Es interesante que, de vez en cuando, se tenga un verano para pasarlo lentamente, saboreando la tranquilidad, a pesar del calor, intentando aprender de lo que cada día nos trae, positivizando o al menos aceptando lo que no sea muy agradable, incluso. Yo he tenido un verano así y ahora, cuando ha empezado la actividad, os saludo.

Y una de las cosas que más me ha hecho reflexionar ha sido la leyenda, o no, del bambú chino. Yo he tenido algún bambú pequeñito, me gustaba pero no sabía más, sólo que resistía ausencias y duraba mucho aunque llegaba un momento en que me lo encontraba seco y tenía que tirarlo, nada se mantiene del olvido, por mucho que se desee, siempre hay un momento en el que el cansancio, hasta de los bambús, y la falta de revitalización nos hace mirar para otro lado. La paciencia y la perseverancia, y el amor, debe ser primero para uno mismo, a no ser que nos sintamos embellecidos por lo externo que algo aromatiza respondiéndonos de alguna manera.

Se sabe, y los chinos y japoneses sobre todo, que los bambús, esas cañas tan altas y esbeltas, preciosas, llenas por dentro, jugosas, que llegan hasta los 30 metros formando bosques relajantes, tardan mucho en crecer tal y como están. Cuando sus semillas se siembran, permanecen escondidas en la tierra, sin que se vea nada de nada. Sin embargo no están ociosas, se dedican a reforzar sus raíces hacia dentro, a construir un entramado de redes entre ellas y cuando lo tienen todo preparado, afloran y empiezan a crecer a tal velocidad que se convierten en bambús adultos y altísimos en unos meses. Lo importante es saber que dentro de la tierra han estado cinco años. Y esto es así, parece increíble pero es verdad.

Este descubrimiento a través de un libro, siempre se debe leer al menos en verano, me encantó y me interesó. Yo que cuidaba plantas a las que conocía y ellas me conocían, empecé a pensar que la naturaleza enseña a vivir, todo está en ella, cualquier comportamiento humano sigue los mismos ciclos, las mismas evoluciones, nada es por casualidad, la naturaleza no es por casualidad, persiste, crece, se erosiona, se transforma, se dignifica, nace y envejece, crea y recrea, aunque muera. Creemos que nosotros la transformamos, le damos la razón de ser… no, pensamiento absurdo y prepotente, ella existe antes que cualquier hálito de pensamiento racional, es la razón misma, nada nuevo se inventa, y cuanto más te alejas de ella, más ignorante e iluso te vuelves. Ella, el mar, los montes, la piedra, la planta, el sol, la luna, los días, las noches, los años, las estaciones… todo el espacio que se reservan está armónico. Y parece que no dicen nada, nosotros sin su soporte es cuando no decimos nada, ella nos acepta, nos necesitamos. Gracias debe ser nuestra respuesta por ello. Ella es antes, se sabe de siempre, por eso nos crearon los últimos, para darle sentido si llegamos a entenderlo. ¡Y queremos cambiarla! No somos inteligentes, sinceramente no.

Pues bien, el bambú chino nos habla de paciencia, de creer en lo que no estamos viendo pero que está, de saber esperar, de perseverancia, de amor e imitación dentro de nuestro propio interior, de diálogo interno eficaz, de humildad y de hacer nuestro trabajo y sentirnos construidos por dentro que es lo que importa. Luego el exterior reflejará todo ello en la propia sabiduría que es una caja flexible que nunca se llena, que a cada momento teje una conexión entre lo interno y externo. La creación es infinita y sabia, en ella está la sabiduría y todo lo que deseemos aprender.

Mientras tanto los bambús, en los días de viento y lluvia, se cimbrean lentamente, nunca se parten, se conservan serenos, sonríen en su crujido imperceptible, tienen jugo que moldea su tallo y sobre todo nos obliga a mirar a lo alto, muy alto, donde los rayos de luz intermitentes, dibujan esperanzas.

Buen año a todos, mis años desde siempre empiezan en septiembre.