Cuando me perturban los nubarrones que acechan a la supervivencia social y ecológica del planeta, ahora la COB22 Marrakech, siempre viene a mi mente la carta del indio. Y es que el mensaje del sabio Seatle dirigida a James Monroe, el gran jefe de Washington en 1.819, lejos de perder vigencia, crece como el canto ecológico más racional y necesario. Si, lamentablemente el pasado lunes 28 conocemos mejor el deshielo en ambos polos. Un vídeo de la NASA detalla la rápida licuación en el Ártico. En el Antártico Occidental, el Glaciar Pine Islan se agrieta y se teme que colapse inundando costas de todo el mundo. Y eso cuando aun no han desaparecido los ecos de la reciente y fracasada “Cumbre del Clima en Marrakech” recalentada con la elección de Trump nuevo jefe USA. Dicho país, pese al negacionsimo de su nuevo mandatario, es el 2º responsable del efecto invernadero (casi el 15% de emisiones mundiales): innegable desastre ambiental planetario.

Claro que para el pesimismo actual, no cuenta sólo la previsible desvinculación del mandamás yanki. De los 195 paises que en 2.015 acordaron un plan en París, bastantes encuentran ya muchas trabas para llevarlo adelante. Entre ellos destaca la España de Rajoy, quien acudió a hacerse la foto para, tras departir con el rey de Marruecos, encomendar a la ministra Tejerina que explique por qué no se ha firmado lo de París. La esponsable del “ambiente español” debía informar también del aumento del 3,5% de la contaminación nacional, y lo que se piensa hacer con las energías renovables tras la “era” Soria. No cabía esperar milagros de don Mariano, quien parece compartir la fe negacionista de su primo con Trump, vista su acrítica y calurosa felicitación. Así las cosas, a lo de los 100.000 millones anuales para atenuar la amenaza-realidad del cambio climático, se le ha dado largas. Por eso como “aquel salvaje”, es deber de todo aborigen de este acosado planeta clamar el sabio mensaje como única y difícil oportunidad de supervivencia.

Cuando los hielos que parecían eternos se derriten para invadir islas y continentes, hablar de “agua crsitalina que corría por los arrollos como la sangre de nuestros antepasados” se convierte en una provocación necesaria. Precisamos convencer “al jefe blanco que llevamos en nuestro interior” que la obsolecencia programada para cuanto tocamos está entrando también en nuestros genes. Sabemos, aunque pretendemos ignorar, que cuanto ideamos-producimos-traficamos es más y más efimero y que nos aleja fatalmente de la sabia calma interior y para con nuestro entorno. Vamos intuyendo que los verdaderos placeres (la leal relación de pareja, la amistad apoyada en la solidaria inteligencia, la supervivencia entendida como retos superables, la vida como un camino natural que ha de acabarse cual plácido atardecer, la facilidad para rendirnos ante lo imposible como meros seres contingentes,…) son más cercanos y baratos de lo que nos habíamos imaginado.

Alguien dirá que esa es una visión derrotista y hasta falsamente bucólica, que ya hemos llegado a la Luna y que no debemos coartar las metas que el progreso nos puede deparar. Se han discutido las posibilidades de futuro entre regenerar nuestro planeta y acomodar un hábitat en otro. Se entremezclan varias pulsiones humanas: la de supervivencia como especie de seres vivos, por un lado, y la de supuesta cumbre natural a la búsqueda de lo desconocido por otro. Ambas opciones se suponen que se han barajado de manera personal y coleciva a lo largo de la vida humana: unas vecs de manera excluyente y otras con solidaria complementariedad. Pensemos en aquellas tribus diezmadas y recluídas en la reserva que el jefe de Washington determinara. Ahora, pasemos a la situación de liquidación ecológica a que, según todos los informes, nos dirigimos. De ambas perspectivas hoy tenemos testimonio y memoria colectiva, esparcida más allá de aquellas reservas ,y entre las personas que promueven la inteligencia compartida. La cuestión prioritaria será en estos momentos, como casi a todo lo largo de la vida, cómo salir de esta encrucijada.

Ahora , como en 1.819, se vuelve a dilucidar sobre progreso y disitintas sabidurías. No sabemos si en aquellos tiempos James Monroe disponía de informes similares a los que la NASA puede facilitar a Trump, Rajoy y otros negacionistas del planeta. Afortunadamente tales informes, como tantos otros sobre desastres, retos y soluciones globales, se han podido difundir. La cuestión que ahora queda en manos de la humanidad es la de definirse por el progreso común y conveniente:
¿Cómo lo entendía (y lo entienden el jefe USA de entonces y de ahora con sus colegas) en función del poder y dominio? ¿O tendrán en cuenta a todas las personas (indios o no) y otros modos de vida para el común y la Tierra que escluyan reclusiones y situaciones cercanas a la aesclavitud?