Hace unas semanas insistía en estas páginas, seguro que con mi desacierto habitual, con “Tratar de entendernos” en algunos aspectos de la incomunicación personal y el reconocimiento (o no) de las razones de la otra parte. Aunque tal escrito no mereció mayor réplica, si que mi autocrítica me obliga a considerar las aportaciones posteriores de algunos amables lectores.

Trataré de abordar el asunto sin mucha complacencia para mí y con alguna información lo menos sesgada posible- Todo sea por rectificar las injustas malas impresiones que, hijas de algún prejuicio o escena desafortunada, nos había causado alguien extraño de nuestro entorno que ahora parece entrañable.

He dudado si mantener o no la interrogante del título, pero al final sigue ahí como mi primera autocrítica. ¿Hasta qué punto estoy yo libre de culpa para lanzar sólo sobre los demás tal piedra? Reconozco que, como cada hijo de vecino, habrá situaciones en que pueda en mí más el acaloro que la racionalidad y la comprensión que debo a las reflexiones y vivencias de quien me escucha o lee. Así que, lamentando alguna imprudencia y valorando mi derecho de expresión, tal vez más que el talento y la tranquilidad ajenos, sigo adelante. Valga en mi descargo mi acendrada querencia por la palabra como camino de progreso.También porque, aunque debemos administrar bien nuestros silencios, no convendría recluirnos en nuestro caparazón por temor a los yerros que inevitablemente se darán en nuestra cháchara como ocasión de encuentro.

Pensar, hablar, escribir.. para nuestros adentros o para/con el prójimo, si es en este orden, ya supone un desdoble importante: puede ser la puerta el reconocimiento de la razón ajena y al posible error propio. Está claro que lo de “pensar lo que se dice” no es lo más de lo más en este tiempo. Hoy casi mola más el mensaje o la imagen de éxito efímero y superficial en “el grupo” que lo que realmente opinamos al respecto. Eso es así, lo queramos o no, porque la comunicación nos llega a un ritmo endiablado y no da para más. Tanto en la familia como en la escuela, en general, no hemos tomado completa conciencia de esta realidad y de los cambios que comporta en nuestra vida. Tratemos de verlo con raro sosiego y algo de ironía.

Mucho más que en “La verbena de la Paloma” las ciencias, y sobre todo la comunicación, adelantan hoy QUE ES UNA BARBARIDAD. Está desapareciendo la generación a quien pilló mayor la llegada de tele. Ésas son, o han sido, unas personas de comunicación principalmente oral o hablada. Hay quienes la llamaban de rumiantes, pues a solas tenían por costumbre darle vueltas las palabras-comida que habían tragado en la mesa familiar o en las conversaciones amistosas o vecinales. Desde la cuna fueron rodeadas por la tradición oral primero, luego por las explicaciones más o menos acertadas de la persona mayor cercana, que con frecuencia dejaba alguna duda sobre la que cavilar más. Así que la gente menuda o adulta disponían de tiempos para ir formando la propia opinión. Hoy un mensaje o una nueva noticia hace olvidar la anterior. Así que, al menos que nos hayamos entrenado, cuando el escrito o la conversación son largos ya no nos enteramos ni queremos de nada bien: no relacionamos lo nuevo con lo antiguo, ni distinguimos lo verdadero de lo falso, ni lo importante de lo inútil. A cambio de esa habilidad que se suponía que tienen los mayores, la gente joven por compensación meneja mucho mejor la tele e internet. Aun así, el conjunto de personas tenemos, o a mí me lo parece, grandes limitaciones para dialogar usando la palabra oral, escrita o con imágenes y controlar bien el discurso de nuestra vida. Todo guarda relación a si hemos aprendido bien el lenguaje escuchado, escrito y visual por un lado. Por otro y, tal vez principal, con el respeto al mensaje y a con quienes nos comunicamos. Las escucha atenta, ordenada y completa es fundamental, en este tiempo de prisas y relaciones superficiales, para que la persona encuentre a la persona y la via de diálogo útil y crítico.

Desde hace tiempo, cada vez que inicio un escrito o una conversación, también en mi labor docente trataba/trato de considerar los esfuerzos, virtudes y las desventajas de quien conmigo dialoga. Al apreciar el mensaje, intento controlar al máximo mi impaciente temperamento así como mi torpe soberbia por un argumento supuestamente brillante. No siempre consigo la calma deseable para que concluya su exposición (si es oral) o busco en su escrito, imagen u obra la lógica global. La anotación escrita de lo más destacable (a favor o en contra) me viene ayudando para superar impaciencias y ponderar aciertos y deméritos para al menos compensar mis errores de opinión. Así es como, trato de alejarme la propia embestida. Sigo rumiando y soñando que la imagen, el mensaje y la palabra vuelva a quedar para la persona, como para el poeta. Así tal vez abunde más por estos lares la lectura atenta y completa. Y de resultas aumente la discrepancia cordial, disminuyan las referencias que no vengan al caso, y hasta florezca el acuerdo. Necesitasmos en conjunto leer/escribir rumiando, además de palabra e imagen, el discurso taimado con que el poder envuelve nuestras vidas. Así tal vez dialoguemos más y embistamos menos.