Ver desde dentro, requiere una continua actitud de búsqueda. Renacer desde dentro, es vivir sintiendo los impulsos de nuestro interior de modo que todo cuanto hagamos, esté regido en clave de estar despiertos ante todo lo que nos es cercano y a veces también lejano.

Esto a veces resulta difícil, al vivir rodeados de absurdos, banalidades, envidias, rencores, personalismos, preocupaciones y otras cuestiones, que lo único que hacen es bloquear nuestros sentidos, impidiendo que afloren nuestros sentimientos más íntimos, para convertirnos en seres humanos en un continuo encuentro con aquello que es determinante para nuestras vidas. Vivir, ver con el corazón, es no dejarse llevar por lo que éste indiscriminadamente nos envía. Estos sentimientos hay que tamizarlos y positivarlos, para que lo que sintamos, sea procesado por nuestra conciencia, nuestra ética yasí aflore con la mayor transparencia posible, ante sí mismo y los demás.

Si desde que nos levantamos cada mañana, hiciésemos un ejercicio de “consciencia” durante sólo unos momentos de tanto bien, de tanta belleza, de tanta bondad como existe a nuestro alrededor, por muy fastidiados que estemos, comprenderíamos que la vida es un regalo que no podemos desaprovechar ni un segundo, pues no hay vuelta atrás.
No, esta vida no debe ser el valle de lágrimas en que la hemos convertido.

Renacer desde el corazón, es despertar a los ideales, a la utopía en su amplia dimensión, porque sólo despiertos podemos entrar en el camino de la autenticidad y descubrir qué lazos nos impiden ser libres. Es como la salida del sol, el amanecer, el triunfo de la luz sobre la oscuridad con la que se ve todo con absoluta claridad, porque se está despierto.

¿Qué hace falta para despertar? Sólo ver todo lo nuevo que nos ofrece la vida, entrar en la jungla de lo desconocido y buscar continuamente, deshaciéndonos de nuestros apegos, nuestras ataduras a las cosas y pensamientos que nos atenazan. Renacer, es arriesgarnos y despertar a la capacidad de navegar fuera de los esquemas preconcebidos que tenemos; pasar por encima de ellos y mirar con ojos limpios la realidad que a veces se nos escapa.

Muchas veces vivimos atrapados por unas ideologías, unas creencias religiosas excluyentes. Otra cosa sería si supiésemos integrar todas estas formas de ver la vida y quedarnos con lo que realmente nos vale de todo eso. Entonces descubrimos el sincretismo, la armonía, la concordancia y conciliación de creencias que deberíamos buscar para crecer como personas sin actitudes absolutistas.

Si no podemos pensar cuando es necesario y hacerlo por encima de nuestra ideología, somos esclavos, vivimos dormidos y atrapados por esa ideología. Es el riesgo de pensar libremente, de volar con nuestra conciencia sin ataduras, lo que nos hace caminar hacia la autenticidad.

El problema, es que tememos a nuestra libertad personal, nuestra libertad interior, porque nos da miedo enfrentarnos a nuestro yo más íntimo, sino que deseamos a alguien que nos guíe. Miedo a volar por nosotros mismos; tememos a la soledad expresamente buscada, para crecer desde ella y preferimos alguna mano que nos conduzca, que nos oriente. Nos encadenamos a nuestros esquemas y prejuicios, sobre las personas y las cosas… Es fácil acusar a los demás cuando se hace desde una posición en la que prevalece lo “legal” sobre lo moral y lo ético.

Nadie te puede liberar si tú mismo no eres consciente de la pesadez de tus cadenas.
Dice de Mello: “En la cárcel real, es el guardián quien tiene la llave; en la cárcel psicológica en la que estamos metidos, es el prisionero el que tiene esa llave para liberarse a sí mismo. Pero no se da cuenta”.
Tememos ser libres porque nos sentimos inseguros, vivimos en la sociedad del miedo.
Vivimos más preocupados por caer bien a los demás, por nuestra imagen social, que de ser nosotros mismos, auténticos, claros, asertivos, con empatía.

Qué aburrida sería nuestra vida si no tuviéramos a quién condenar y encarcelar desde nuestra propia mente, nuestros propios e inamovibles criterios.

Nuestros auténticos enemigos, los que nos hacen daño, son aquellos a quienes nosotros odiamos… porque generalmente no es la esencia de las cosas o las personas lo que amamos u odiamos, sino únicamente su aspecto exterior, la imagen que nos hemos fabricado de los demás.

Y ver, requiere una predisposición especial ante la vida, un espíritu de autocrítica y de crítica respetuosa, taimada y fundamentada, impregnadas de tolerancia y respeto. Lo que no se comparte, no deja huellas ni nostalgia.