El otro día caminaba sin prisa por la calle La Virgen y recordé el proyecto de remodelación que  el Ayuntamiento tiene previsto acometer tras la semana santa. Así que, recordando mis inquietudes más vivas sobre la ciudad, revisé antiguas ideas propias  con algún comentario ajeno, seguramente más atinados, que relacioné con el aspecto actual de la calle y lo qu se dice pretender. Así que dando vueltas a la moviola se me ocurrieron las paridas que trato de hilvanar.

            Empecé por recordar los rudimentos que un admirado amigo tenía bien rumiados sobre  el urbanismo. “Muy poca gente le da la importancia a la ciudad o barrio, como el escenario donde discurre su vida” para continuar sacando punta a esa frase. Más allá del cuidado de calzada, aceras, mobiliario urbano y otras, él hablaba  del vecindario: de sus edades con posible mestizaje, de sus  inquietudes o de los espacios y servicios que les permitían encontrarse, o no, a gusto en el lugar. Así, poco a poco, nos iba metiendo el gusanillo de la necesaria planificación y la implicación del común, en busca de ese ambiente más agradable. En aquel entonces, rodeábamos a Ángel-tal era la gracia del citado amigo-personas con distintas aspiraciones que asimilábamos en variable grado su enjundioso discurso. Ideas que, por otro lado, Ángel esparcía con discreción.

             Un día, tras haber suscitado las apetencias y necesidades más inmediatas de cada familia, dejó para el final otra frase con la misma parsimonia que la más señalada y recordada antes. Ahora para enfatizar “derecho a la vivienda, derecho a la ciudad”. Después, con suavidad, nos incitó, con sugerencias o  preguntas casi retóricas, a que cada cual nos cuestionáramos las ideas previas y las que nos sugían nuevas. Todo sucedía  en un pueblo pequeño y alargado que venía sufriendo las tensiones de un gran cambio en ciernes. Como había pretendido nuestro mentor, el grupo se sintió concernido en los planes municipales. Por mi parte, dicha inclinación, con notables  altibajos y contradiciones, la mantengo en nuestra ciudad.

            Rememorando todo aquello, le daba vueltas a lo de la remodelación. En mi magín pugnaban las comodidades que la proyectada obra prometía con algo que no acababa de tener claro. Iba a dejar mis divagaciones cuando  mis ojos se detuvieron en los bordillos de granito de las aceras. Por  una rara asociación, recordé los adoquines que hace muchos años empedraban la calzada del paseo. De una cosa a la otra, reapareció… la ciudad es como una persona, en la que cada época deja su marca, como ciertas arrugas dibujan una venerable cara. De pronto la elucubración, que ya casi languidecía, se convirtió en una encendida controversia. En mi mente, la conveniente comodidad  para el presente se oponía a la eliminación de los rastros del pasado, la naturaleza más perdurable  del citado granito a la efímera duración de los nuevos y anodinos materiales, las dudas de si estas obras-supongo que sí- estarán insertas en un plan más global de la ciudad. En ese momento, ante tal avalancha creativa, la rutina diaria me reclamó obligándome a dejar tal reflexión para otra ocasión.

            A los pocos días, atendiendo al runrún interno de aquel debate, rebusqué alguna información sobre una revisión del PGOU, Plan General de Ordenación Urbana, de Linares. No encontré, porque no llegué a buscar, referencias a la remodelación de la calle La Virgen. La verdad es que me quedé atrapado en los estudios previos del mencionado PGOU. Éste enmpieza con la incardinación geográfica de Linares en el cojunto de Andalucía dentro del llamado Plan de Ordenación del Territorio  Andaluz y  diversas previsiones para nuestra ciudad. Ya fuera por la antigüedad del estudio o por desconsideración a la crisis, especialmente en lo referente a la burbuja inmobiliaria, dichas previsiones resultan muy erradas. Valga señalar que preveían incremento de población.

            De plan a plan o proyecto, volví al concepto de remodelación que no llego a tener claro si el calado del mismo ha de ir de calle en calle. Tengo por seguro que el bullicio de nuestras calles se atenúa y que no vendrán mal unos bancos para nuestra envejecida población. Por otro lado, además de la conveniente reconversión  urbanística entre lo que se entendía oferta residencial y la deseable  vivienda digna para tod@s, tal vez sea la ocasión de mejorar el derecho a la ciudad. Sí, a veces hay que hacer de la necesidad virtud. Además de revisar las posibilidades de reindustrialización y el crecimiento del sector servicios para que Linares surja de sus crisis, convendrá mejorar el escenario de nuestra vida que será siempre un aliciente. Propiciar que  los barrios sean lugares con un ocio creativo que les ayude a retomar su tradicional convivencia. Tal vez por ahí, si nos lo creemos, podremos convercernos y hacer pensar  a quien nos visite que nuestro Linares resurge.