el “docetismo”, que proclamaba que Jesús “aparentaba” ser humano pero no lo era… y cayó por su propio peso. Pero de un modo más o menos disimulado persiste a veces mucho “docetismo disfrazado”. Porque el haber insistido sobre todo en la divinidad de Jesús y no en su humanidad, nos ha incapacitado para conocer realmente a un Jesús que no se encarnó en un dogma, en un sistema de creencias impuestas, sino en una persona, un humano, con un claro testimonio de vida.