Voy a confesar que no me gustaban los crisantemos, nuestra civilización occidental los asocia a la muerte. Todo eso desde muy pequeña, por lo que he pasado más de cincuenta años sin querer saber nada de ellos, negándome a ponerlos en ningún lado, aunque nunca se me olvidó como eran, los reconocería en cualquier parte. Este año, llegando el día de los Santos y de los Difuntos, sabiendo ya que los que me precedieron, con los que llegué aquí, ya no están, imperceptiblemente, quizá porque ya sabía que me tocaba la avanzadilla a mí, sentí que tenía que decidir responsablemente sobre bastantes cosas relacionadas con la permanencia en este lugar acogedor y tan nuestro ya. Y decidí, porque es a mí a quien se va a preguntar y además porque estoy segura de que mis decisiones contarían con su beneplácito. Así decidí que nos quedaríamos en Linares, no veo justo que después de todo lo que nos ha dado volvamos a la tierruca para quedarnos si no nos hemos quedado antes. ¿Por qué? Porque a mi tierra la amo desde la vida. Decidí que no me gusta la incineración porque aunque nos convirtamos en polvo, sería polvo enamorado como decía Quevedo, que los conceptistas correosos también pudieron decir cosas sublimes. Lo decidí porque los quiero tener cerca y repetir mi agradecimiento y el de los míos que vinieron después. Finalmente decidí que la flor que acompañaría siempre ese nicho cuajado de apellidos cántabros sería el crisantemo. No sé por qué pero la muerte, como los crisantemos, al final es algo que te hace permanecer, quiero concentrar polvo, no quiero esparcir cenizas. En estas fechas no es que todos seamos santos, se recuerda a los que han pasado a otra vida, a por lo menos disfrutar de la paz y vivir en la presencia de Dios. Es mejor eso, cualquier otra cosa no me interesa.

La experiencia de que se destacara esta flor sin siquiera haberlo pensado, me hizo descubrir que esta flor, de la familia de las margaritas, y mira por donde las margaritas siempre me han gustado, era una flor contradictoria, en las civilizaciones orientales son las flores de la vida, en la nuestra occidental son las de la muerte. En China, Japón y estos países, son las flores símbolos de la sabiduría, de la nobleza, la honestidad, hasta de la felicidad y resulta que lo entiendo, lo veo bello, en las nuestras también pueden enriquecer unos versos de Don Juan que al final comprende la brevedad de la vida y su salvación por el amor “El amor salvó a Don Juan, al pie de la sepultura”. Por lo visto por su breve floración otoñal, el crisantemo se asoció al recuerdo de los que ya no están y tampoco me parece mal porque la vida es un tránsito con tiempos malos y tiempos de oasis placentero que hay que vivir en el presente.

Al crisantemo le llaman la flor de oro y la flor de la vida, esa es la acepción con la que me quedo. Recuerdo las películas de antaño en las que el “The End” coincidía con el beso quieto de los protagonistas, los secundarios ni contaban, como si ahí se acabara todo. Nada más lejos, ahí empezaba todo, ¡pues no queda nada por vivir! y hasta podría llegar el divorcio. Y todo seguiría.

Mis crisantemos también van a significar el comienzo de una nueva vida, de esa ilusión de poder amar hasta después de la muerte. Yo no estoy preocupada por mí, simplemente pienso en ellos, en cómo estarán, en cómo serán las estancias de la casa del Padre que ha preparado para ellos. Y pienso que ya no les puedo engañar con nada, ya saben perfectamente todo de mí… Sólo les digo: ¡Qué os voy a contar ya! Y entonces sabrán lo que necesito.

Y para que no nos vayamos mucho de la efeméride recordaré aquello de “Un punto de penitencia, es el Dios de la Clemencia, el Dios de Don Juan Tenorio”.