“Toda la vida de Dios ha habido ricos y pobres” me argumentaba un viejo amigo cuando yo trataba de explicarle las perversas circunstancias de la economía actual más allá de toda frontera. Hay una serie de palabras como neoliberalismo, economía de casino o financiarización y otras, que mi amigo rechaza como jerga que los medios y los políticos usan para llevar al huerto a la gente. Reconociendo que no le faltaba razón, se lo traté de explicar con ejemplos y palabras más sencillas. Algo avanzamos entonces, y animado por la creciente ecuanimidad lectora de por aquí, espero que pueda suceder algo parecido.
Le empezaba comentando a mi amigo el desvelo que todo el mundo reconocía a un esforzado empresario durante nuestra infancia. Él mismo rememoraba sus madrugones y el conocimiento que atesoraba de sus empleados, de la materia prima, de los procesos, así como su mimo para “su” producto final. En tal conducta, concluíamos, había bastante más que el lícito interés por progresar o ser más rico. Allí, además del amor a la cosa bien hecha, había una complicidad para la satisfacción (también económica) con sus variados colaboradores y con su clientela. Podemos decir que en ese tiempo el trabajo, la riqueza y la empresa estaba más cerca de la vida. Por supuesto que tal compenetración no dejaba de tener sus miserias y ocasiones en que las crisis entonces también la pagaban más los de abajo. Había situaciones desiguales entre patronos y empleados en que el beneficio, con frecuencia desmedido de los primeros, se obtenía de los segundos usando el paternalismo, el látigo, o la aplicación torticera de las leyes laborales.

Mi amigo empezaba a poner en duda mi visión buenista de la relación capital-trabajo. Seguí con mi discurso apelando a recuerdos comunes. ¿Podemos decir que en aquel capitalismo el trabajo y la riqueza sentían más cerca la vida? Su duda me permitió recordar, con dolor casi propio, la fatal ruina de un empresario que siguió la tradición familiar de respeto a leyes y colaboradores. El escenario de cierta ética había cambiado: la competencia desleal de quienes hacían tiras y zarapetas de la legalidad junto a la morosidad de la clientela (mayormente oficial) acabaron con la tradicional solvencia. Ni el riesgo de inyectar el propio patrimonio en la apuesta tecnológica, ni un tibio conato para posible cooperativa laboral llegaron a tiempo de atenuar tan injusto final. Mi contertulio, recordando el caso, se dejó llevar por la deriva de empresas familiares. Acabó reconociendo que la realidad financiera ha venido a configurar un capitalismo en el que la honestidad personal ha de someterse al beneficio contante. Pese a ello, creía que la jerga neoliberal de la hablábamos al principio no acababa de explicarse con lo anterior. Tuve que cambiar de tema, pero no de estrategia.

¿Has escuchado los dos desastres laborales ocurridos en apenas un año en Bagladesh con la muerte de más de mil personas en situación de esclavismo laboral? Se mostraba remolón a esta nueva pregunta, pero acabó admitiendo que la conocía junto a la relación que guardaba con nuestra realidad concreta. Quiso diferenciar dicha situación asiática de la española y que la relación, aunque las prendas que se fabricaban en aquellos fatídicos barracones nos la vendían aquí El Corte Inglés o Zara, aquí es otra. Sin embargo acabó admitiendo el enriquecimiento de los dueños de ambas empresas mientras las rentas del trabajo en España menguan en la misma proporción. Amagaba la cabeza con una cierta sonrisa en cada dejación de sus opiniones iniciales. Había admitido sin más, la desvinculación del diseño de los productos, su elaboración esclavista y el proceso de las marcas o “ No logo” como lo explica Naomi Klein en el libro de tal título. De alguna manera había explicado el camino que en parte ha seguido el mega-rico Amancio Ortega con sus tiendas por el planeta. Sin más, admitió la debilidad de los gobiernos ante el poder de las grandes empresas para deslocalizar las empresas en busca de mayores beneficios acosta de salarios más bajos. Lo del salario mínimo aquí ni se lo tuve que sugerir y fue el mismo quien reconoció que lo de “mileurista” ahora era una pena añorada.
No tuve que insistir más con preguntas sobre “fondos rapaces”, la “titularización” o la vinculación de los bancos en la “ burbuja inmobiliaria” o en los fondos basura y el rescate de los mismos hechos en España con dinero público. Así acabó admitiendo sin ambages el autoengaño en que trataba de esconder sus añejas convicciones de que la libertad de mercado arreglaría la economía mundial y la de España. “Si, el neoliberalismo es un callejón sin salida para las personas”.