En la semana de mi cumpleaños me felicito con Leonard Cohen, con esa voz que acaricia y calma interminablemente, que lo mismo reza que ama, que te lleva a lo profundo sin entender lo que dice y ni falta que hace porque este cantautor y poeta canadiense, tiene lo anglófono de su idioma pero lo francófono de su dicción, su atractivo —siempre me han gustado los franceses—, de voz baja y profunda, siempre en preliminares eternos, de elegante mirada y atisbadora sonrisa, de sombrero en el corazón.

A mi hermano le gustaba Leonard Cohen, con él le conocí hace muchos años haciéndome acercarme por la extrañeza de que le gustase la música tranquila y sosegada. Siempre lo pensé y por eso decidí conocerlo, primero por su voz y su cadencia, luego por su vida interesante, por sus amores o su concepto del amor, por su retirada a un monasterio zen durante cinco años huyendo de su propia espiritualidad para encontrarla, por su muerte sorpresiva para la que estaba preparado y se despedía amigablemente, como lo hizo meses antes de su amor-amiga Marianne con la que vivió en la isla griega de Hydra, nada más hermoso como para convertirse en algo inolvidable y en una canción: “So long, Marianne”.

Pero una de las canciones más versionada y que más nos llega es el “Hallelujah”. No sabía yo que él era su autor desde 1.984, pero me ha alegrado mucho porque me encanta. Dicen que no es una canción religiosa, aunque podría serlo, que quiere expresar la gloria y la pena de amar, y podría serlo, para mí es una alabanza y una expansión del alma, un agradecimiento bello hacia Quien nos ha creado y lo bello que vivimos por dentro y por fuera. Para mí sí tiene reminiscencias religiosas porque como buen descendiente de judíos utiliza pasajes de la Biblia sobre todo del Rey David en su visión de Bétsabé bañándose en el tejado, que con su belleza y el brillo de la luna le superaron. David era un gran poeta y sintió lo que muchos y muchas hemos sentido como prueba de que el amor siempre ha sido igual, en ese acorde, en ese sentimiento, en ese momento en el que sólo puedes decir: ¡Aleluya!

Últimamente me encontré con unas noticias sobre él y sus vivencias jóvenes con Marianne en Grecia y la casi coincidencia de sus muertes, despedidas hermosas que demostraban que no se habían olvidado. Otra cosa inmutable era su admiración por Lorca, tanta que puso ese nombre a su hija, tanta que se consideraba su alumno y Granada su ciudad. Con el último disco You want it Danker creyó cercana su muerte y terminada su obra. Un testimonio por la despedida, la pérdida, el lamento enigmático que casi presagia su marcha. Dijo: “Viajo ligero. Es un adiós”.

Nos quedan sus canciones, su voz y su atractivo, nos quedan recuerdos que se asociaron a él, nos queda su media sonrisa sugerente, nos quedan recuerdos asociados a su música. Os recomiendo visionar “Dance Me To The End of Love” donde se puede ver a un Al Pacino ciego bailando increíble, maravillosamente, en un sumo placer estético. También el título en el que se conjugan música y letra es de lo más profundo y me parece que quiere decir: “Báilame hasta el final del amor”. No entiendo casi nada de lo que dice pero me gusta.