Hay muchos momentos en que he de desistir de enterarme de lo que ocurre en este mundo en que nos ha tocado vivir. Supongo que aparte de mis propias limitaciones crecidas con la edad, habrá causas sociales dignas de consideración. No, no voy a insistir, al menos de manera principal, en el inacabable asunto de los medios de comunicación. Me interesan hoy más aspectos como: entenderse uno mismo, vivir en paz con el prójimo y en guerra con mis entrañas, escuchar con atención, ponernos en el lugar de quien nos habla, la pertinencia del asunto, decir lo que se piensa o pensar lo que se dice, vivir en paz con mi prójimo o en guerra con mis entrañas… Se trata de retomar la oralidad, poco cuidada en estos tiempos, a la vez que aludir a la reflexión por si ambas ayudaran en el empeño.

“De mis soledades vengo, a mis soledades voy” decía Machado en una de sus muchas citas de la necesidad de hablar con uno mismo. Entenderse con la propia conciencia me parece a mí también condición imprescindible para hacerlo bien con los demás. Ese desdoblarse, viendo las cosas del derecho y del revés, ayuda a detectar improvisaciones erróneas, aclarar dudas e incluso a rectificar acaloros. El inconveniente es que hoy vamos poco a esa soledad reflexiva o rumiamos menos o nada. Alguna vez comentamos la conveniencia de que en nuestra infancia se nos tratara en ocasiones como a cervatillos. Como a ellos, se nos incitaba a salir a empanzarnos de la hierba fresca, en el bosque proceloso de la tertulia de los mayores, para luego rumiarla con calma en confiado ambiente. Tal vez así, recibiríamos un buen entrenamiento sobre interpretaciones torcidas y prejuicios varios en tantas frases mal digeridas. Al mismo tiempo, al repasar críticando lo dicho y escuchado, se puede extender la reflexión a la propia conducta. Cuántas veces sentimos sorpresa, a la vez que remordimiento, al recordar actos que contradicen nuestros sentimientos y valores. Son esos momentos en que nuestra conciencia reacomoda dignidad y coherencia frente a cierto interés.

Dicen que, pese a que se perfeccionan y crecen los instrumentos de comunicación, vamos a un mundo de seres solitarios. Cuánto hielo del desconocimiento o de la timidez hemos dejado de romper, propiciando que siguieran siendo extrañas esas personas a la vez tan cercanas y aisladas como nosotras. Parece que aumentan los silencios y prisas que nos llevan a tomar el rábano por las hojas entre quienes nos rodeamos. Hay una cierta inseguriad a salir de los manidos tópicos arriesgando una opinión con libertad y respeto parejos. No acabamos de pegar la hebra con la vieja sabiduría de la palabra sencilla. Quizá sea esa endiablada prisa que no nos permite escucharanos con calma poniéndonos más en el lugar de quien nos habla. O tal vez que las evocación de cada palabra responde menos a nuestra vida interior que a naderías superficiales o interesadas que nos cuelan.

Además de para rumiar (a solas o en compañía), espantar soledades indeseadas, perfeccionarlo (en el fondo y en la forma) como instrumento de diálogo, el lenguaje ofrece más oportunidades de maduración. La citada habilidad social-relacional, se desparrama en el campo poético y musical a partir de la tradición oral y la creatividad sugerida. Se ha citado la vida interior y su posible repercusión psicológica, lo que, sin estar lejos de la conciencia ética, converge con el disfrute intelectual. Esta perpectiva le he unido ya aquí a mi admiración por Umberto Eco y Noam Chomski. Como semiólogo el primero, filólogo fundamental el segundo, y como sabios ambos en muchos campos, han señalado de consuno al lenguaje como cima de desarrollo intelectual en la naturaleza. Son las variadas operacionas mentales del lenguaje, como las desiguales evocaciones las que condicionan aprendizajes de cada persona y de la humanidad. La búsqueda de significados (con etimología,sinónimos,antónimos,o pertenencia a grupos) y demás operaciones (de clasificación/ complementación de grupos, así como leyes o principios que los hermanan o dispersan) son apenas una breve muestra de las mismas.

Echarle buena voluntad y algo de reflexión vendrá siempre bien para entendernos cada cual, ponernos más en el lugar de quien nos habla y entender algo mejor lo que nos rodea. Así tal vez distingamos la condición de persona que nos une sin tirar el carro por el pedregal o juntar las churras con las merinas en el primer desencuentro. Amando la palabra, quizá lleguemos a entendernos, conocernos más y/o discrepar con amabilidad, después de habernos escuchado o leído con algo más de atención, curiosidad y respeto.