En mi deambular frecuente, mantengo la costumbre de pasar por la calle La Virgen, pese a que las obras en la misma no me lo ponen fácil. Pronto, casi sin pensarlo, me encuentro ante la anodina esquina de una renovada finca a la que añadirán desalmado confort las mencionadas obras. Muda el escenario de nuestra vida pero el inconsciente guia nuestros pasos y el azar acaba conjugándolos con episodios determinantes de nuestro bagaje. Hoy la bola señaló a Melgarejo: la obligada parada en el lugar que albergó su inolvidable librería, la noticia del día que hablaban de González, y el común amigo que allí vino a mi encuentro. No faltó decir más: todo quedó aparcado y espontáneo surgió a dos voces el homenaje al amigo y mentor desaparecido, que no ausente, hace más de treinta años.

Librería León Felipe… sobre la bandera verde y blanca… en tablero humilde pero bien cuidado… ambientaba la calle de cultura y lucha.. Las acordes evocaciones se sucedían describiendo por fuera el que había sido nuestro punto de encuentro para el debate y aprendizaje apasionados.Los ventanales del bar que ocupa aquel lugar, hoy poco frecuentado, nos invitaron a pasar. Dentro seguimos reconstruyendo lo que añorábamos: las estanterías reventonas de cultura recién recuperada. Parecía que tomábamos con candor en nuestras manos aquellas obras, antaño tan deseadas,que por fin daban cuerpo a nuestras humildes pero crecientes bibliotecas.

De pié, algo retrepado tras el humilde pero vistoso expositor que le servía de mostrador,-imaginamos a la par- Juan Antonio sesentón nos escruta zumbón insinuando alguna novedad. Apenas con ese visaje, dirige su atención a un cliente que buscaba una obra y regresa con tres de su registro por anaqueles. El novato bibliófilo indaga tímido sobre el precio real de los tres, tratando de controlar la alegría por la escasa cuantía marcada años antes. Se sorprende más aun cuando ante el “ya me pagarás otro día” impide su intención de volver a casa por el dinero que le falta para pagar toda su compra. Nos sonreimos porque tal recuerdo, lejos de ser una anécdota aislada, era el principio de mi amistad con quien conmigo rememoraba. Recordamos nuestra insistencia para que cuidara por el previsible final de los ahorros reunidos en su tiempo de emigrante. Esa era una de sus debilidades. De sus años de emigrante, además de unos cuartos que le permitirían sobrevivir con su madre, traía el ansia de compensar la falta de cultura. Creía ése el origen tanto de la derrota del 1.939, el retraso y los exilios que aun siguen. Por eso la librería, que nunca ha sido un sector muy boyante, en su caso no llegaba a ser ni el complemento necesario para su vejez.
En la librería y en algunas juntas más, pasábamos casi sin transición de la literatura a la política, de ésta a la historia y de ésa a las experiencias personales y cuantos hitos habían constituido su vasta cultura. Pocas personas admitían que la había logrado sólo como obrero autodidacta, lector empedernido y persona inquieta. No he conocido en mi vida quien haya leído con más pasión y curiosidad “El Quijote”. Explicaba con ardor la vida de Cervantes y adelantaba teorías plausibles sobre su obra. Hablaba también con soltura de los clásicos, en los que las muchas lecturas suplian las carencias de un aprendizaje más académico.

Pareja a su inquetud intelectual iba su lucha sindical y política. Nacido en Baños de una familia socialista, su ideología era fundamentalmente anarquista. Sin embargo, la inquietud por influir de manera más perceptible en los setenta se inclinó a militar en la ideología familiar. Adivinó pronto las connivencias de González con el franquismo, declaradas hoy apoyando a Rajoy. Ambos lametábamos los reproches con que recibíamos sus explicables denuncias de entonces. Después hemos entendido su rebeldía contra la manipulación del pueblo y su claro desparpajo ejerciendo la libertad de expresión reecién recuperada. Dejaba constancia de ella en la librería y donde le dieran acogida contra la opresión. Si hoy viviera, seguiría pronunciándose en contra de la codicia, la corrupción, la cobardía, la ignorancia o el miedo. Él seguiría declarándose como el loco que clama ante quienes esconden su responsabilidad social tras alguna de esas actitudes.

En la búsqueda del progreso social y cultural, perdamos algo la perspectiva al mirar la vida y obra de personajes señeros que apenas nos dicen nada. Desaprovechamos por contra el testimonio cercano y arraigado de quienes con la sencillez generosa han contribuido a hacernos mejores a quienes por suerte hemos compartido sus días. Hoy de manera explicita y siempre, pase o no por la mencionada calle, seguirá presente en mí conciencia la ejemplar locura de Juan Antonio Melgarejo.