De tal guisa sonaba un verso en la voz entrañable de Carlos Cano, cuando la copla tornaba a gozar de la dignidad sencilla del pueblo. La primera vez, cual sentencia escurridiza, el mensaje pasó queriendo abrirse camino con discreción. Sin embargo, el gruñido contra la clase media quedó reverberando en el ambiente. No era la primera vez que encontraba en una melodía o en un poema la clave o la pista para explicarme una situación de gran desasosiego. Aguzado por el precedente, puse toda mi atención en el nuevo pase de la copla. Entonces, como en un relámpago, el verso adquirió la máxima nitidez: La letra desnudaba  cruel  la vanidad ajena de quien parecía leal.

            Sí. Con la nitidez del mensaje de la Dama de Hiero, Sra. Thacher, o el pegajoso estigma con que torpemente se cubre tanto chisgarabís, venido a más por dos duros de deshago, el mantra de la clase media brillaba indeleble en mi magín. Tal era la perseverancia del término, que el aprendiz de semiólogo que hay en mí, no paró hasta aquilatar cuánto del valor simbólico del concepto venía influyendo en la vida del común. Ahondando en el aire melancólico que puede sugerir la copla, me vino lo de gente de orden y otros modismos heredados del pasado que no acaba de desaparecer.

            Tratando de aclararme, abandoné de momento el terreno de lo subjetivo, que vaya usted a saber dónde acaba, para pisar en el suelo conjunto. Rutilante apareció lo que  ya el poeta llamaba Poderoso Caballero, y que algún estudioso eleva al rango de nuevo dios con culto y adoración contínuos, el Dinero. Éste, aparte de que nos pueda hacer perder la vergüenza y la humanidad, si que tiene una innegable cualidad, se puede contar y ayuda a entendernos sin irnos por la ramas. Así que, echando mano de la renta, o mejor dicho-ya que los Montoros no son tan estrictos con según qué contribuyentes- de lo que cada cual podría gastar cada día, mes o año. Aquí sí, olvidándonos de Panamá -Andorra- Suiza-Las Bahamas o las sicav, cierta parte pagana de la ciudadanía nos podemos clasificar por la pasta en clases. Claro que los dineros del pobre (y de quien se cree otra cosa) cada día van a menos. Baste recordar que era casi una ofensa llamar mileurista a quien empezaba a trabajar por tal renta hace unos años. Pero ya metidos en el vil metal, conviene aclarar algo, por lo mismo, sobre las clases económicas más que sociales de esta selva. Por abajo y casi sin dinero que declarar a Hacienda el precariado que ni soñando se puede acercar al umbral de los treinta o cuarenta mil euros/año de renta familiar. De ahí hacia arriba, hasta llegar a esa difusa línea del centenar de miles de euros, en que con argucias como las citadas, se camuflan lo que debieran pagar las familias pudientes entre las menguantes rentas procedentes del trabajo más cualificado.

            Hemos tenido que enfangarnos en el dinero para retomar una objetividad mínima. Tal vez podamos comprender  que lo de la clase media es principalmente un autoengaño. Quizá uno de los  más peligrosos con que este sistema capitalista depredador ha engatusado a amplios sectores de la clase trabajadora. Cuántas tentaciones de mirar por encima del hombro a quien tiene poco menos. Cuántos miedos, desconfianzas o tropiezos- con frecuencia injustificados- de, o con, quien en lo principal sufre nuestros mismos males. Sí. Despertemos porque desgraciadamente vamos a pasos agigantados hacia aquello de tanto tienes, tanto vales. La economía cada día cambia  más esta sociedad en la selva del mercado/imagen donde todo se compra/todo se corrompe. La relación entre personas es menor. La cualificación humana y profesional no asegura el acceso  a los puestos de trabajo (cada día más escasos) o de responsabilidad a las personas más honestas y preparadas. Lo queramos o no, ha pasado el tiempo la clase media, de la apariencia, del enchufe, de hacernos trampa. Por supuesto que ha de exigirse la educación y el respeto mutuo desde la responsbilidad de cada cual y sin exclusiones ni guetos. Será más necesaria  la solidaridad que los prejuicios y miedos

            Tener conciencia de trabajadora o de trabajador cuando el empleo es tan escaso es quizá más importante que en el pasado me decía una amiga. Y así empezó a comentar el caso de un joven ingeniero que trabajaba en el equipo de diseño de una máquina para la recolección de uva. Por su condición de becario, aparte de haber recibido un salario de miseria mientras trabajó, se le escamoteó su principal aportación al proyecto a la hora del registro de patente.El desafortunado joven superó de golpe su ingenuidad de clase media. Con el ardor de un avezado sindicalista viene desde ese día denunciando en  cuantos ámbitos tiene ocasión: Soy un trabajador explotado, pues un supuesto empresario me ha robado el fruto de mi trabajo para multiplicar sus ganancias y dejar en la indigencia a los trabajadores y trabajadoras que le produjeron su riqueza. Me arrepiento de cuantas veces he denostado las molestias que me causaban las justas y necesarias huelgas de la clase obrera.

            Mi amiga llevaba un buen rato mosqueada al ver la sonrisa que apenas yo lograba contener casi desde el principio de su relato. Sólo mirar hacia otro lado  me permitió sujetar mi pésima entonación imitando a Carlos Cano hasta que ella terminó. Una risa, más preocupada que alegre, fundió nuestra complicidad tras entonar ella con la gracia que yo no tengo Dios nos libre de la clase media.